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El Testigo Fiel
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en Roma

El Papa: “Nuestra alma es migrante, el ancla está en el cielo”

28 de abr de 2017
Audiencia General; «el mundo, a menudo, se demuestra refractario a las leyes del amor, prefiere muchas veces las leyes del egoísmo»

La vida es como el peregrinar de un «alma migrante»; la fe, «un ancla en el cielo». Son las imágenes que utilizó Papa Francisco durante la audiencia general en la Plaza San Pedro. «Si confiáramos solo en nuestras fuerzas, tendríamos razón de sentirnos desilusionados y derrotados, porque el mundo muchas veces se muestra contrario a las leyes del amor. Prefiere muchas veces, las leyes del egoísmo», pero «el santo pueblo fiel de Dios es gente que está de pie y que camina en la esperanza».

«Nuestro Dios no es un Dios ausente, secuestrado en un cielo lejano – replicó Papa Francisco – en cambio es un Dios apasionado por el hombre, así tiernamente amante de ser incapaz de separarse de él». Prosiguiendo con su ciclo de catequesis sobre la esperanza cristiana, el Pontífice indicó que «nosotros los humanos somos hábiles en arruinar vínculos y derribar puentes. Él en cambio no. Si nuestro corazón se enfría, el suyo permanece siempre incandescente. Nuestro Dios nos acompaña siempre, incluso si por desgracia nosotros nos olvidáramos de Él. En el punto que divide la incredulidad de la fe, es decisivo el descubrimiento de ser amados y acompañados por nuestro Padre, de no haber sido jamás abandonados por Él. Nuestra existencia es una peregrinación, un camino. A pesar de que muchos son movidos por una esperanza simplemente humana, perciben la seducción del horizonte, que los impulsa a explorar mundos que todavía no conocen. Nuestra alma es un alma migrante».

«La Biblia está llena de historias de peregrinos y viajeros. La vocación de Abraham comienza con este mandato: “Deja tu tierra”. Y el patriarca deja ese pedazo de mundo que conocía bien y que era una de las cunas de la civilización de su tiempo. Todo conspiraba contra la sensatez de aquel viaje. Y a pesar de ello, Abraham parte. No se convierte en hombres y mujeres maduros si no se percibe la atracción del horizonte: aquel límite entre el cielo y la tierra que pide ser alcanzado por un pueblo de caminantes. En su camino en el mundo, el hombre no está jamás sólo. Sobre todo el cristiano no se siente jamás abandonado, porque Jesús nos asegura que no nos espera sólo al final de nuestro largo viaje, sino nos acompaña en cada uno de nuestros días. ¿Hasta cuándo perdurará el cuidado de Dios en relación al hombre? ¿Hasta cuándo el Señor Jesús, caminará con nosotros, hasta cuándo cuidará de nosotros? La respuesta del Evangelio no deja espacio a la duda: ¡hasta el fin del mundo! Pasarán los cielos, pasará la tierra, serán canceladas las esperanzas humanas, pero la Palabra de Dios es más grande de todo y no pasará. Y Él será el Dios con nosotros, el Dios Jesús que camina con nosotros. No existirá un día de nuestra vida en el cual cesaremos de ser una preocupación para el corazón de Dios. Pero alguno podría decir: “¿Qué cosa está usted diciendo?”. Digo esto: no existirá un día de nuestra vida en el cual cesaremos de ser una preocupación para el corazón de Dios. Él se preocupa por nosotros, y camina con nosotros, y ¿Por qué hace esto? Simplemente porque nos ama. ¿Entendido? ¡Nos ama! Y Dios seguramente proveerá a todas nuestras necesidades, no nos abandonará en el tiempo de la prueba y de la oscuridad. Esta certeza pide hacer su nido en nuestra alma para no apagarse jamás. Alguno la llama con el nombre de “Providencia”. Es decir, la cercanía de Dios, el amor de Dios, el caminar de Dios con nosotros se llama también “Providencia de Dios”: Él provee nuestra vida”».

