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El Testigo Fiel
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en Roma

¿Qué significa caminar en la luz?

26 de mar de 2017
Con el sacramento del Bautismo somos hijos de la luz llamados a caminar en la luz, pero ¿qué significa caminar en la luz? se preguntó el Pontífice. “Significa ante todo abandonar las luces falsas: la luz fría y fatua del prejuicio contra los otros, porque el prejuicio distorsiona la realidad y nos carga de animadversión contra aquellos que juzgamos sin misericordia y condenamos sin apelación”.

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

En el centro del Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma se encuentran Jesús y un hombre ciego de nacimiento (cfr Jn 9,1-41). Cristo le restituye la vista y obra este milagro con un tipo de rito simbólico: primero mezcló la tierra con la saliva y la untó en los ojos al ciego; luego le ordena ir a lavarse a la piscina de Siloé. Aquel hombre va, se lava, y readquiere la vista. Era un ciego de nacimiento. Con este milagro Jesús se manifiesta y se manifiesta a nosotros como luz del mundo; y el ciego de nacimiento representa a cada uno de nosotros, que hemos sido creados para conocer a Dios, pero que por causa del pecado somos como ciegos, tenemos necesidad de una luz nueva; todos tenemos necesidad de una luz nueva: la de la fe, que Jesús nos ha dado. De hecho aquel ciego del Evangelio adquiriendo la vista se abre al misterio de Cristo. Jesús le pregunta «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». «Y quien es, Señor, para que crea en él?», respondió el ciego sanado (v. 36). «Lo estás viendo: el que te está hablando» (v. 37). «¡Creo, Señor!» y se postró ante él.

Este episodio nos induce a reflexionar sobre nuestra fe, nuestra fe en Cristo, el Hijo de Dios, y al mismo tiempo se refiere también al Bautismo, que es el primer Sacramento de la fe: el Sacramento que nos hace “venir hacia la luz”, mediante el renacer del agua y del Espíritu Santo; así como sucede al ciego de nacimiento, al cual se abrieron los ojos después de haberse lavado en el agua de la piscina de Siloé. El ciego de nacimiento sanado nos representa cuando no nos damos cuenta que Jesús es la luz, es «la luz del mundo», cuando miramos hacia otra parte, cuando preferimos fiarnos de pequeñas luces, cuando tambaleamos en la oscuridad. El hecho de que aquel ciego no tenga un nombre nos ayuda a reflejarnos con nuestro rostro y nuestro nombre en su historia. También nosotros hemos sido “iluminados” por Cristo en el Bautismo, y por lo tanto estamos llamados a comportarnos como hijos de la luz. Y comportarnos como hijos de la luz exige un cambio radical de mentalidad, una capacidad de juzgar hombres y cosas según otra escala de valores, que viene de Dios. El sacramento del Bautismo, de hecho, exige una elección de vivir como hijos de la luz y caminar en la luz. Si ahora les preguntase: “¿Creen que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Creen que les puede cambiar el corazón? ¿Creen que puede hacer ver la realidad como la ve Él, y no como la vemos nosotros? ¿Creen que Él es luz, que nos da la verdadera luz?” ¿Qué responderían? Cada uno responda en su corazón.

¿Qué significa tener la verdadera luz? ¿Qué significa caminar en la luz? Significa ante todo abandonar las luces falsas: la luz fría y fatua del prejuicio contra los otros, porque el prejuicio distorsiona la realidad y nos carga de animadversión contra aquellos que juzgamos sin misericordia y condenamos sin apelación. Eh… esto es pan de todos los días ¿eh? Cuando se habla mal de los otros, se camina no en la luz: se camina en las sombras. Otra luz falsa, porque es seductora y ambigua, es la del interés personal: si evaluamos a hombres y cosas en base al criterio de nuestra conveniencia, de nuestra satisfacción, de nuestro prestigio, no actuamos con la verdad en las relaciones y en las situaciones. Si andamos por este camino del buscar sólo el interés personal, caminamos en las sombras.

Que la Virgen Santa, que fue la primera en acoger a Jesús, luz del mundo, nos obtenga la gracia de acoger de nuevo en esta Cuaresma la luz de la fe, redescubriendo el don inestimable del Bautismo, que todos hemos recibido. Y que esta nueva iluminación se transforme, nos transforme en las actitudes y en las acciones, para ser también nosotros, a partir de nuestra pobreza, de nuestras pequeñeces, portadores de un rayo de la luz de Cristo.

en Espiritualidad y Cultura

¿El liberalismo económico es compatible con la fe cristiana? Sí, pero…

28 de mar de 2017
El capitalismo liberal, dominado hoy día por la esfera financiera, llama a un discernimiento crítico.

El liberalismo es a la vez un movimiento histórico y una ideología basada en el principio de la autonomía individual. La clave está en la relación entre, por un lado, la verdad del ser humano en su libertad y, por otro, la justicia social.

Como para el marxismo, la Iglesia ha diferenciado el liberalismo como “ideología condenable” del liberalismo como “movimiento histórico” con el que se puede, en la práctica, encontrar un equilibrio.

Juan Pablo II, en 1981, en Laborem exercens (LE 14, 3-4), recuerda además la primacía del trabajo sobre el capital y promueve la participación, no solamente del beneficio, sino también del poder de la empresa. Disminuye con ello el derecho exclusivo de los accionistas.

Hacer triunfar la justicia

A partir de la encíclica inaugural del 15 de mayo de 1891 Rerum novarum (RN), León XIII toma nota de la desaparición de la antigua organización del trabajo que integraba a los obreros en la solidaridad corporativa y profesional. La encíclica afirma que las dos clases sociales (patronos y obreros) no son antagonistas (RN 15, 1) sino que deben coordinarse para hacer triunfar la justicia.

