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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

«No es el Evangelio el que cambia. Somos nosotros quienes empezamos a comprenderlo mejor»

Hace 50 años, allá por 1963...

Nueva entrega de un extracto del libro «Vaticano II -Conceptos y Supuestos», para conocer bien la historia y el significado del concilio cuyo cincuentenario estamos celebrando.

No le fue fácil al Papa Juan XXIII adelantar sus convicciones, aun siendo papa. Mons. Loris Capovilla, su secretario personal, recuerda que, por ejemplo, en el entorno del papa estaban los que querían hacer del latín un dogma inamovible y lograron que él, en vísperas de la inauguración del Concilio, en febrero de 1962, promulgara una carta apostólica (Veterum Sapientiae) recomendando el latín. Fue algo así como un primer salvo contra los que podían estar hablando de descartar el latín en la liturgia.

El mismo día en que se promulgó la carta apostólica el papa se expresó de esta manera: "Todas las lenguas han tenido derecho de ciudadanía a lo largo de los siglos en la Iglesia, desde las lenguas orientales de las regiones que fueron cuna del cristianismo, hasta el griego, primer vehículo poderoso de difusión misionera...[ y ] las lenguas eslavas que revisten formas de singular solemnidad y belleza en las espléndidas liturgias de aquellos pueblos. Todas las lenguas, repito, estuvieron y siguen estando representadas en la Iglesia."

Para entonces ya se habían recibido solicitudes de todo el mundo y en particular de Alemania (antes de que comenzara el Concilio) para recibir el permiso de utilizar el vernáculo, o la lengua local, en la liturgia. Cuando en el Concilio la mayoría de los padres conciliares no entendían el latín que allí se utilizaba, ni podían expresarse en ese idioma para presentar sus puntos de vista, se defendió el latín cuando se argumentó que era mejor una lengua universal, antes que la cacofonía de los diversos idiomas. 

Pero ante este problema se podía apuntar al ejemplo de la Organización de las Naciones Unidas que desde un principio recurrió a las traducciones simultáneas. Por eso en los sínodos posteriores se ha finalmente adoptado el mismo sistema en el Vaticano.

Entre tanto el cardenal Spellman de Nueva York, llegó a proponer que a los sacerdotes se les permitiese recitar el Breviario (la liturgia de las horas) en el vernáculo, pero que la misa continuase en latín. Esto es, no había problema con que los fieles no entendiesen, pero sí lo había con que los clérigos tuviesen esa dificultad. Otra anécdota se relacionó al cardenal Cushing, de Boston, que junto al cardenal Spellman eran de los norteamericanos más importantes, sobre todo por sus aportaciones económicas a la celebración del Concilio. El cardenal Cushing fue al papa y le dijo que no entendía palabra de lo que se discutía y que estaba perdiendo el tiempo, algo así como "time is money" ("el tiempo es dinero"), a razón de miles de dólares diarios, por no atender a su diócesis y que por lo tanto se volvía a los Estados Unidos.

La adopción del vernáculo llegó a ser favorecida, pero no de inmediato, sino dentro de un proceso paulatino al estilo del adagio latino "festina lente", "apresúrate lentamente". Pasó lo mismo con la actitud sumamente cristiana del Buen Papa Juan.

Según José Luis González-Balado (ver Apéndice, Bibliografía) y Mon. Loris Capovilla (secretario personal del papa Juan XXIII) estas son palabras del Buen Papa Juan el 24 de mayo de 1963: "Nos ocupamos de los asuntos más elevados en beneficio del mundo entero, inspirándonos en la voluntad del Señor. Ahora más que nunca, y desde luego más que en los siglos pasados, estamos empeñados en servir al hombre [la humanidad] en cuanto tal, y no sólo a los católicos: en defender ante todo y en todas partes los derechos de la persona humana y no sólo los de la Iglesia católica. Las circunstancias actuales, las exigencias de los últimos cincuenta años, la profundización doctrinal nos han situado frente a las realidades nuevas... No es el Evangelio el que cambia. Somos nosotros quienes empezamos a comprenderlo mejor. Quienes han vivido más y se encontraron en los comienzos del siglo ante las tareas nuevas de una actividad social que implica a todo el hombre [el ser humano]; quienes han vivido, como me correspondió a mi, veinte años en Oriente, ocho en Francia y han tenido la oportunidad de comparar culturas y tradiciones diferentes, saben que ha llegado el momento de identificar los signos de los tiempos, de captar sus retos y de proyectar la mirada lejos."

 


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