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El Testigo Fiel
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Los Seises

por Carlos Ros
Sacerdote y escritor de Sevilla. Publica el blog «Mi Parroquia de papel». Los artúclos que se reproducen en las Publicaciones provienen de allí, con permiso del autor.
30 de junio de 2014
Los seies son niños que en Sevilla bailan, antes de Ceniza, en Corpus e Inmaculada, ante el Santísimo, como en aquel baile de David ante el Arca (2Sam 6)

El 1911 los Seises fueron invitados a bailar en el Congreso Eucarístico Internacional, que se celebraba en Madrid. A algunos canónigos de la diócesis madrileña les pareció irreverente esta invitación.

–¡Bailar delante del Santísimo Sacramento! ¡Qué profanación!

Y ofrecieron algunas dificultades, que fueron obviadas por la infanta doña Isabel, «La Chata», que deseaba que en la fiesta internacional dedicada a la Eucaristía no faltase el gustoso aperitivo de los Seises de Sevilla.

Rodríguez Marín, que escribió un artículo en ABC el 19 de junio de 1911, salió al paso de esta supuesta irreverencia:

–¿Irreverente la danza de los seises? Los que tal dicen han olvidado que representa el pasaje del Real Profeta bailando ante el Arca del Testamento. Y claro es que lo dicen porque no han presenciado jamás esa danza y la confunden, o poco menos, con los callejeros bailes de las verbenas. Pues ¿cómo, a ser irreverente, la conservara y la patrocinara, siglo tras siglo, el siempre celoso cabildo de la gran metrópoli sevillana, cuando ni por ensueño había en Madrid catedral ni obispado?

La existencia de los Seises se pierde en los siglos medievales. Lo que comenzó siendo niños de coro, que existieron desde la creación de la Iglesia de Sevilla a mediados del siglo XIII, terminó con la danza y el baile, cuando el Corpus, fiesta creada por Urbano IV para que «cante la fe, dance la esperanza y salte de gozo la caridad», arraigó en Sevilla en el siglo XV.

El 27 de junio de 1454, Nicolás V emitió la bula Votis illis, por la que concedía a la catedral de Sevilla un maestro de canto para los niños cantores independiente del maestro de gramática, puesto que «los servicios de canto del maestro y de los niños son de más inmediata y directa utilidad que los de gramática, para el culto de la Iglesia y más necesarios para aumentar su brillo y esplendor». Contaron así desde entonces los niños cantorcicos, que así se llamaba a los Seises en el siglo XV, con un maestro de capilla distinto al de gramática.

Ese año de 1454 aparece un primer apunte de la existencia de los niños cantorcicos en los libros de cuentas de la catedral:

–Seis ángeles tañendo; ocho profetas tañendo, veintisiete cantores, moços niños.

Y en 1512:

–A once moços de capilla cantorcicos desta santa iglesia que fueron cantando e baylando delante del Corpus Xti, para hacer las guirnaldas que llevaron, a real cada una, once reales.

En la bula de Eugenio IV Ad exequendum, expedida en Florencia el 24 de septiembre de 1439, se habla por primera vez de «seis niños cantores». Aunque el nombre de Seise no aparece en los papeles de la catedral hasta el año 1553, cuando se dice en un auto capitular «hacer guirnaldas para seises».

Se llaman así porque en un principio fueron seis. Pero su número ha variado a lo largo de la historia, siendo unas veces ocho, doce, hasta dieciséis en 1570 cuando entró en Sevilla el rey Felipe II. A comienzos del siglo XVII se fijó en diez su número, que perdura en la actualidad.

A finales del siglo XVII tuvieron un momento difícil durante el pontificado del arzobispo Palafox, el de los «cien pleitos». Acabó con las danzas y bailes de hombres y mujeres en la procesión del Corpus y a punto estuvo también de acabar con el baile de los Seises. Envió un dubium a la Sagrada Congregación del Concilio para que le dijese si parecía correcto a Roma que durante la octava del Corpus unos niños bailen con trajes de danzantes, dando a veces la espalda al Santísimo y con la cabeza cubierta.

El cabildo catedral, que venía soportando durante años los dubium del arzobispo, con no poco gasto de mantener un representante para defensa de sus intereses ante la corte de Madrid, cerca del nuncio, y otro en la misma Roma, no estaba dispuesto a transigir en este tema, tan secular en la Iglesia de Sevilla y de tanto arraigo popular. Un mandamiento del nuncio da en principio la razón al arzobispo y ordena «bajo censuras latae sententiae quitar el abuso de la danza de los seises», mientras el rey Carlos II, más comedido, recomienda «se procurara conciliar los pleitos». El cabildo plantó resistencia al arzobispo y al nuncio y acordó el 15 de julio de 1701 «que se defendiese su tan antigua posesión judicial y extrajudicialmente». Pero no hubo necesidad de seguir en pleitos. El arzobispo está enfermo de muerte. En diciembre de ese año muere. Su sucesor, el cardenal Arias, se apresuró a firmar una concordia con los canónigos en todos los pleitos planteados por el arzobispo anterior. Y los Seises fueron salvados.

Se forjó entonces una leyenda –Sevilla es tierra mágica de leyendas– que narra así Simón de la Rosa, autor de su renombrado libro Los Seises de la Catedral de Sevilla:

–Cuéntase que un antiguo arzobispo, cuyo nombre no ha podido averiguar la leyenda, promovió ruidoso pleito al cabildo eclesiástico y llevó a Roma la cuestión, para que la Sagrada Congregación de Cardenales decretase la supresión de la danza de seises por considerarla ofensiva a la majestad augusta del Santísimo Sacramento. Llegado el período de prueba, a Roma fueron los seises con sus borceguíes argentados, gregüescos, vaquerillos, bandas, valonas, sombreros, castañetas, y con su maestro de capilla al frente, en barco fletado por cuenta del Cabildo; y, tan prendado quedó el Pontífice de la danza censurada por el Arzobispo, cuando se hubo ejecutado a su presencia, que mandó sobreseer el proceso y proveer en adelante que nadie fuese osado a perturbar al Cabildo en la posesión de una costumbre inmemorial, sancionada por el tiempo y abonada por la licitud de la ceremonia.

Existe una leyenda añadida. El papa les dijo que pervivirían mientras les durase el traje que llevaban. Por eso, es tradición al hacerse vestimentas nuevas, rojas en el Corpus y azules en la Inmaculada, que lleven siempre un retal del viejo traje añadido al nuevo para que perdure de alguna manera el vestido primitivo. Los Seises bailan ante el Santísimo en el triduo de Carnaval, como preparación para la Cuaresma, en la fiesta del Corpus y su octava y en la fiesta de la Inmaculada y su octava.

El inglés lord Rosebery quedó tan prendado del baile de los Seises que encargó al pintor Gonzalo Bilbao un óleo con la representación de tan hermosa danza. Hoy se conserva ese cuadro, Los Seises de la catedral de Sevilla, en toda la belleza de su expresión plástica, en una colección particular de Londres. 

Artículo tomado del blog «Mi parroquia de papel», con permiso del autor

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