La originalidad más destacable de esta primera gran encíclica social es que se sitúa en una perspectiva de reforma de la sociedad. Va más allá en una llamada a la conversión de las costumbres y no se contenta con promover la sensibilidad social que habían demostrado tantos cristianos de los siglos pasados.

Es cierto que los católicos sociales, del siglo XIX en particular, fueron por lo general antimodernos y poco liberales.

Un dilema que discernir

Desde la perspectiva de un movimiento histórico en el que el catolicismo no pone en duda las dos premisas institucionales, propiedad privada y trabajo asalariado, los efectos sociales del capitalismo liberal, sin embargo, provocaron un discurso de discernimiento crítico: por un lado la eficacia de la producción favorecida por la competencia; por otro lado, los excesos demasiado reales del sistema de mercado abandonado a sí mismo sin otra regla que la de las preferencias individuales.

El mercado liberal tiene efectos sociales injustificables, denunciados desde Rerum novarum. Juan Pablo II en la encíclica Centesimus annus (1991) subrayaba el dilema: “Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos [productivos, se sobreentiende] y responder eficazmente a las necesidades. Sin embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades que son “solventables” con poder adquisitivo”. (CA 34).

Las deficiencias institucionales y políticas del capitalismo liberal

Benedicto XVI en Caritas in veritate (2009) recuerda los efectos deletéreos del capitalismo liberal. El cuerpo, la sociedad, la comunidad humana, ninguna dimensión de la vida escapa a la lógica de mercado: además del hambre en el mundo, exacerbada por la especulación financiera sobre los productos agrícolas, y del acceso a agua potable que se anuncia como un reto estratégico mayor en los años venideros, la contaminación se convierte en una preocupación inmediata.

Ampliando significativamente la vía abierta por Pablo VI en Populorum progressio en 1967 (que ya había ido mucho más allá de una visión puramente económica del desarrollo), Benedicto XVI destaca las deficiencias institucionales y políticas del capitalismo liberal que induce una cultura individualista para detrimento del ser humano “que es quien debe asumirse en primer lugar el deber del desarrollo”. (CV 47)

No separar las cuestiones económicas, políticas y sociales

La urgencia de la cuestión ecológica plantea un problema nuevo –no resuelto por el pensamiento liberal, que lo descarta con facilidad– sobre la interpretación del sistema económico, social y político.

La encíclica Laudato Si’ (LS) del papa Francisco, en 2015, integra en un humanismo ecológico las cuestiones económicas, políticas y sociales que fueron separadas por el liberalismo: “Así se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas” (LS 56).

Una vía auténticamente humana no puede eximirse del cuidado de la creación y de las criaturas, y la preocupación por “nuestra casa común” no se dejaría a los simples juegos del mercado que externaliza y no toma en consideración los costes ecológicos y sociales (LS 195).

El mercado puede ser, en ciertas condiciones, el medio de administrar la transición hacia una ecología integral, pero sigue expuesto a los descarríos especulativos.

Francisco articula lo que el pensamiento liberal ha desunido

Por último, al situar el desarrollo humano no solamente en el espacio sociopolítico sino también en el largo plazo, donde la sociedad actual está en deuda ecológica con las generaciones futuras, el papa Francisco articula lo que el pensamiento liberal ha desunido: lo social, lo económico y lo político. Enriquece la panoplia de derechos humanos y pone la racionalidad instrumental moderna al servicio de una relación inclusiva con el mundo.

La economía del conocimiento en peligro de incertidumbre

En el campo del liberalismo económico, el vacío más grande afecta, según lo percibió Juan Pablo II en Centesimus annus en 1991, a la laguna de la economía del conocimiento (de donde procede la esfera financiera): “Si en otros tiempos el factor decisivo de la producción era la tierra y luego lo fue el capital, entendido como conjunto masivo de maquinaria y de bienes instrumentales, hoy día el factor decisivo es cada vez más el hombre mismo, es decir, su capacidad de conocimiento, que se pone de manifiesto mediante el saber científico, y su capacidad de organización solidaria, así como la de intuir y satisfacer las necesidades de los demás” (CA 32).

Hoy en día son bien identificables los efectos de la economía del conocimiento sobre las dificultades sociales, en especial los efectos de las finanzas que se alimentan de la incertidumbre.

Se evidencia entre otros fenómenos la forma en que los mercados financieros valoran las empresas. El valor del capital fijo difiere del capital intangible (más allá de las patentes, del know-how, la organización, la cultura de empresa, la imagen de marca).

Esta diferencia (que los financieros llaman Good Will, buena voluntad) representa a menudo la parte esencial de una valoración fundada en las expectativas, siempre arriesgadas, ya que están envueltas de incertidumbre.

Están los que pueden protegerse y los que no

La economía del conocimiento es el corolario de la especialización y, por tanto, del incremento de los riesgos, reforzando el poder de las finanzas y sus consecuencias: la divergencia entre los que pueden protegerse contra los riesgos económicos y los que no tienen cobertura contra los vaivenes del mercado.

El papa Francisco lo recuerda en la encíclica Laudato Si’ retomando el principio de precaución, corolario paradójico pero necesario de la modernidad liberal: “Este principio precautorio permite la protección de los más débiles, que disponen de pocos medios para defenderse y para aportar pruebas irrefutables” (LS 186).

El desafío está en una solidaridad que nace no de los sentimientos, sino de los riesgos afrontados y soportados en común. Se trata de algo muy diferente a la igualdad de oportunidades de la que se jactan algunos liberales.

en El Papa en viaje

Palabras de Papa Francisco a los residentes de las Casas Blancas

26 de mar de 2017
La visita del Papa en Milán ha comenzado en el barrio Forlanini, situado en la periferia milanesa, donde se encuentran las conocidas “casas blancas”. Una zona que se construyó en el 1977 para familias necesitadas y que hoy es lamentablemente conocida por su degradación urbana.

