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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

«Si no da fruto, el año que viene la cortarás»

Domingo III de Cuaresma, ciclo C: Ex 3,1-8a.13-15; Sal 102,1-2.3-4.6-7.8.11; 1Co 10,1-6.10-12; Lc 13,1-9

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
6 de marzo de 2010
El evangelio de este domingo tiene implícita una amenaza con la que nos es hoy a nsootros, hombres modernos, muy difícil manejarnos.

 

En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:

–¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Y les dijo esta parábola:

Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

–Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?

Pero el viñador contestó:

–Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

 

Leemos en este tercer domingo de Cuaresma del ciclo C un evangelio inquietante, y no sólo el Evangelio: todas las lecturas, su elección, su interrelación, su unidad, son difíciles. A tal punto que el propio calendario litúrgico da la opción de leer en lugar de éstas las del ciclo A (Ex 17,3-7; Sal 94; Rm 5,1-2.5-8; Jn 4,5-42). Pero quedémonos en las que propiamente corresponden a este día:

Comienza contándonos la misteriosa escena de «la zarza que arde sin consumirse», es decir, la vocación de Moisés, pero por sobre todo la revelación del misterioso Nombre de Dios, el Nombre innombrable o, como se lo llamaba en época de Jesús (para evitar pronunciarlo) y que recoge el NT: «El Nombre que está sobre todo nombre» (sobre el Sagrado Nombre puede leerse aquí mismo otro artículo). Esa primera lectura está relacionada con el Evangelio. ¿Cómo lo sabemos? por definición: la primera lectura debe estarlo, porque ese es uno de los pilares del armado de los textos litúrgicos. Si no vemos la relación, debemos buscarla, porque han sido puestas juntas para expresar algo, algo que seguramente no dicen cada una por separado.

El evangelio de hoy es complicado: habla de culpas y castigos, del contubernio entre Dios y los males que nos ocurren. A Jesús le van con una pregunta, que él redobla, le preguntan por unos galileos que murieron de manera horrible y violenta, y él agrega el ejemplo de otros que murieron en un espantoso accidente. El tema era delicado ya para la época de Jesús, pero era delicado de distinta manera que para nosotros: en aquellos momentos la piedad religiosa llevaba a pensar que si te ocurría algo malo, debía tratarse de un castigo divino, así que en ese trasfondo le preguntan a Jesús no si esos males tienen relación con los pecados de esa gente, sino, posiblemente (porque la pregunta concreta no llegó a nosotros) cómo establecer esa relación, cómo reconocerla. Analizaremos después qué y cómo responde Jesús, pero quedémonos de momento en constatar que nosotros partimos exactamente de la premisa inversa: para nosotros esa relación entre el mal fortuito y el castigo divino es cosa de boleros y coplas ("castigo de Dios, es la crucecita que llevas a cuestas, María de la O..."), pero de ninguna manera aceptamos seriamente que Dios pueda estar "castigando" a través de esos hechos; si saliera algún predicador a decir que los recientes terremotos de Haití o de Chile son "castigos de Dios", le tomaríamos la fiebre. Es más, ni siquiera los males que pueden ser consecuencia de nuestras malas acciones los consideramos un castigo de Dios. Así que estamos en las antípodas del público de Jesús, al menos oficialmente.

Ni en uno ni en otro lugar de estos dos se sitúa la respuesta de Jesús, sino en un terreno movedizo, muy difícil de establecer. Veamos: por un lado nos dice:

«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no.»

«¿pensáis que [los que perecieron en Siloé] eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no.»

Lo primero que descarta Jesús es cualquier causalidad directa entre el mal que les ocurrió a estos galileos o a estos jerosolimitanos, y el obrar previo de ellos: ¿eran más pecadores? no

Sin embargo, tras esto parece borrar con el codo lo que escribió con la mano:

«si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»

¡Pero entonces sí hay una vinculación! Esta segunda parte de la frase nos pone sobre la pista de que Jesús hizo cierta trampa: «¿pensáis que eran más pecadores? no, no eran más pecadores»... pero tampoco eran menos pecadores que el resto. Lo que Jesús niega es que haya un motivo específico en esos grupos de personas para ser castigados, pero ni niega ni afirma que el mal que les ocurrió tenga vinculación con la causalidad divina; ese punto, el fondo del asunto, lo deja en un cono de sombra. Algo así como si dijéramos: no podemos afirmar que los haitianos merezcan morir más que los ingleses, pero haitianos e ingleses merecen morir, sólo que esta vez le tocó a los haitianos...

