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El Testigo Fiel
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La increíble vida de fray “Apakone” con los indios del Perú

07 de feb de 2018
Su nombre sonó con fuerza durante la reciente visita del Papa. El autor de este artículo lo había conocido.

Lo llamaban Apaktone, que en la lengua de los habitantes de aquella selva espesa significa “papá sabio y bueno”. Dominico de la Orden de los Predicadores, había sido ordenado sacerdote en 1916 en su Asturias natal, y un año después estaba ya en el Perú, donde se convertiría en el mejor amigo de los indígenas de los bordes del río Madre de Dios. En estos días muchos lo han recordado en ocasión de la visita del Papa Francisco a Puerto Maldonado y de su encuentro con líderes de los pueblos originarios en el Centro pastoral llamado justamente, en su homenaje, Apaktone. El autor de esta nota lo conoció y narra aquí una entrañable aventura con él.

***

Sobre cuatro tablones mal pergeñados, encima de los tijerales de un techo de krishnejas de palmera, es bastante incómodo dormir, sentarse o hacer cualquier cosa, menos hablar. Y Josechu, el viejo Padre Josechu para sus amigos, siempre tiene cosas interesantes que decir de su larga vida en la selva del Madre de Dios, en medio de sus príncipes y sus princesas, fuesen esejas, toyeris, mashcos, amahuacas, yaminahuas, en fin.

Él y su acompañante llevan dos días allí arriba, bajo el techo de palma de la casa, esperando que el agua descienda y rogando que no suba más en esa tremenda inundación del año 1960 en Madre de Dios. No están solos, algunos habitantes del bosque circundante se han refugiado con ellos, entre los tijerales. Están todos asustados y miran a los humanos sin moverse. Josechu, como siempre, se acaricia la barba y de vez en cuando acerca la punta a los labios como si fuese un caramelo. Y cuenta, goza recordando y divierte a su acompañante. Cómo llegó a Madre de Dios desde Asturias, Lima, Puno, Sandia, Candamo, aquella ruta larga y difícil donde se compraban mulas para el viaje y los arrieros recuperaban el precio con las sobrevivientes al regreso.

Y las canoas a remo y tangana río arriba en busca de los mashcos, vestido de hábito blanco a riesgo de caerse al agua e irse al fondo del río arrastrado por el peso de la ropa. Esta vez, por lo menos, la canoa está equipada con un fueraborda Archimedes sueco. Cuando llegan a la explanada donde se divisan las casas del grupo de mashcos se ve delante a bastantes hombres desnudos, alineados con arco y flechas en las manos y aspecto hostil. Josechu se baja y cuando está subiendo hacia la explanada, oye arrancar nuevamente el motor y al mirar, la canoa huye dejándolo allí, solo. Los hombres lo sujetan y en medio de ellos le empiezan a quitar la ropa y los zapatos hasta dejarlo en cueros. Salen de las casas también las mujeres y los niños y lo miran y remiran todos, lo palpan, lo pellizcan y se ríen, se ríen como niños jugando. Josechu también los acompaña en sus risas y el crucifijo que llevaba colgado de una cadena sobre el hábito, se lo coloca sobre el pecho. Nunca estuvo Cristo sobre un Gólgota más desnudo. Josechu sonríe y empieza a hablar con ellos, se acompañan y finalmente se sientan a comer todos en círculo. Ya le ha pasado el susto y se siente cada vez más alegre y les habla, les pregunta y les contesta. Les ha admirado especialmente lo velludo que es y, si es velludo y no lampiño como ellos ¿para que se viste, para que no lo confundan con un animal de monte? Y siguen riendo y Josechu ríe con ellos, todo el tiempo. Cuatro días después se escucha nuevamente el motor fueraborda y la canoa acodera en la orilla. Pero viene cargada con cinco gendarmes (antecesores de la Guardia Republicana) que vienen bien armados y saltan a la orilla.