Entre los símbolos cristianos de la esperanza, prosiguió Francisco, «existe uno que a mí me gusta tanto: es el ancla. Ella expresa que nuestra esperanza no es banal; no se debe confundir con el sentimiento mutable de quien quiere mejorar las cosas de este mundo de manera utópica, haciendo, contando sólo en su propia fuerza de voluntad. La esperanza cristiana, de hecho, encuentra su raíz no en lo atractivo del futuro, sino en la seguridad de lo que Dios nos ha prometido y ha realizado en Jesucristo. Si Él nos ha garantizado que no nos abandonará jamás, si el inicio de toda vocación es un “Sígueme”, con el cual Él nos asegura de quedarse siempre delante de nosotros, entonces ¿Por qué temer? Con esta promesa, los cristianos pueden caminar donde sea. También atravesando porciones de mundo herido, donde las cosas no van bien, nosotros estamos entre aquellos que también ahí continuamos esperando. Dice el salmo: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo”. Es justamente donde abunda la oscuridad que se necesita tener encendida una luz».

«Volvamos al ancla: el ancla –recordó– es aquello que los navegantes, ese instrumento, que lanzan al mar y luego se sujetan a la cuerda para acercar la barca, la barca a la orilla. Nuestra fe es el ancla del cielo. Nosotros tenemos nuestra vida anclada al cielo. ¿Qué cosa debemos hacer? Sujetarnos a la cuerda: está siempre ahí. Y vamos adelante porque estamos seguros que nuestra vida es como un ancla que está en el cielo, en esa orilla a dónde llegaremos. Claro, si confiáramos solo en nuestras fuerzas, tendríamos razón de sentirnos desilusionados y derrotados, porque el mundo muchas veces se muestra contrario a las leyes del amor. Prefiere muchas veces, las leyes del egoísmo. Pero si sobrevive en nosotros la certeza de que Dios no nos abandona, de que Dios nos ama tiernamente y a este mundo, entonces en seguida cambia la perspectiva».

El Papa concluyó de esta manera: «El santo pueblo fiel de Dios es gente que está de pie (“homo viator”) y camina, pero de pie, “erectus”, y camina en la esperanza. Y a donde quiera que va, sabe que el amor de Dios lo ha precedido: no existe una parte en el mundo que escape a la victoria de Cristo Resucitado. ¿Y cuál es la victoria de Cristo Resucitado? La victoria del amor».

en América y España

Es una dictadura

25 de abr de 2017
Dura toma de posición de los jesuitas de Venezuela, que invitan a “accionar como ciudadanos a través de la protesta pacífica, sin armas, sin violencia y en resistencia al abuso del poder”

Las decisiones asumidas por el Tribunal Supremo de Justicia en Sala Constitucional de fecha 28 y 29 de marzo del presente año (Sentencias 155 y 156) suponen un claro golpe de Estado y un desenmascaramiento definitivo del gobierno como una dictadura. La revista SIC y el Centro Gumilla, fieles a su condición de instancias defensoras de la democracia como sistema de convivencia de los venezolanos y como sistema que, con sus defectos (muchas veces señalados por nosotros), es garantía de la protección de los derechos humanos, nos oponemos como ciudadanos a este abuso por parte de un grupo de militares y civiles que, con la única intención de proteger sus intereses particulares y ambición de poder, han sometido a toda la sociedad venezolana.

Hemos venido señalando en diversos editoriales el proceso de degradación del actual gobierno y de la política en general en Venezuela. Las situaciones de hambre, represión, falta de atención e insumos médicos básicos, que hemos definido como crisis humanitaria en un país en el cual tales circunstancias resultan inexplicables, en el fondo pueden ser leídas como una política expresa de sometimiento de la población, cuyo objeto fue y es evitar el levantamiento popular frente a un auto golpe.

En esa misma medida, las continuas detenciones de diversos políticos venezolanos, que incluyó recientemente a un diputado suplente del parlamento, fueron signos de las decisiones que ya estaban asumidas. Las libertades se fueron conculcando cada vez con mayor fortaleza, lo que incluyó el cierre de varios medios, entre los cuales vale recordar la clausura de CNN y las amenazas nuevamente de cierre a Globovisión. También el desprecio con el cual se ha tratado a la comunidad internacional, comenzando con el mismo Vaticano en la persona del Secretario de Estado Cardenal Pietro Parolin, cuando le envió una carta al gobierno venezolano señalando sus incumplimientos en los acuerdos alcanzados en el malogrado diálogo de finales del año 2016. Este mismo tratamiento recibió Mercosur, la OEA y es de esperar que continúe en otros foros.