Jesús no sigue por esa línea, sin embargo no niega esta lectura, hasta tal punto que toda la tradición cristiana posterior entenderá como cosa natural que el ser humano, por sí mismo, en tanto existe como humano en esta historia humana de mal y pecado, está bajo juicio y condena: hay una «nota de deuda» de la que no podemos desentendernos, porque aunque no la elegimos cada uno, nos compete. Esto ha sido elaborado, en la tradición de lenguaje que arranca con san Pablo, sigue con san Agutín y desemboca en el Concilio de Trento como «cuestión del pecado original».

Ese punto central, esa amenaza bajo la que se despliega la existencia humana, no podemos de ninguna manera licuarla, diluirla, hacerla desaparecer por arte de simpatía. Podemos leer este domingo las lecturas del ciclo A para no ser tan antipaticos, pero no podemos dentro nuestro, en nuestro pensamiento y en nuestra acción, olvidarnos que el hombre es un ser "bajo juicio", y que esa amenaza tiene que ver con una "nota de deuda" que seguramente no podemos racionalizar, pero que no debemos olvidar, entendamos o no la doctrina del Pecado Original.

Ahora bien, el Evangelio no es un "listado de doctrinas" (aunque contiene doctrinas, claro está); si queremos listado de doctrinas, vayamos al Denzinger, o incluso al Catecismo de la Iglesia (aunque el actual esté redactado un poco más amable, sigue siendo lo que es: un listado de doctrinas). El Evangelio no es eso, sino que nos muestra no sólo qué creer sino cómo hacerlo: cómo se movía Jesús mismo entre este lenguaje difícil, delicado, de la culpa, el castigo, la conversión, la salvación. ¿Y cómo se movía? Jesús, luego de dejar aludido el problema, se dispara hacia una pequeña parábola, su género predilecto:

«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

-Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?

Pero el viñador contestó:

-Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.»

Todo en ella es un guiño de ojo a lecturas que no sólo conocían sus oyentes de aquella época, sino que también nos son muy familiares a nosotros, fundamentalmente la «Canción de la viña» de Isaías 5: un hombre tenía una viña, la planta, la cuida, no le da frutos sino agraces, la poda, la quema, la pisotea, la destruye...

Sólo que en la canción de la viña el Viñador es el propio Dios, pero en esta nueva "canción de la viña" que se acaba de inventar Jesús, ¿quién es el Viñador? Y no lo pregunto retóricamente: en las parábolas donde aparece un dueño, un señor, un rey, un patrón (generalmente todos ellos muy antipáticos), ese personaje es la representación humana de Dios, es lo que nosotros llamamos "DIos": exige, aprieta tuercas, pide intereses, es desmesurado, para el bien y para el mal; Jesús llega a hacer decir a uno de las víctimas de ese Dios: «sé que eres un dueño exigente, que recoges lo que no has sembrado» (lc 19,21). También en esta parábola de la viña estéril el Dueño es de ese mismo calibre: «Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?»

Notemos que nosotros, cristianos, enseñamos así a Dios, nosotros, cristianos, creemos que Dios es así. Es más, no tenemos problema en llamar "piedad religiosa" a esa manera de referirse de Dios como un Capomafia.

Jesús no niega esa imagen de Dios, nunca la niega y nunca la quita, es más: muestra que tiene su lugar en el lenguaje de la fe: un hombre cuyo ser está «bajo juicio» debe saber que la relación-de-juicio es ésa; como maravillosamente lo expresa esa poesía medieval de la secuencia de difuntos:

«¡Miserable de mí,

qué he de decir, 

a qué patrono invocaré, 

si ni siquiera el justo está seguro..!»

Ahora bien, no es casual que Jesús aplique el nombre de "viñador" al que aparentemente es sólo un empleado, porque eso nos hace pensar que ese viñador que dice: "déjala un año más" es verdaderamente el Dios que Jesús quiere enseñarnos a encontrar. Porque Jesús vino a mostrar la plenitud del hombre. Es verdad que el hombre está «bajo juicio», eso es innegable, y Jesús no lo niega... pero el hombre está también «bajo misericordia». Y la misericordia dura siempre un año más que el juicio, llega más lejos.