Josechu se acerca al grupo agitando los brazos y gritándoles que está bien y que no avancen más. Los mashcos se han retirado a ocultarse en el monte. Finalmente Josechu recoge sus ropas y se vuelve a vestir, los gendarmes se regresan hacia la canoa y los mashcos vuelven a dejarse ver. Josechu saca de la canoa las cosas que les había llevado desde el primer día y las entrega a los hombres, cosas menudas pero útiles. Un día después la despedida. Van río abajo y hasta bien lejos se siguen escuchando cantos, el fueraborda mudo en ahorro de gasolina. Josechu poco después encabeza la fundación de una misión.

Antes volvió a Asturias, su tierra, cargado con fotos de sus príncipes y sus princesas, desnudos en blanco y negro y en tecnicolor. Los asturianos, pacatos como todo el mundo en tiempos de Franco, proporcionan al fraile cuanta ropa puedan conseguir y conservas, semillas, machetes, herramientas. Y Josechu vuelve a la fundación de su misión entre los mashcos. Terminada la capilla en el estilo de las viviendas mashcas, ha invitado al obispo para que la inaugure con una misa. El día de la misa inaugural Josechu piensa que el obispo puede molestarse de modo que instruye a las mujeres para que usen alguno de los vestidos asturianos para asistir a la ceremonia. Las mujeres hacen caso pero cuando el obispo, revestido y solemne, empieza la misa, los niños se acercan a las mujeres y empiezan a levantar las faldas para saber qué es lo que ocultan y por qué con lo que la liturgia se convierte en una invasión de loros a una chacra de maíz entre revuelos, gritos y carcajadas. Josechu nunca más intervino en asuntos de vestimenta o desnudez.

Arriba del tijeral sigue comentando sus recuerdos de cosas que jamás volverá a mencionar, como la tragedia de la persecución entre los esejas de Palma Real y el Heath y la espantosa muerte del niño. Y cambia de rumbo para recordar lo bien que come en casa de su acompañante de los tijerales, aunque la sopa, si muy caliente, siempre la enfría con “agua acústica líquida o sólida”, los helados los deja derretirse y cuando llegan los niños esejas trayéndole un cucurucho repleto de sabrosos gusanos de palmera a la brasa “qué ricos, que ricos son, anda probarlos vosotros” los va repartiendo de boca en boca entre los mismos niños que se los han traído y remata el obsequio con caramelos que siempre lleva en los bolsillos. Cuando baje el agua dirá una misa en la capilla ahí donde viven los eseja, pero antes habrá que quemar ají cerca del altar para que se espanten los murciélagos que allí reposan todos los días. Su acompañante le recuerda que la última vez que usaron esa manera de fumigar, no solo los murciélagos sino también los fumigadores salieron tosiendo y estornudando con garganta y ojos que siguieron picándoles por horas. Se ríe, desde hace muchísimo tiempo que no ha vuelto a enfadarse, solo sabe reír y sonreír, pase lo que pase. Y no se quiere operar de la hernia “¿Cómo voy a aparecer ante el Señor sin mi hernia? Me dirá que fui muy presuntuoso pensando en mi bien y no en los demás. Un pequeño sacrificio es poca penitencia”. Pero el superior le ha dado la orden de operarse sujeto a “santa obediencia”, y ya se sabe que cuando así se manda algo en la Orden de Predicadores hay que obedecer y la responsabilidad recae en quien ordenó. De manera que se operará cuando vaya a Lima, donde ya no se va vía Candamo sino por aire.

“Padre Josechu, ya llegamos” y el ruido de motor que se escuchaba cada vez más cerca ha resultado ser el rescate. Descolgándose entre las vigas de palo redondo, ambos náufragos han abordado la canoa. Los bichos de monte que los acompañaban los miran nostálgicos. Tendrán que esperar a que el agua se vaya del todo y regresarán al bosque y a cumplir con la cadena alimenticia de la naturaleza, comiéndose unos a otros. Al salir con la canoa evitando las palizadas que bajan flotando por el río, la vista sobre el agua del Madre de Dios se pierde mucho más allá de las orillas habituales. Trescientos kilómetros son algo más que los 700 metros de casi siempre. Llovió mucho.

por Miguel Gonzales del Río, Caretas (Perú)

fuente: Tierras de América
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