Ambas sentencias del TSJ no son más que un colofón a la actitud asumida por el Gobierno frente a la derrota electoral sufrida en diciembre de 2015 y que consistió en el mero desconocimiento de los efectos del resultado, la negación de la voluntad popular y el no sometimiento a las reglas democráticas. Desde el principio se usó como ariete al Poder Judicial (por cierto nombrado de forma ilegítima) para intentar darle una apariencia de legalidad a los actos, pero en el transcurso del tiempo la máscara se fue degradando hasta llegar a esta necesidad de emitir una decisión que supone una clara violación a la Constitución que supuestamente pretende proteger. Es evidente que la fuerza de esas decisiones están sustentadas en las armas que posee el grupo que ejerce la actual dictadura, tanto desde el sector castrense como en los grupos civiles armados, y con el apoyo de Cuba como Estado que ha prestado su muy eficiente sistema de vigilancia y control.

Nos enfrentamos a una dictadura como ciudadanos y como cristianos. Tenemos presente lo dispuesto en los artículos 333 y 350 de la Constitución que nos exigen hacer todo lo que de nosotros dependa para la restitución de las libertades. Se trata de accionar como ciudadanos a través de la protesta pacífica, sin armas, sin violencia y en resistencia al abuso del poder. Se trata de usar la palabra y la razón a pesar de que a la misma en tiempos de turbulencia le cuesta encontrar su camino. Se trata de no caer en el chantaje de la fuerza y alegar nuestros derechos y el derecho de una solución democrática y electoral.

Como cristianos nos corresponde acompañar este ya largo viernes santo que ha vivido nuestro pueblo. El hambre sigue presente, la falta de medicinas, las operaciones violentas de la OLP (Operación Liberación y Protección del Pueblo lanzada por el gobierno para militarizar algunos sectores de Caracas), los malos servicios públicos o su desaparición, la inseguridad, que se suman y agravan otros males que tienen larga data. Pero somos conscientes que este paso dado por el TSJ supone una nueva estación en este via crucis del pueblo venezolano, un despojo más, una nueva espina, otro golpe en este camino tortuoso en el cual llevamos varios años.

En los contextos de viacrucis son vitales las presencia de Cirineos que ayudan a llevar la cruz, de Verónicas que limpian el rostro, de Marías que dan fortaleza en el caminar y de guardias que reconocen en medio del dolor la presencia de Dios. Pero no queremos quedarnos en la pasión, pues esto no es cristiano, sino que aun siendo conscientes de la pasión y que quizás nos toque sufrir por seguimiento de la verdad lo mismo que a Cristo, a la vez, buscamos la resurrección que es el triunfo al final de la Verdad y la Vida.

Queremos caminar hacia la verdadera libertad que supone reconocernos todos como miembros de una comunidad política que respeta los derechos de todos, que permite verdaderos caminos de desarrollo, que propicia una auténtica solidaridad. Esto requiere de la democracia formal como un elemento que aunque insuficiente es imprescindible. Respeto al Estado de Derecho, separación de poderes, legitimidad del parlamento como instancia de control y decisión democrática.

por Centro Gumilla, Revista SIC, Compañía de Jesús en Venezuela

El Centro Gumilla es un instituto de investigación y acción social de la Compañía de Jesús, fundado en 1968. Publica la revista SIC desde hace 70 años, dedicada al análisis económico, social, político y cultural de Venezuela.

en Espiritualidad y Cultura

Libres y humildes como María Magdalena

28 de abr de 2017
«Permanecer unidos en la comunión y en la oración al Espíritu Santo que hace posible tal unidad. La Iglesia espera este testimonio para que nadie sea privado de la luz y de la fuerza del Evangelio». Es la misión confiada por el Papa Francisco a los participantes de la 40º asamblea nacional de la Renovación Carismática Católica, que tiene lugar en la feria de Rimini, sobre el tema «¡Exultad: el Señor ha actuado! Cantad gritos de júbilo: el Señor ha manifestado su gloria» (Isaías 44, 23).

El mensaje, firmado por el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin, fue personalmente llevado el sábado por la tarde, 22 de abril, por el arzobispo Angelo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado, que lo leyó durante la misa que él mismo celebró. El Pontífice, es la conclusión del mensaje, «invoca abundantes dones del Divino Espíritu para un camino eclesial fructífero, confiando votos y propósitos a la celeste intercesión de la Virgen María».