Desde la plaza central de este barrio milanés, Francisco ha dirigido su saludo a los residentes, y se ha encontrado con los representantes de familias gitanas, musulmanas e inmigrantes. También ha visitado los domicilios de dos familias residentes de la zona. Los habitantes han regalado a Francisco una estola y una imagen de la Virgen, presentes que el Santo Padre ha agradecido al inicio de su saludo.

Saludo del Papa Francisco a los residentes de las "Casas Blancas":

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Les agradezco por su bienvenida, ¡tan calurosa!. ¡Gracias, muchas gracias! Son ustedes los que me reciben a la llegada a Milán, y esto es un gran regalo para mí: entrar en la ciudad encontrando los rostros, las familias, una comunidad.

Y les agradezco por los dos regalos especiales que me han ofrecido.

El primero es esta estola, un signo típicamente sacerdotal, que me ha tocado de un modo especial porque me recuerda que yo vengo aquí en medio de ustedes como sacerdote, entro en Milán como sacerdote. Esta estola no la han comprado ya hecha, ha sido creada aquí, ha sido tejida por alguno de ustedes, de manera artesanal. Esto la hace mucho más preciosa; y recuerda que el sacerdote cristiano es elegido de entre el pueblo y al servicio del pueblo; mi sacerdocio, como el de su párroco y de otros curas que trabajan aquí, es un regalo de Cristo, pero está “tejido” por ustedes, por nuestra gente, con su fe, con sus fatigas, con sus oraciones, con sus lágrimas… esto es lo que veo en el signo de la estola. El sacerdocio es don de Cristo, pero “tejido” por ustedes y esto veo en este signo.

Y luego me han regalado la imagen de su virgencita: como era antes y como es ahora después de ser restaurada, la imagen de la virgencita. Yo sé que en Milán me recibe la Virgen, en la cima de la Catedral, pero gracias a su regalo, la Virgen me recibe ya desde aquí, desde el ingreso. Y esto es importante porque me recuerda a la urgencia de María, que corre al encuentro de Isabel. Es la preocupación, la solicitud de la Iglesia, que no se queda en el centro a esperar, sino que va al encuentro de todos, en las periferias, va al encuentro incluso de los no cristianos, y de los no creyentes…; y trae a todos a Jesús, que es el amor de Dios hecho carne, que da sentido a nuestra vida y la salva del mal. Y la Virgen va al encuentro no para hacer proselitismo, ¡no! Sino para acompañarnos en el camino de la vida e incluso el hecho de que la Virgen me esté esperando en la puerta de Milán me ha hecho recordar cuando era pequeño, de pequeños volvíamos del colegio y estaba nuestra mamá en la puerta esperándonos. Y ¡la Virgen es Madre! Y siempre está primero, está delante para recibirnos, para esperarnos. ¡Gracias por esto!

Y también es significativo el hecho de la restauración: esta virgencita suya ha sido restaurada, como la Iglesia siempre ha necesitado de ser “restaurada”, porque es hecha por nosotros, que somos pecadores, todos ¡eh! Somos pecadores. Dejémonos restaurar por Dios, con su misericordia. Dejémonos limpiar el corazón, especialmente en este tiempo de Cuaresma. La Virgen es sin pecado, ella no necesita ser restaurada, pero su estatua si, y así como Madre nos enseña a dejarnos limpiar por la Misericordia de Dios, para testimoniar la santidad de Jesús. Y hablando fraternalmente una buena confesión nos hará tanto bien a todos, ¡eh! ¿O no? Pero también pido a los confesores que sean misericordiosos.

¡Gracias de corazón por estos regalos! Y sobre todo gracias por estar aquí, por su recibimiento y su oración, que me acompañan en el ingreso de Milán. El señor les bendiga y la Virgen les proteja. Y por favor no se olviden de rezar por mí. Y ahora recemos a la Virgen.

[Ave María y Bendición]

Y ¡hasta la vista!

en América y España

Falleció Paloma Gómez Borrero

26 de mar de 2017
A los 82 años, de manera completamente repentina, falleció la veterana periodista Paloma Gómez Borrero, ex corresponsal en el Vaticano, y periodista querida y respetada en toda España. Aquí una de las tantas crónicas publicadas estos días.
Foto de 2016

Mucho antes de que las mujeres entraran en el vestuario del Bernabéu. Mucho antes de que la reportera Letizia Ortiz, futura reina de España, estuviera siquiera en la imaginación de sus padres. Mucho antes de Google, Twitter y Facebook, Paloma Gómez Borrero ya entraba en estancias infinitamente más sagradas, se comía la cámara y el micro de aquellas teles en blanco y negro con kilo y medio de nieve emborronando la pantalla, y tenía un archivo de crónicas y reportajes propios que ya quisieran muchos buscadores de noticias. Paloma, la Borrero, con el artículo por delante que solo se les otorga unánimemente a las muy divinas en lo suyo, fue la primera mujer corresponsal de Televisión Española. Y lo fue en Italia y en el Vaticano, con toda la pompa y la prosopopeya de tan magníficos escenarios. Quienes la oímos, aún tenemos metido en el tímpano aquel “el Santo Padre” con que se refería a los Papas que iban pasando por delante de ella. Pues bien, después de enterrar a cuatro pontífices, dar 29 veces la vuelta al mundo a la vera de los sucesivos sucesores de Pedro y de jubilar al último Papa emérito antes que a ella misma, la Borrero se ha ido como fue en vida: sin dar un ruido más alto que otro salvo el ¡ay! incrédulo y herido de quienes la conocieron.