Por allí se nos cuela la primera lectura, que habíamos dejado durmiendo hasta ahora. Si hubiéramos sabido desde el principio cómo leer esa primera lectura, tal vez nos hubiera sido mucho más fácil llegar a comprender esta de los galileos. Porque esa primera lectura muestra el código bajo el cual debemos «comprender» al Dios del que habla Jesús. ¿Qué dice, en definitiva, esa primera lectura? habla de la no-obviedad de Dios, del Dios de nuestra fe, no del dios que nos imaginamos, del que nos representamos mentalmente, del que nos surge espontáneamente, del que nos transmite el "sentido común", no: del Dios de nuestra fe, del Dios del que habla Jesús. Ese Dios del que habla Jesús tiene relación con todas nuestras imágenes de Dios, pero no es idéntico con ninguna de ellas; o dicho de otro modo: el Dios del que habla Jesús no es obvio, ni lo descubrimos espontaneamente, nos debe ser enseñado, transmitido.

La primera lectura nos pone ante un Moisés que deja hablar a Dios, deja que Dios le plantee quién es. ¿Es que acaso Moisés se sentía menos interpelado por el problema del mal que nosotros? ¿es que Moisés se sentía menos contrariado por el problema de la culpa y la inocencia que nosotros? Posiblemente Moisés, como persona de sensibilidad religiosa, se haya planteado lo mismo que nosotros: el problema del mal y de la retribución de las buenas y las malas acciones, la arbitrariedad de la mayor parte de los males que nos ocurren, todo eso que el hombre se viene preguntando desde la época de las cavernas. Sin embargo orientó en esa escena un espacio en el que es posible plantear el misterio del mal con mayor fruto: esa orientación es dejar que Dios mismo manifieste quién es, no forzar con nuestras preconcebidas imágenes de Dios (todas en algo verdaderas, todas -en su absolutez- falsas) el obtener una respuesta mecánica a la "cuestión del mal". Ése es el marco de referencia que deja abierto Moisés: la respuesta no es una fórmula, sino una palabra que habla de una persona.

Pero aun esa palabra, en tanto pertenece al Antiguo testamento, es una palabra oscura, enigmática, impronunciable. Jesús viene a completar la respuesta de Moisés: la respuesta al mal no es una fórmula, sino una persona, y esa persona no es el dueño poderoso, sino el Viñador. En sus manos está que ese hombre «bajo juicio» que somos nosotros, cada uno de nosotros, entre en el «año de más» de la misericordia. Jesús no niega nuestras fórmulas religiosas sobre el mal y el castigo, sobre el juicio y la condena, sobre el demérito. Si las negara de manera absoluta, como hacemos a veces nosotros al querer acomodarnos al mundo y no caer anticuados, negaría también el núcleo y parte de verdad que hay en cada una de esas palabras. No las niega, pero no se detiene en ellas, salta hacia adelante, anuncia el «año de la misericordia», y lo que es más importante, entra en él.

Porque para que su anuncio no quede hueco y vacío, para que no sea un mero «huir hacia adelante» y tapar con misericordia lo que se dejó sin castigo, asume en su propia persona toda la arbitrariedad del mal, y así hace posible que el mal que cada uno de nosotros padecemos, cuya medida de juicio y castigo no podemos calibrar (¿quién acaso sabe cuánto del mal que le ocurre lo merece y cuánto es gratuito e inmerecido?), se convierta, por asociación al suyo, en dolor que salva, no en viña pisoteada, sino en viña excavada y en su tierra removida... para que sea más fértil.

 

Comentarios
por Antonio (i) (83.44.84.---) - dom , 03-mar-2013, 09:52:37

Las palabras tienen un sentido, insertadas en una frase pueden sugerir varias ideas, pero también dicen lo que quieren decir.
Leemos, pues, en Apocalipsis 3........Así que recuerda lo que has recibido y oído; obedécelo y *arrepiéntete. Si no te mantienes despierto, cuando menos lo esperes caeré sobre ti como un ladrón.....
Y ahora nos suena lo que dice Cristo: Sino os convertis todos pereceréis de igual modo.
Algunos huyen de la verdad y dicen Dios no castiga porque es todo Misericordia.
Pues bie, porque es misericordia castiga y corrige, como dice el salmo: Dios escarmienta al hombre castigando su culpa......y volviendo al Apocalipsis 3...dice más....
19 = Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. = Sé, pues, ferviente y arrepiéntete.
20 Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.
De tal manera hemos de entender que DIOS, cuando castiga y corrige es TODO MISERICORDIA, de la misma manera CUANDO ES TODO MISERICORDIA es también JUSTO Y VERDADERO.
Esto es lo que quiere decir, a mi parco entender, Jesús.

por Carlos.Ramos (i) (74.213.74.---) - dom , 03-mar-2013, 13:49:02

Una reflexión adicional: Nuestra reacción espontánea es la de los fariseos. Allá esos pecadores, acá nosotros. Es algo parecido al caso de la mujer adúltera y otros. Jesús entonces dice....

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