En la homilía el arzobispo Becciu tomó los movimientos del testimonio de María Magdalena «la primera anunciadora de la resurrección», aquella que «recibe la misión de ser el primer testigo del Resucitado, la “apóstola de los apóstoles”». Y también, hizo notar, son precisamente estos últimos «quienes no la creen», no consiguiendo «comprender que la fuerza del Señor se manifiesta humildemente, a través de la debilidad». En resumen, «aquellos que habían estado con Jesús no conseguían esperar». Pero «su pesimismo incrédulo puede decirnos algo también a nosotros — comentó el prelado — porque la tentación de la desconfianza puede tocar también a aquellos que desde hace mucho tiempo se han puesto a seguir a Jesús». Se trata a fin de cuentas, como reveló el Papa Francisco también recientemente en Carpi, de elegir si «fiarse del Señor o de sí mismo». Y de «afrontar las tentaciones concretas de la incredulidad, de la clausura y del miedo que insidian el corazón de la fe» con la ayuda del consejo espiritual del Pontífice: tomando «la raíz de esta actitud de rechazo en relación con la consolación cristiana», en el Ángelus del 7 de diciembre de 2014 reveló cómo «muchas veces tenemos miedo de ser consolados, es más, nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación porque nos sentimos casi protagonistas».

Para los apóstoles «el avance se produjo cuando recibieron el Espíritu el día de Pentecostés: de inconsolables se convirtieron en consoladores, de desconfiados a valientes, de temerosos a testigos» afirmó el arzobispo Becciu, haciendo notar «un particular: Jesús envió a los discípulos justo después de haberlos regañado por su incredulidad». En resumen, «su poca fe, sus errores y sus miedos no han impedido a Jesús fiarse y mandarles: es un gran estímulo también para nosotros que constatamos como Iglesia y como cristianos, cuánto la pequeñez de nuestra fe haya aumentado la tibieza de muchos y obstaculizado a muchos en el encontrar a Jesús». Pero «nos consuela saber que Dios cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos y en la fuerza del Espíritu nos envía a evangelizar con la vida, a testimoniar no sobre la base de estrategias complejas y articuladas, sino sobre la fuerza límpida y humilde del amor a Dios y al prójimo».

«Para ser buenos evangelizadores», es la sugerencia del sustituto de la secretaría de Estado, no se debe basar «sobre nuestras fuerzas», afianzándose «sobre obstinadas convicciones humanas», sino «dejarse dócilmente plasmar por el Espíritu». Y después, añadió, la evangelización es siempre «al plural». Precisamente en la «centralidad del Señor» se reconoce el estilo de la Renovación Carismática Católica: «Partir de nuevo como el primer día de la esencialidad del Evangelio, para una misión eclesial que será más fructífera en cuanto abierta a la alabanza, libre de toda autoreferencialidad y humildemente dirigida a construir comunión».

en Solidaridad

Salvar vidas antes que nada

28 de abr de 2017
Mientras continúan las investigaciones sobre el papel de las ONG.

La agencia Frontex, quien primero ha suscitado perplejidad acerca de las actividades de las ONG y sus presuntos vínculos con los traficantes de seres humano, pidió hoy que ninguno saque conclusiones apresuradas, sin el trabajo de los investigadores, y esclareció que el objetivo de todos sigue siendo el de salvar vidas. Pero el debate continúa: Médicos sin fronteras (MSF) y UNICEF denuncian «instrumentalización» y «cínicos ataques» por parte de diversas “partes políticas”, mientras que la fundación Migrantes de la CEI invita a concentrarse sobre la «lucha contra el verdadero mal que es el tráfico de seres humanos» y pide «corredores humanitarios que salven de la corrupción y la muerte a los inmigrantes».

Salvar vidas –destacó Izabella Cooper, portavoz de la agencia europea para el control de las fronteras– «no es sólo una prioridad, sino también una obligación internacional para todos los que trabajan en el mar». Después de haber recordado esto, Cooper resaltó el punto esencial: «los traficantes que operan en Libia están aprovechándose de la obligación internacional de salvar vidas en el mar». Pero esto vale para todos: «En 2016, las naves preparadas de Frontex salvaron casi 90.000 vidas en Italia y Grecia». El papel de Frontex –prosiguió– es el de «ofrecer asistencia técnica a los estados europeos» y también de «recoger informaciones de inteligencia sobre las personas activas en el tráfico de seres humanos y sobre sus redes, remitiendo todo a las autoridades judiciales de los países de la UE».

Como se mencionó, MSF se declaró «indignada por los cínicos ataques al trabajo de las ONG en el mar por parte de algunos exponentes de la política italiana y anunció que sopesará en qué sedes intervenir para la tutela de la propia acción, imagen y credibilidad». El presidente de MSF Italia, Loris De Filippi, habló de «una polémica instrumental que esconde las verdaderas responsabilidades de instituciones y políticas, que han creado esta crisis humanitaria dejando el mar como única alternativa». Posiciones análogas por parte de la UNICEF y Save the Children.