Cuando las chicas de mi añada queríamos ser periodistas, ya había una generación de colegas que nos había abierto camino a golpe de pasión, talento y cabezonería. La Calaf. La Sarmiento. La Mateo. La Campos. La Prego y tantas otras. Pues bien, aún bastante antes que ellas, la Borrero ya había creado escuela, aunque con el cretinismo, la estrechez de miras y la soberbia propia de los pocos años y las menos luces, a algunas nos pareciera un personaje. Y claro que lo era. La Borrero no le metía el micro en el gaznate del entrevistado, ni el dedo en el ojo, ni le tuteaba, ni le repreguntaba, ni le sacaba de sus casillas ni le ponía de los nervios. Al revés, se ponía la mantilla, se encasquetaba la peineta, se trasmutaba en polvorilla entre sotanas y adoptaba toda la reverencia que hiciera o hiciese falta según el escenario. Pero contaba lo que había que contar. Y nosotros nos enterábamos.

Así fue, la Borrero, una maestra sin saberlo. Habrá estos días quién cuente aquellos tiempos épicos e ingenuos en los que nos lo creíamos todo. Personalmente, solo puedo añadir con conocimiento de causa que Paloma era más joven que la mayoría de los becarios de cualquier redacción digital de ahí fuera. Una compañera leal, colega de sus colegas y divertida hasta la carcajada. La alegría de la huerta, cualquier huerta, en persona. Una narradora amenísima cuya anécdota más trivial podría abrir hoy un periódico a cinco columnas. La reina del gin tonic en las quedadas después del trabajo. La más moderna de la mesa, fuera cual fuera la mesa. La última en irse de la fiesta.

La Borrero, sí, tenía siempre una palabra amable para todo el mundo. Un guiño, una picardía, un pellizco de monja y un luego te llamo y hablamos. Quién sabe qué procesiones llevaría por dentro, pero por fuera siempre ofrecía su mejor rostro. Un cutis, por cierto, que ya quisiéramos para nosotras ahora mismito muchas señoras treinta años más jóvenes. Los últimos días se la veía lozana, pizpiretísima, feliz de la vida, en la trastienda del programa Amigas y Conocidas, de Televisión Española, en cuya mesa de debate tenía silla fija cuando a ella le daba la gana. Llevaba un año de cosecha, con el Premio de la Academia de Televisión a toda una carrera, como último galardón a medio siglo de carrera inigualable. Hace tres semanas, las maquilladoras de Prado del Rey, que la idolatraban, como todo el que se topaba con ella, la encontraron con mal color de cara. El blanco de los ojos verdes amarilleaba. Aun así, hizo el programa. Bromeó, rajó, rio lo más grande. Las compañeras la convencieron para ir al médico. No volvió. Hasta hace nada, cuatro días, aún mandaba whatsapp al grupo como una adolescente convocando a las colegas a atizarse un copazo en cuantito le dieran el alta. No podrá ser. No aquí abajo.

Por Luz Sánchez Mellado

en Roma

“Hoy el Señor nos pide ser sembradores de esperanza”

22 de mar de 2017
Continuando su ciclo de catequesis sobre la esperanza, el Obispo de Roma dijo que, el Apóstol Pablo nos ayuda a entender mejor en que consiste esta virtud, para ello leyó y explicó Rm 15,1-6

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Ya desde hace algunas semanas el Apóstol Pablo nos está ayudando a comprender mejor en qué consiste la esperanza cristiana. Y hemos dicho que no era un optimismo, no: era otra cosa. Y el Apóstol nos ayuda a entender qué es esto. Hoy lo hace uniéndola a dos actitudes aún más importantes para nuestra vida y nuestra experiencia de fe: la «perseverancia» y la «consolación» (vv. 4.5). En el pasaje de la Carta a los Romanos que recién hemos escuchado son citados dos veces: la primera en relación a las Escrituras y luego a Dios mismo. ¿Cuál es su significado más profundo, más verdadero? Y ¿En qué modo iluminan la realidad de la esperanza estas dos actitudes, la perseverancia y la consolación?

La perseverancia podríamos definirla también como paciencia: es la capacidad de soportar, llevar sobre los hombros, “soportar”, de permanecer fieles, incluso cuando el peso parece hacerse demasiado grande, insostenible, y estamos tentados de juzgar negativamente y de abandonar todo y a todos. La consolación, en cambio, es la gracia de saber acoger y mostrar en toda situación, incluso en aquellas marcadas por la desilusión y el sufrimiento, la presencia y la acción compasiva de Dios. Ahora, San Pablo nos recuerda que la perseverancia y la consolación nos son transmitidas de modo particular por las Escrituras (v. 4), es decir, por la Biblia. De hecho, la Palabra de Dios, en primer lugar, nos lleva a dirigir la mirada a Jesús, a conocerlo mejor y a conformarnos a Él, a asemejarnos siempre más a Él. En segundo lugar, la Palabra nos revela que el Señor es de verdad «el Dios de la constancia y del consuelo» (v. 5), que permanece siempre fiel a su amor por nosotros, es decir, que es perseverante en el amor con nosotros, no se cansa de amarnos: ¡no! Es perseverante: ¡siempre nos ama! Y también se preocupa por nosotros, curando nuestras heridas con la caricia de su bondad y de su misericordia, es decir, nos consuela. Tampoco, se cansa de consolarnos.

