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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

Jesús, pastor de su pueblo

El «pastoreo» anunciado en los profetas

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
18 de julio de 2009
Domingo XVI del Tiempo Ordinario, ciclo B: Jr 23,1-6; Sal 22; Mc 6,30-34.

 

La figura bíblica de los "pastores" y las "ovejas" es sin duda una de las imágenes eclesiales más importantes, o al menos de más amplio arraigo. Cuando pensamos en la antinomia pastores-ovejas, inmediatamente nos viene a la mente el par sacerdotes-laicos. Como estoy seguro de que en el 99% de las parroquias se reflexionará este domingo sobre ese tema, vinculandolo naturalmente a la endémica falta de vocaciones sacerdotales, me ahorraré ahondar en ese aspecto, para acercarme a otro no menos importante y no menos -sino más- presente en las lecturas de hoy: la oposición "pastoreo antiguo-pastor nuevo".

El tema del pastor nuevo no lo introduce sólo el Evangelio de Marcos que leemos este domingo; es ya un tema que está presente en el profetismo de Israel, y que llega a expresarse con la contundencia con que lo leemos en, por ejemplo, el oráculo de Jeremías: el propio Dios rechaza un modo de practicar el "pastoreo", y puesto que lo opone a un pastoreo futuro que él mismo suscitará, llamaremos a ese modo rechazado el "pastoreo antiguo".

¿Cómo caracteriza Jeremías este pastoreo antiguo? dirá:

«Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer...»

«Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis»

Este pastoreo reprobado por el propio Dios parece tener dos caracterizaciones distintas: por un lado el dejar que el mal ocurra entre las ovejas, como aquel pastor que viera que se acerca una lluvia amenazante y siguiera comiendo su bocadillo sin importarle la suerte que correrá el ganado; una pasiva molicie que se apodera del pastor y lo lleva a no sentirse ya parte de la suerte del rebaño. Pero aun si esto es reprobable, nos queda la otra caracterización, más dura todavía: «que dispersan..» y luego «las expulsasteis...». No se trata de una "pasiva molicie" sino de una activa maldad que causa daño entre las ovejas, llegan éstas a perderse y perecer no sólo ante la indiferencia de sus pastores, sino por su propia acción.

Se trata de una acusación gravísima, pero de ninguna manera exclusiva de Jeremías; Isaías 56, por ejemplo, opondrá a las acusaciones contra la vagancia y ceguera de los pastores de Israel la promesa del propio Dios de traer extranjeros que amen el nombre de Yahveh.

Conocidísima y dura es la invectiva de Ezequiel 34: "¡ay de los pastores que se apacientan a sí mismos!", y por boca de Zacarías exclamará Yahveh: "contra los pastores arde mi cólera".

Pocas veces tenemos en cuenta que desde muy antiguo, desde antes que el cristianismo, ya en la religión de Israel el sacerdocio -que tiene naturalmente rasgos comunes con el sacerdocio de otras religiones- tuvo notas distintivas, y fundamentalmente una, que la expresa muy bien la Carta a los Hebreos cuando señala que el sumo sacerdote esta «puesto en favor de los hombres». Esta fórmula no es nada obvia: más bien en el conjunto de las religiones lo propio del sacerdote es obrar de cara y en relación a los dioses o a lo divino; por supuesto que para aplacarlos o tornarlos favorables a los hombres, pero su misión fundamental es de cara a los dioses.

En la Biblia, por el contrario, aunque desde luego siempre se piensa el sacerdocio en relación a Dios, el lugar de actuación no es un ámbito apartado y lejano, un ambito que fuera de Dios con exclusividad, sino que ese ámbito es el hombre mismo. De allí que se haya desarrollado esta metáfora que la damos por evidente y que no lo es en absoluto: la del sacerdote como "pastor del rebaño". En la representación de imagenes que se hace la Biblia -y que a medida que avanzan los textos se formula con más claridad-, el sacerdote, más que actuar de cara a Dios, actúa en nombre de Dios de cara a los hombres... y eso no es nada obvio, ni surge de la idea misma de sacerdocio. El sacerdocio bíblico -incluso el antiguo- está mucho más cerca de la noción de "profeta" -es decir, del que trae un mensaje de parte de Dios- que en otras religiones.