En este cuadro, el director de Migrantes, de la Conferencia episcopal italiana (CEI), Giancarlo Perego, declaró: «Quedando claro que estas acusaciones deban encontrar confirmación, cosa que hasta ahora no se ha dado, creo que estas acusaciones llevan consigo una visión hipócrita y vergonzosa». Y aclaró que se trata «de quien no quiere salvar en el mar a personas que huyen y de quien no quiere construir canales humanitarios a través de los cuales las personas podrían llegar de modo seguro, combatiendo así lo que debe ser combatido realmente: el tráfico de seres humanos que financia el terrorismo». Desviar la mirada a otra parte –agregó Perego– «o señalar con el dedo en contra de las organizaciones internacionales creo que es una operación que hay que condenar. Es necesario llevar una conciencia europea que lleve a reforzar los canales humanitarios».

en Iglesia en el Mundo

Los Santos niños de México a Fátima, “testigos de verdad”

25 de abr de 2017
Se confirma el 13 de mayo la canonización de los dos “pastorinhos”. El 15 de octubre serán santos tres indígenas adolescentes mexicanos y 30 mártires brasileños. El cardenal Amato: «Un signo para los niños y adolescentes objeto de explotación y cosificación»

A los 11 y a los 9 años, Francisco y Jacinta Marto, los dos “pastorinhos” analfabetas de Fátima a los que se les apareció la “Señora”, la Virgen María, en la Cova da Iria, probablemente no habrían imaginado que un día la Iglesia los proclamaría santos. Papa Francisco los canonizará el próximo 13 de mayo de 2017, en el centenario de las apariciones, en el que será el evento clave de su viaje a la pequeña ciudad portuguesa durante la gran misa en el Santuario.

El anuncio fue dado hace unos días por el Pontífice en un consistorio ordinario público, durante el que fueron comunicadas oficialmente las fechas de canonización de otros beatos. Además de Francisco y Jacinta, serán otros tres niños: los mexicanos Cristóbal, Antonio y Juan, que durante la primera evangelización de América se sumaron sin reservas a la fe cristiana y fueron martirizados por este motivo. El primero falleció en 1527 en manos de su padre, los otros dos en 1529, azotados por sus compatriotas de Tlaxcala. Desde hace siglos, los historiadores de la Iglesia mexicana los celebran como los “protomártires” no solo de México, sino de toda América Latina, “semillas” que hicieron que floreciera el cristianismo en el Nuevo Mundo.

Al recordar su luminoso testimonio, el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el cardenal Angelo Amato, quiso dedicar un pensamiento, durante el Consistorio, a todos los jóvenes que en la actualidad pagan su fe con la sangre.

«No sin una particular conmoción recordamos que cinco de los Beatos son niños y adolescentes», esto es muy significativo «en la historia de nuestros días, en los que los pequeños no raramente se convierten en objeto de explotación y de cosificación», subrayó el purpurado. Y afirmó que estos pequeños futuros santos son «testimonios de verdad y libertad, mensajeros de paz de una humanidad reconciliada en el amor».

La ceremonia de canonización de Cristóbal, Antonio y Juan se llevará a cabo el 15 de octubre en la Plaza San Pedro, junto con las de los sacerdotes Andrea de Soveral y Ambrogio Francesco Ferro, del laico Matteo Moreira y de 27 compañeros, todos martirizados en Brasil durante la bárbara represión calvinista perpetrada por los holandeses en contra de la fe católica en 1645. Ese día serán proclamados santos (como se anunció hoy en el Consistorio) también el escolapio español Faustino Míguez, que fundó el Instituto Calasanciano de las Hijas de la Divina Pastora para educar a niñas pobres, y Angelo da Acri (Luca Antonio Falcone), profeso de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos, que vivió a caballo entre los siglos XVII y XVIII en el Reino de Nápoles, que se puso de parte de los débiles contra los abusos y las prepotencias de los poderosos, castigando la corrupción y las injusticias sociales de su tiempo.