En esta perspectiva, se comprende también la afirmación inicial del Apóstol: «Nosotros, los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos» (v. 1). Esta expresión «nosotros, los que somos fuertes» podría parecer arrogante, pero en la lógica del Evangelio sabemos que no es así, es más, es justamente lo contrario porque nuestra fuerza no viene de nosotros, sino del Señor. Quien experimenta en su propia vida el amor fiel de Dios y su consolación está en grado, es más, en el deber de estar cerca de los hermanos más débiles y hacerse cargo de sus fragilidades. Si nosotros estamos cerca al Señor, tendremos esta fortaleza para estar cerca a los más débiles, a los más necesitados y consolarlos y darles fuerza. Esto es lo que significa. Esto nosotros podemos hacerlo sin auto-complacencia, sino sintiéndose simplemente como un “canal” que transmite los dones del Señor; y así se convierte concretamente en un “sembrador” de esperanza. Es esto lo que el Señor nos pide a nosotros, con esa fortaleza y esa capacidad de consolar y ser sembradores de esperanza. Y hoy, se necesita sembrar esperanza, ¿eh? No es fácil.

El fruto de este estilo de vida no es una comunidad en la cual algunos son de “serie A”, es decir, los fuertes, y otros de “serie B”, es decir, los débiles. El fruto en cambio es, como dice Pablo, «tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a ejemplo de Cristo Jesús» (v. 5). La Palabra de Dios alimenta una esperanza que se traduce concretamente en el compartir, en el servicio recíproco. Porque incluso quien es “fuerte” se encuentra antes o después con la experiencia de la fragilidad y de la necesidad de la consolación de los demás; y viceversa en la debilidad se puede siempre ofrecer una sonrisa o una mano al hermano en dificultad. Y así es una comunidad que «con un solo corazón y una sola voz, glorifica a Dios» (Cfr. v. 6). Pero todo esto es posible si se pone al centro a Cristo, su Palabra, porque Él es el “fuerte”, Él es quien nos da la fortaleza, quien nos da la paciencia, quien nos da la esperanza, quien nos da la consolación. Él es el “hermano fuerte” que cuida de cada uno de nosotros: todos de hecho tenemos necesidad de ser llevados en los hombros del Buen Pastor y de sentirnos acogidos en su mirada tierna y solícita.

Queridos amigos, jamás agradeceremos suficientemente a Dios por el don de su Palabra, que se hace presente en las Escrituras. Es ahí que el Padre de nuestro Señor Jesucristo se revela como «Dios de la perseverancia y de la consolación». Y es ahí que nos hacemos conscientes de como nuestra esperanza no se funda en nuestras capacidades y en nuestras fuerzas, sino en el fundamento de Dios y en la fidelidad de su amor, es decir, en la fuerza de Dios y en la consolación de Dios. Gracias.

en El Papa en viaje

“Los desafíos nos ayudan para que nuestra fe no se vuelva ideológica”

26 de mar de 2017
El Papa a los sacerdotes, a los religiosos y a las monjas de Milán: «Nos salvan de un pensamiento cerrado y definido, y nos abren a una comprensión más amplia del dato revelado»

«Debemos temer una fe sin desafíos, una fe que se considere completa, todo hecho... Esta fe no sirve. Los desafíos nos ayudan a que nuestra fe no se vuelva ideológica». El Duomo de Milán está lleno de sacerdotes, monjas y religiosos. Hay muchos sacerdotes enfermos, en sillas de ruedas. Entre ellos también está el cardenal Dionigi Tettamanzi, a quien Francisco saluda con gran afecto. Es un momento central de la visita del Pontífice a la diócesis ambrosiana: el diálogo con los sacerdotes y monjas. Además de algunos representantes de otras confesiones cristianas, está presente una pequeña delegación musulmana. Francisco, que conocía ya las preguntas que le harían, preparó unos apuntes escritos, pero fue completándolos añadiendo reflexiones espontáneas.

Libres de los resultados

Al responder a una pregunta de don Gabriele Gioia, dijo: «Tú sabes que la evangelización no siempre es sinónimo de pescar peces. Salir a alta mar, dar testimonio. Después está el Señor, Él pesca peces, cuándo y cómo, no lo sabemos. Nosotros somos instrumentos inútiles». El papa después invitó a «no perder la alegría de evangelizar, porque evangelizar es una alegría. Debemos pedir la gracia de no perderla. No está bien ser tristes, un evangelizador triste es como si no estuviera convencido de que Jesús es alegría, te da la alegría, y cuando te llama te cambia la vida y de da nueva alegría. También en la cruz, pero en alegría».

Los desafíos ayudan la fe

«Cada época histórica, desde los primeros tiempos del cristianismo, ha estado sometida constantemente a múltiples desafíos», explicó Francisco. «No debemos temer los desafíos, hay que tomarlos como el buey, ¡por los cuernos! ¡No los teman! Es bueno que existan, porque nos hacen crecer, son signo de fe viva, de una comunidad que busca a su Señor y que tiene los ojos y los corazones abiertos». El papa añadió: «Debemos más bien temer una fe sin desafíos, una fe que se considera completa, todo hecho, como si todo ya se hubiera dicho y hecho. Esta fe no sirve. Los desafíos nos ayudan para que nuestra fe no se vuelva ideológica. Siempre las ideologías crecen y germinan cuando uno cree que tiene la fe ya completa». Los desafíos «nos salvan de un pensamiento cerrado y definido, y nos abren a una comprensión más amplia del hecho revelado».