Por eso mismo, por actuar no de cara a Dios sino en nombre de Dios, es que la responsabilidad en el cuidado del rebaño es mayor: el sacerdote bíblico tiene en sus manos todo el tiempo el prestigio del propio Yahveh. Si las ovejas se pierden, es Yahveh mismo quien las perdió, pues las perdieron quienes actuaban en su nombre.

Por eso el propio Yahveh reaccionará y opondrá al sacerdocio desaprensivo y malvado un nuevo pastoreo; pero curiosamente ese pastoreo no será nuevo por sus funciones, sino por algo de lo que carecía el pastoreo antiguo: por su relación íntima con Yahveh. Y esta apuesta y esta promesa de Yahveh llega al extremo de ofrecer no ya una multiplicidad de pastores sino uno único: un vástago de David -un "germen" dice literalmente Jeremías-.

El salmo 23 (22) -al que a veces reducimos a mera cancioncilla para acompañar procesiones- da una doctrina más bien osada: «Yahveh es mi pastor». El propio Dios es el auténtico pastor que puede entonces actuar con completa legitimidad "de cara a Dios en favor de los hombres".

 

 

En el Evangelio de Marcos nos contaba la semana pasada cómo Jesús envía a prácticas a sus discípulos: de dos en dos y pobres en toda pobreza deben ir a expulsar demonios y enseñar la nueva doctrina, la llegada del Reino, repartir de parte de Dios la paz, y retenerla incluso, si no es bien recibida.

Todas estas son, sin duda, tareas "pastorales" -en el sentido del pastoreo que veníamos perfilando-; con la imagen de un Jesús reuniendo en torno y en intimidad a sus discípulos, llevándolos a comer con él y apartándolos de la agotadora multitud, escuchando sus relatos y compartiendo sus experiencias Marcos nos muestra que los tiempos anunciados por Jeremías, los de pastores que compartieran la intimidad de Yahveh, han llegado.

 

Sin embargo la lectura reserva un peldaño más:

«Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.»

El acento y la incidencia de esta expresión no es sólo la sensibilidad de Jesús para con su pueblo, sino en que hay un punto en que inalienablemente, insustituiblemente, es el propio Jesús el pastor de su pueblo; frente a la evocación de los discípulos que vienen de enseñar y curar nos dirá Marcos: «...y se puso a enseñar [a la muchedumbre] con calma.»

El protagonista de esta cláusula no son los "pastores nuevos" sino el misterioso "pastoreo de Yahveh" que él mismo ejerce de manera directa y "con calma". Uno de los elementos esenciales del "pastoreo nuevo" que anuncia Yahveh en el AT y que Jesús viene a encarnar, realizar y también hacernos comprender mejor y de viva voz, no está sólo en la calidad humana de los pastores nuevos, sino en que el "nuevo pastoreo" abre el espacio y deja lugar a ese contacto directo y sin mediaciones entre Jesús y cada uno de los suyos:

«Tu bastón y tu cayado, ellos me dan sosiego», decía el Salmo: la era mesiánica se ha inaugurado y abierto en plenitud cuando no sólo podemos y debemos exigir de los pastores que representen a Yahveh adecuadamente, porque Yahveh mismo los eligió, sino cuando entre todos ellos se pasea el propio Yahveh encontrándose personalmente -y sosegando- a cada uno de los suyos. Y de ninguna manera se piense que se trata de una metáfora, una imagen vaga, una aproximación. No. Cada uno de nosotros, cada creyente, es convocado por Jesús a una experiencia personal de encuentro con él; experiencia que no se suple con nada -así de sublime y religioso sea- ni puede reemplazarse por ninguna estructura de mediaciones entre Dios y los hombres.

 

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