Se conocen diferentes detalles sobre las vidas de los dos “pastorcillos” y de su largo proceso que comenzó en 1952 y terminó en 1979, sobre todo gracias a los textos que escribió su prima Lucía dos Santos, consagrada dorotea que murió en 2005 a los 98 años y que pudo presenciar la beatificación de los dos hermanitos que presidió Juan Pablo II en el Santuario de Fátima el 13 de mayo de 2000, durante el gran Jubileo. En cambio, se sabe poco sobre las historias de los tres indígenas martirizados “in odium fidei”.

Los tres vivieron durante los primeros años del siglo XVI, cuando llegaron los misioneros franciscanos y dominicos a México, en el que dominaba el imperio azteca, con sus cultos y sacrificios practicados por una casta de sacerdotes que adoraba ídolos. Los evangelizadores condenaron estas costumbres paganas, a veces utilizando métodos drásticos, como la destrucción de templos e ídolos, y al mismo tiempo trabajaron para la promoción y la defensa de los indígenas. Esto fue uno de los factores que favorecieron el rápido desarrollo del cristianismo entre las poblaciones locales y esta también fue una de las causas que desencadenaron la persecución de los fieles paganos contra los evangelizadores.

La oleada de sangre y violencia que siguió arrolló a los tres jóvenes, educados en la escuela franciscana de Tlaxcala y asesinados en momentos y lugares diferentes por sus compatriotas. El primero fue “Cristobalito”, de 13 años, hijo predilecto del heredero del principal cacique Acxotécatl, quien, siguiendo el ejemplo de sus tres hermanos, pidió espontáneamente el bautismo, eligiendo el nombre de Cristóbal. Se propuso convertir a su padre y lo exhortaba a cambiar de costumbres, a veces rompía los ídolos que había en su casa y trataba de llevar el Evangelio a sus familiares y conocidos. El hombre le rompió las articulaciones a su hijo con un bastón, pero él seguía rezando hasta que fue arrojado a una hoguera. El cuerpo, incorrupto, fue sepultado primero en una habitación de la casa y un año más tarde fue llevado por los franciscanos al convento de Tlaxcala, y al final a la iglesia de Santa María.

También en Tlaxcala nacieron Antonio y Juan. El primero era nieto y heredero del cacique local, mientras que Juan, de condición humilde, era su siervo. Ambos fueron a la escuela de los franciscanos. En 1529 los dominicos decidieron fundar una misión en Oaxaca, por lo que le pidieron al director de la escuela que les indicara algunos chicos para que los acompañaran como intérpretes. Antonio y Juan, de 13 años, se propusieron inmediatamente. El grupo llegó a Tepeaca y los chicos ayudaron a los misioneros a recoger los ídolos. Después Antonio y Juan se trasladaron solos a Cuauhtinchán. Antonio entraba a las casas y Juan se quedaba en el umbral. Durante una de estas acciones, los indígenas los atacaron y golpearon a Juan tan fuerte que lo mataron en el acto. Antonio trató de ayudarlo pero los agresores también lo agredieron. Los frailes recobraron sus cadáveres y los sepultaron en Tepeaca, en una capilla. Juan Pablo II los proclamó beatos el 6 de mayo de 1990 en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe de la Ciudad de México, durante la ceremonia en la que también fue beatificado Juan Diego, el “mensajero” de la Virgen Morena.

También fue violento el fin que tuvo el jesuita brasileño Andre Soveral, martirizado a los 73 años en julio de 1645 en la capilla de la Virgen de las Velas en Cunhau (una de las dos únicas parroquias que existían en esa época en el Río Grande del Norte). Al final de una misa, una tropa de soldados holandeses calvinistas irrumpieron en la Iglesia, cerraron las puertas, torturaron al párroco y a los fieles inocentes, que eran principalmente obreros y campesinos. Unos meses después, el 3 de octubre, le tocó la misma suerte al padre Ambrosio Francisco Ferro, arrollado con sus parroquianos por el odio de los soldados holandeses y 200 indígenas en la Parroquia de la Virgen de la Presentación. Juan Pablo II los elevó a los altares el 5 de marzo de 2000.

Salvatore Cernuzio

en Roma

Memoria de los Testigos de la fe de los siglos XX y XXI

25 de abr de 2017
El Papa Francisco presidió la Liturgia de la Palabra en la Basílica romana de San Bartolomé, con la Comunidad de San Egidio, el cuarto sábado de abril, en memoria de los mártires antiguos y modernos. Texto completo de la homilía.

Hemos venido como peregrinos a esta Basílica de San Bartolomé en la Isla Tiberina, donde la historia antigua del martirio se une a la memoria de los nuevos mártires, de tantos cristianos asesinados por las desequilibradas ideologías de siglo pasado, y asesinados sólo porque eran discípulos de Jesús.