Por una cultura de la diversidad

«Creo que la iglesia –dijo el Papa–, en el arco de toda su historia, tiene mucho que enseñarnos y para ayudarnos para una cultura de la diversidad. El Espíritu Santo es el Maestro de la diversidad. La Iglesia, a pesar de ser una, es multiforme. La Tradición eclesial tiene una gran experiencia sobre cómo “administrar” lo múltiple dentro de su historia y de su vida. Hemos visto y vemos muchas riquezas y muchos horrores/errores». Francisco invitó a ver el mundo «sin condenarlo y sin santificarlo, reconociendo los aspectos luminosos y los aspectos oscuros. Así como ayudándonos a discernir los excesos de uniformidad o de relativismo». No hay que confundir, continuó, «unidad con uniformidad», ni «pluralidad con pluralismo». Lo que se trata de hacer es «reducir la tensión y cancelar el conflicto o la ambivalencia a la que somos sometidos en cuanto seres humanos», pero «tratar de eliminar uno de los polos de la tensión es eliminar la manera en la que Dios quiso revelarse en la humanidad de Su Hijo».

Formar al discernimiento

«La cultura de la abundancia a la que estamos sometidos –continuó el Papa– ofrece un horizonte de muchas posibilidades, presentando todas como válidas y buenas. Nuestros jóvenes están expuestos a un “zapping” constante». Francisco considera que está «bien enseñarles a discernir, para que tengan los instrumentos y los elementos que les ayuden a recorrer el camino de la vida sin que se extinga el Espíritu Santo que está en ellos». Cuando se es niño, continuó, «es fácil que el papá y la mamá digan lo que debemos hacer, y está bien. Pero mientras vamos creciendo, en medio de una multitud de voces en la que aparentemente todos tienen razón, el discernimiento de lo que nos conduce a la resurrección, a la vida y no a una cultura de muerte, es crucial».

Los diáconos no son «medios curas»

Respondiendo a la pregunta de un diácono permanente, el Papa advirtió que no hay que considerar «a los diáconos como “medio curas” y “medio laicos”. Este es un peligro, ¿eh? Al final no están ni aquí ni allá. Verlos así nos hace daño y les hace daño».

Existe el peligro del clericalismo, añadió Francisco, y «a veces parece casi que el diácono toma el sitio del sacerdote». La otra tentación «es la del funcionalismo, un chico que sirve para cien tareas. No, ustedes –añadió– tienen un carisma claro en la Iglesia y deben custodiarlo. El diaconado es una vocación específica, una vocación familiar que llama al servicio como uno de los dones característicos del pueblo de Dios». Los obispos, desde los tiempos de los apóstoles, tienen como tarea principal la de rezar y de anunciar la Palabra. Los diáconos siempre tienen como tarea el servicio «a Dios y a los hermanos. ¡Y cuánto camino hay que hacer en este sentido!». Además, observó Bergoglio, «no hay servicio en el altar, no hay liturgia que no se abra al servicio de los pobres, y no hay servicio a los pobres que no conduzca a la liturgia».

Pocos y anicanos, pero nunca resignados

Al final, Francisco respondió a la pregunta de una religiosa que habló sobre las dificultades por la falta de vocaciones: cada vez más pocos y cada vez más viejos. El Papa habló sobre el sentimiento de la resignación. «Sin darnos cuenta, cada vez que pensamos o constatamos que somos pocos, o en muchos casos ancianos, que experimentamos el peso, la fragilidad más que el esplendor, nuestro espíritu comienza a ser corroído por la resignación. Y la resignación después conduce a la pereza... Pocos sí, en minoría sí, ancianos sí, ¡resignados nunca!». El remedio que «restaura y da paz», añadió, es la misericordia de Dios. Cuando, por el contrario, uno se resigna o vive pensando en las glorias del pasado, «comienzan a ser pesadas las estructuras, ahora vacías, y nos dan ganas de venderlas para tener dinero para la vejez. Comienza a pesar el dinero que tenemos en el banco, y la pobreza, ¿a dónde va? Pero el Señor es bueno, cuando una congregación religiosa no va por la vía de la pobreza, normalmente el Señor envía a un ecónomo o a una ecónoma que derrumba todo, ¡y esta es una gracia!».

El «gracias» a Milán

Después el Papa salió al atrio de la Catedral para recitar el Ángelus con los fieles en la plaza. «Los saludo y les agradezco por esta calurosa acogida aquí en Milán –dijo Francisco–; la niebla ya se fue, las malas lenguas dicen que llegará la lluvia, no lo sé, yo todavía no la veo. Muchas gracias por su afecto y les pido que recen por mí para que pueda servir al Señor y hacer su voluntad».

en El Papa en viaje

«Nada es imposible para Dios», el aliento del Papa a los jóvenes en su visita a Milán

26 de mar de 2017
La tarde del sábado 25 de marzo, tras una intensa jornada de actividades, incluida la celebración de la Santa Misa en el parque milanés Monza, el Papa Francisco culminó su visita en Milán con un emotivo encuentro multitudinario con los jóvenes que recibirán este año el sacramento de la confirmación y que tuvo lugar en el Estadio de San Siro.

La cita, a la que asistieron aproximadamente 70.000 chicos y chicas procedentes de varias diócesis italianas acompañados por padres, maestros y catequistas, estuvo marcada por un ambiente de alegría y complicidad entre los jóvenes y el Pontífice, que escucharon con gran atención las palabras que les dirigió el Santo Padre centradas especialmente en la importancia de vivir la vida cristiana con "docilidad al Espíritu Santo".

A lo largo de este encuentro, animado con música, cánticos y varias actuaciones artísticas, hubo espacio también para la lectura y profundización del Evangelio del día. Posteriormente, tres representantes de los grupos de participantes, un joven, un padre y un catequista plantearon tres preguntas al Papa Francisco, quien respondió, como es habitual en él, espontáneamente y con el corazón.

Francisco concluyó el evento con un conmovedor llamamiento a luchar contra el bullying, y a denunciar los casos de los que se tenga conocimiento. "Es un fenómeno muy feo que daña a nuestra sociedad y me preocupa mucho", dijo el Papa, invitando a los jóvenes que se confirmarán dentro de poco, a preguntarse a sí mismos si se burlan, se ríen o maltratan a algún amigo, compañero o vecino y pidiéndoles que le prometan a él y también a Jesús que no harán bullying jamás y que asimismo evitarán que otros lo hagan.

A continuación las preguntas y las respuestas del encuentro

-Pregunta de David, un joven: ¿Cuando tenías nuestra edad, qué cosas te ayudaban a hacer crecer la amistad con Jesús?

Buenas tardes. David ha hecho una pregunta muy simple que para mí es fácil de responder porque solamente debo hacer un poco de memoria. Memoria de los tiempos en los cuales yo tenía la edad de ustedes, y la respuesta tiene tres elementos con un vínculo en común. Los primeros que me han ayudado han sido los abuelos. Ustedes se preguntarán...pero cómo Padre... ¿los abuelos pueden hacer crecer la amistad con Jesús qué piensan ustedes? ¿Pero ... cómo? Ustedes dirán...Los abuelos son de otra época, los abuelos no saben usar el ordenador, no tienen celulares. ¿Pregunto una vez más, los abuelos pueden ayudarnos a hacer crecer la amistad con Jesús?

Si, claro que sí. Esta ha sido mi experiencia, los abuelos me han hablado normalmente de las cosas de la vida. Un abuelo mío era carpintero, el mismo oficio de Jesús, así cuando miraba a mi abuelo pensaba en Jesús. El otro abuelo me decía: "nunca vayas a la cama sin decirle una palabra a Jesús", mi abuela me ha enseñado a rezar, también mi madre y mi otra abuela igual.

Lo importante es que los abuelos tienen sabiduría de la vida. Ellos con esa sabiduría nos enseñan cómo estar más cerca de Jesús. A mí me lo enseñaron. Un consejo: hablen con los abuelos, háganles todas las preguntas que quieran, hablen… es importante en estos tiempos hablar con los abuelos. Después me ha ayudado mucho jugar con los amigos porque jugar bien y sentir la alegría del juego con los amigos sin insultarse, hace sentirnos más cerca de Jesús, nos hace pensar que así jugaba Jesús, pero les pregunto ¿Jesús jugaba? Él era Dios, ¿puede jugar Dios?...

Sí, la respuesta es sí. Jesús jugaba, jugaba con los demás. A nosotros nos hace bien jugar con los demás con los amigos, porque cuando el juego es limpio, se aprende a respetar a los otros, a hacer el trabajo en equipo, todos juntos y esto nos une a Jesús. Así que jugar con los amigos.

Uno de ustedes ha preguntado, ¿pelear con los amigos ayuda a conocer a Jesús?

No. Por eso, si uno discute (porque es normal pelear), pide perdón y se termina la historia, ¿está claro? A mí me ha ayudado mucho jugar con los amigos. Y una tercera cosa que me ha ayudado a crecer en la amistad es la parroquia, el oratorio, reunirme con los otros. Esto es muy importante. A ustedes les gusta ir a la parroquia. Estas tres cosas, les harán crecer en la amistad con Jesús, es un consejo que les doy. Porque con estas tres cosas rezarán más. Y la oración es ese vínculo que une las tres cosas.

Los abuelos, mis amigos y la Parroquia.

-Pregunta de un padre: ¿Cómo transmitir a nuestros hijos la belleza de la fe? A veces parece verdaderamente difícil poder hablar de este tema sin ser aburridos y mundanos y peor aún, autoritarios?

-Creo que esta es una de las cuestiones clave que toca nuestras vidas como padres, como pastores, como educadores: la transmisión de la fe. Y me gustaría encomendarla a ustedes. Los invito a recordar cuáles han sido las personas que han dejado una huella en su fe y qué cosa de ellas les impresionó más.

Los invito, a ustedes padres, a volver a ser niños por unos minutos y a recordar las personas que los ayudaron a creer. ¿Quién me ha ayudado a creer? El padre, la madre, los abuelos, una catequista, una tía, el párroco, un vecina quizás… todos llevamos con nosotros en la memoria, pero especialmente en el corazón, a alguien que nos ha ayudado a creer. Ahora los invito a hacer un minuto de silencio y a preguntarse... ¿Quién me ha ayudado a creer? Y yo respondo también y para responder con sinceridad debo regresar en el recuerdo a Lombardía, a mí me ha ayudado a crecer en la fe un sacerdote muy bueno que me ha bautizado y luego me ha acompañado hasta la entrada al noviciado. Y esto lo debo a ustedes los lombardos. Y no me olvido más de aquel sacerdote, nunca, nunca, era un apóstol del confesionario. Misericordioso, bueno, trabajador y así me ha ayudado a crecer en la fe. Se preguntarán el porqué de este pequeño ejercicio. Nuestros hijos nos miran constantemente, aunque no nos demos cuenta, ellos nos observan todo el tiempo e intentan imitarnos. Conocen nuestras alegrías, nuestras tristezas y preocupaciones. Cuánto sufren los niños cuando los padres pelean, cuando se separan. Cuando se trae un hijo al mundo, ustedes deben tener conciencia de esto. Ustedes deben tomar la responsabilidad de hacer crecer en la fe a este hijo. Les ayudará tanto leer la exhortación Amoris Laetitia, sobre todo los primeros capítulos sobre el amor en el matrimonio, el capítulo cuatro. No se olviden ... cuando ustedes pelean los niños sufren y no crecen en la fe.Consiguen captar todo y como son muy intuitivos, sacan sus propias conclusiones y enseñanzas. Saben cuando les hacemos trampas o cuando no. Lo saben, son muy listos. Por eso, una de las primeras cosas que les digo a ustedes es, cuídenlos, cuiden el corazón de sus hijos, cuiden sus alegrías y esperanzas. Los "ojitos" de sus hijos, poco a poco memorizan y leen con el corazón cómo la fe es una de las mejores herencias que han recibido de sus padres, de sus ancestros. Mostrarles cómo la fe te ayuda a salir adelante, no con una actitud pesimista sino con confianza.