El recuerdo de estos heroicos testimonios antiguos y recientes nos confirma en la conciencia que la Iglesia es una Iglesia de mártires. Y los mártires son aquellos que, como nos lo ha recordado el Libro del Apocalipsis, «vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras, haciéndolas cándidas en la sangre del Cordero» (7,17). Ellos han tenido la gracia de confesar a Jesús hasta el final, hasta la muerte. Ellos sufren, ellos donan la vida, y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio. Y existen también tantos mártires escondidos, esos hombres y esas mujeres fieles a la fuerza humilde del amor, a la voz del Espíritu Santo, que en la vida de cada día buscan ayudar a los hermanos y de amar a Dios sin reservas.

Si miramos bien, la causa de toda persecución es el odio del príncipe de este mundo hacia cuantos han sido salvados y redimidos por Jesús con su muerte y con su resurrección. En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (Cfr. Jn 15,12-19) Jesús usa una palabra fuerte y escandalosa: la palabra “odio”. Él, que es el maestro del amor, a quien gustaba mucho hablar de amor, habla de odio. Pero Él quería siempre llamar las cosas por su nombre. Y nos dice: “No se asusten. El mundo los odiará; pero sepan que antes de ustedes, me ha odiado a mí”.

Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado, por un don gratuito de su amor. Con su muerte y resurrección nos ha rescatado del poder del mundo, del poder del diablo, del poder del príncipe de este mundo. Y el origen del odio es este: porque nosotros hemos sido salvados por Jesús, y el príncipe de este mundo esto no lo quiere, él nos odia y suscita la persecución, que desde los tiempos de Jesús y de la Iglesia naciente continúa hasta nuestros días. ¡Cuántas comunidades cristianas hoy son objeto de persecución! ¿Por qué? A causa del odio del espíritu del mundo.

Cuántas veces, en momentos difíciles de la historia, se ha escuchado decir: “Hoy la patria necesita héroes”. Los mártires pueden ser pensados como héroes pero lo fundamental del mártir es que es uno que ha recibido una gracia. Existe la gracia de Dios, no el coraje, no la valentía, ésto es lo que lo hace mártir.

Hoy, del mismo modo, nos podemos preguntar: “¿Qué necesita hoy la Iglesia?” Mártires, testimonios, es decir, Santos, los de la vida ordinaria, porque son los Santos los que llevan adelante a la Iglesia. ¡Los Santos!, sin ellos la Iglesia no puede ir adelante. La Iglesia necesita de los Santos de todos los días, de la vida ordinaria llevada adelante con coherencia; pero también de los que tienen la valentía de aceptar la gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte. Todos ellos son la sangre viva de la Iglesia. Son los testimonios que llevan adelante la Iglesia; aquellos que atestiguan que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo testifican con la coherencia de vida y con la fuerza del Espíritu Santo que han recibido como don.

Yo querría hoy añadir un ícono más en esta Iglesia: una mujer. No sé su nombre, pero ella nos mira desde el Cielo. Cuando estaba en Lesbos, saludaba a los refugiados y encontré a un hombre de 30 años con tres niños que me ha dicho: "Padre yo soy musulmán, pero mi esposa era cristiana. A nuestro país han venido los terroristas, nos han visto y nos han preguntado cuál era la religión que practicábamos. Han visto el crucifijo, y nos han pedido tirarlo al piso. Mi mujer no lo hizo y la han degollado delante de mí. Nos amábamos mucho".

Este es el ícono que hoy les traigo como regalo aquí. No sé si este hombre está todavía en Lesbos o ha logrado ir a otra parte. No sé si ha sido capaz de huir de ese campo de concentración porque los campos de refugiados... muchos de ellos son campos de concentración, son abandonados ahí, a los pueblos generosos que los acogen, que tienen que llevar adelante este peso porque los acuerdos internacionales parecen ser más importantes que los Derechos Humanos. Y este hombre no tenía rencor. Y él siendo musulmán llevaba adelante esta cruz sin rencor, se refugiaba en el amor de su mujer, que ha recibido la gracia del martirio.