Hay un dicho que dice : "Las palabras se las lleva el viento", pero lo que se siembra en la memoria, en el corazón, permanece para siempre”.

En segundo lugar, en varios países, muchas familias tienen la costumbre de ir a misa juntos, después van a un parque y llevan a sus hijos a jugar juntos. Esto es bello porque ayuda a cumplir con el mandamiento “ santificar las fiestas”. No sólo ir a Misa a rezar, o a dormirse... (sucede eh)... risas...No sólo ir a misa sino estar un poco juntos recuperando una bella tradición que en Buenos Aires llamamos “dominguear”, es decir, “vivir el domingo”. Creo que esto es un elemento bello para redescubrir y valorar. Estos tiempos son muy difíciles, porque tantos padres para dar de comer a sus hijos deben trabajar también los domingos. Yo siempre les pregunto a los padres cuando me dicen que pierden la paciencia con los hijos, les digo... ¿tú juegas con tus hijos? y no saben qué responder. Los padres en estos tiempos no pueden o han perdido el hábito de jugar con sus hijos. Quédense con esto: jugar con los hijos, "perder el tiempo" en jugar con ellos y transmitirles la fe de nuestros antepasados, es la gratuidad de Dios.

Y en tercer lugar, es fundamental la educación familiar en la solidaridad. Me gusta acentuar la importancia de la alegría, la gratuidad y el buscar a otras familias para vivir y compartir la fe como un espacio de gozo familiar. "No hay fiesta sin solidaridad, ni solidaridad sin fiesta", porque cuando uno es solidario es alegre también y si es alegre es solidario. Educar a los hijos en la solidaridad que cuesta, no la que sobra. Y esto nuestros hijos lo aprenden en casa.

-Pregunta de un catequista: Nuestro Arzobispo nos ha animado desde hace tiempo a constituir una “comunidad educadora”, en la que el compartir fraterno entre catequistas, maestros, padres y entrenadores sostenga el deber educativo común. ¿Qué consejos nos puede dar para abrirnos a la escucha y al diálogo con todos los educadores que tienen que ver con nuestros jóvenes?

-Primero, una educación basada en el pensar, hacer y sentir (cabeza, manos, corazón). El conocimiento es multiforme y nunca uniforme. Muchas veces los maestros piensan que su materia es la más importante de todas. Muchos piensan que su área de enseñanza es única. Somos un poco celosos de nuestras cosas, y no nos damos cuenta de que todos estamos formando al mismo niño o joven. Por eso es fundamental ponernos de acuerdo para mostrar que todos los saberes son importantes y que cuanto más se desarrollan, más rica es la educación.

En cuanto al punto precedente, entre nuestros estudiantes hay algunos que destacan más en el deporte, otros en las ciencias, las matemáticas, etc. Un buen maestro, educador o entrenador sabe estimular las buenas cualidades de sus alumnos, sin descuidar a los demás, buscando siempre la complementariedad. Ninguno puede ser bueno en todo y esto debemos enseñárselo a nuestros alumnos.

Otro punto que considero importante es la educación por proyectos. Poder enseñar a trabajar de manera poliédrica y no lineal. Que puedan estudiar el mismo fenómeno de diversas perspectivas y hacer propuestas. Sí, hacer propuestas de mejora, que ellos se sientan partícipes de su propia educación. A veces veo programas educativos que quieren convertir a los alumnos en super hombres y super mujeres. De esta manera se les somete desde pequeños a presiones muy fuertes. Está bien estimularlos pero atención: los niños también tienen necesidad de jugar, de divertirse, de dormir. Esto forma parte del crecimiento. Los descansos, el reposo, el juego, así como la frustración, son partes importantes del crecimiento.

Recuperar el asombro de equilibrar el determinismo. La tecnología nos ofrece muchas cosas y permite a nuestros jóvenes conocer tanto y de manera instantánea. Han llegado a tener un acceso a la información que jamás habríamos imaginado. Muchas veces hablando con algunos de ellos me sorprendo de las cosas que saben, o las buscan sin problema y te dicen: “ahora lo busco”. Esto les ofrece muchos instrumentos y posibilidades. Pero hay una cosa que la tecnología no puede dar: la compasión. Y esto se aprende sólo entre humanos, con los demás.

Por último, quisiera mencionar un fenómeno muy feo en esta época que me preocupa mucho: el bullying. Estén atentos. Y ahora les pregunto a ustedes jóvenes que se van a confirmar. Les pregunto: ¿en su barrio hay algún joven del cual se ríen o se burlan? ya sea por su aspecto físico o que incluso le peguen. Esto se llama bullying. Por favor, les pido que para recibir el sacramento de la santa confirmación hagan la promesa de que jamás harán esto y de que jamás permitirán que esto le pase a otros. ¿Me lo prometen?.

¡Sí!, contestan los jóvenes a gritos.

El Papa continúa: Nunca por favor, se rían o se burlen de un compañero, un vecino, un amigo...¿me lo prometen? Ahora en silencio piensen que cosa fea es esto y piensen si son capaces de prometérselo a Jesús. ¿Prometen a Jesús que jamás harán este bullying?

¡Sí!, contestan los jóvenes a gritos.

Gracias, que el Señor los bendiga y no se olviden de rezar por mí.

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