Recordar estos testimonios de la fe y orar en este lugar es un gran don. Es un don para la Comunidad de San Egidio, para la Iglesia de Roma, para todas las Comunidades cristianas de esta ciudad, y para tantos peregrinos. La herencia viva de los mártires nos da hoy a nosotros paz y unidad. Ellos nos enseñan que, con la fuerza del amor, con la mansedumbre, se puede luchar contra la prepotencia, la violencia, la guerra y se puede realizar con paciencia la paz. Y entonces podemos orar así: «Oh Señor, haznos dignos testimonios del Evangelio y de tu amor; infunde tu misericordia sobre la humanidad; renueva tu Iglesia, protege a los cristianos perseguidos, concede pronto la paz al mundo entero. A ti Señor la Gloria y a nosotros la vergüenza».

en Roma

Nunca olvidemos que la misericordia es la clave en la vida de fe

23 de abr de 2017
Palabras del Papa antes del rezo del Regina Coeli en este segundo domingo de Pascua, Domingo de la Divina MIsericordia.

«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Sabemos que cada domingo hacemos memoria de la resurrección del Señor Jesús, pero en este periodo después de la Pascua, el domingo se reviste de un significado aún más iluminante. En la tradición de la Iglesia, este domingo, el primero después de la Pascua, se denominaba ‘in albis’. ¿Qué significa esto? Esta expresión se proponía evocar el rito que cumplían cuantos habían recibido el bautismo en la Vigilia de Pascua. A cada uno de ellos se les entregaba una túnica blanca – ‘alba’ – ‘blanca’, para indicar la nueva dignidad de los hijos de Dios. Aún hoy se sigue haciendo, a los recién nacidos se les ofrece una pequeña túnica simbólica, al tiempo que los adultos visten una verdadera, como vimos en la Vigilia Pascual. Y aquella túnica blanca, en el pasado, se llevaba puesta durante una semana, hasta este domingo y de ello deriva el nombre ‘in albis deponendis’, que significa el domingo en el que se quita la túnica blanca. Y así, cuando se quitaban la túnica blanca, los neófitos comenzaban una vida nueva en Cristo y en la Iglesia.

Hay otra cosa. En el Jubileo del año 2000, San Juan Pablo II estableció que este domingo se dedicara a la Divina Misericordia. ¡Es verdad, fue una bella intuición: fue el Espíritu Santo el que lo inspiró en esto! Desde hace pocos meses hemos concluido el Jubileo extraordinario de la Misericordia y este domingo nos invita a retomar con fuerza la gracia que proviene de la misericordia de Dios. El Evangelio de hoy es la narración de la aparición de Cristo resucitado a los discípulos reunidos en el cenáculo (cfr Jn 20, 19-31). Escribe San Juan que Jesús, después de haber saludado a sus discípulos, les dijo: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen» ( 21- 23). He aquí el sentido de la misericordia que se presenta justo el día de la resurrección de Jesús como perdón de los pecados. Jesús Resucitado ha transmitido a su Iglesia, como primera tarea, su misma misión de llevar a todos el anuncio concreto del perdón. Ésta es la primera tarea: anunciar el perdón. Este signo visible de su misericordia lleva consigo la paz del corazón y la alegría del encuentro renovado con el Señor.

La misericordia en la luz de la Pascua se deja percibir como una verdadera forma de conocimiento. Y esto es importante: la misericordia es una verdadera forma de conocimiento. Sabemos que se conoce a través de tantas formas. Se conoce a través de los sentidos, se conoce a través de la intuición, la razón y otras más. Pues bien, ¡se puede conocer también a través de la experiencia de la misericordia. Porque la misericordia abre la puerta de la mente para comprender mejor el misterio de Dios y de nuestra existencia personal. La misericordia nos hace comprender que la violencia, el rencor, la venganza no tienen sentido alguno y que la primera víctima es la que vive con estos sentimientos, porque se priva de su propia dignidad. La misericordia abre también la puerta del corazón y permite expresar cercanía, sobre todo a cuantos están solos y marginados, porque los hace sentir hermanos e hijos de un solo Padre. Ella favorece el reconocimiento de cuantos tienen necesidad de consolación y hace encontrar palabras adecuadas para dar consuelo.

Hermanos y hermanas, la misericordia calienta el corazón y lo vuelve sensible a las necesidades de los hermanos con el compartir y la participación. La misericordia, en resumen, nos compromete a todos a ser instrumentos de justicia, de reconciliación y de paz. Nunca olvidemos que la misericordia es la clave en la vida de fe y la forma concreta con la que damos visibilidad a la resurrección de Jesús.

Que María, Madre de la Misericordia, nos ayude a creer y a vivir con alegría todo esto»

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