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El Testigo Fiel
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¿Cuales son las razones por las cuales se dejó de identificar a Juan el Evangelista con el discípulo amado y con Juan de Zebedeo (es decir, con el apóstol Juan)?

pregunta realizada por Carlos JBS
27 de abril de 2011

En todas las obras sobre el cuarto evangelio se trata la cuestión de la autoría; y más o menos en cualquier obra actual se aclarará de una u otra manera que ya no es posible sostener, al menos con la unanimidad con que se hacía hasta el siglo XIX, que el apóstol Juan sea el «Discípulo amado», y que además haya sido el autor del evangelio. Estas mismas obras aclararán que no sabemos ni quién fue el autor del cuarto evangelio, ni cuál es la identidad del «Discípulo amado». Es decir, que a la certeza inconmovible anterior le ha sucedido... ¡nada!

Cualquiera se preguntará: pero si no estamos seguros de que Juan apóstol, el «Discípulo amado» y el autor del evangelio no sean la misma persona, y encima no tenemos ninguna hipótesis alternativa para ofrecer, ¿para qué empeñarse en quitar una certeza tan amada por una tradición de tantos siglos?

Veamos primero las razones por las que es poco probable que el autor del cuarto evangelio sea el apóstol Juan o el «Discípulo amado», o que uno y otro sean el mismo; y veamos luego por qué, una vez que se ha admitido eso, es bueno quitar la falsa certeza, aunque no se tenga una hipótesis alternativa para ofrecer.

En qué se basan los que afirman que el cuarto evangelio no es del apóstol Juan

En Jn 21,2 se dice que «Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos». Habremos de reconocer que si Juan de Zebedeo escribió este evangelio, es bastante curioso que se refiera a sí mismo con estas palabras. Por otro lado, es la única parte del evangelio donde se identificaría.

 

En Jn 21,24 se dice del «Discípulo amado» que «es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito» (después veremos el alcance de ese «las ha escrito»), por tanto, para que Juan apóstol sea el autor del cuarto evangelio, necesariamente tiene que ser el «Discípulo amado». Pero parece poco probable que este discípulo haya pertenecido a los Doce (jamás se lo llama apóstol ni se identifica con el grupo de los apóstoles). Por otra parte, es muy probable que el «otro discípulo» mencionado en Jn 18,15 y 18,16 sea el «discípulo amado» (esto por simetría con la escena de 20,4, en la que Pedro y el discípulo amado corren juntos al sepulcro); ahora bien, sería una auténtica rareza que un pescador de Galilea como Juan de Zebedeo sea a la vez lo suficientemente conocido del sumo sacerdote, tanto como para conseguir el acceso al atrio en la noche del juicio. No es que no pueda serlo, pero convengamos en que un factor más en contra entre varios otros.

En un testimonio bastante antiguo como el «Canon de Muratori», de mediados o quizás fines del siglo II, se afirma que el cuarto evangelio está ligado al círculo del apóstol Andrés. Es verdad que el canon de Muratori es un testimonio entre otros, y ninguno goza de infalibilidad, pero es poco probable que en el siglo II hubiera habido vacilaciones acerca de a qué tradición apostólica pertenecía, si hubiera sido claro y conocido que pertenecía al grupo de Juan. Lo mismo debe decirse en torno a las dudas que hubo para admitir el evangelio, que algunas comunidades rechazaban todavía a inicios del siglo II, cosa que no hubiera ocurrido si se hubiera sabido como dato incuestionable que provenía de manera directa del apóstol Juan.

Más bien posiblemente haya que invertir la pregunta: ¿por qué se llegó a la convicción de algo tan poco probable como que Juan de Zebedeo era el «discipulo amado», y por tanto el autor del cuarto evangelio?

En realidad no hay una única razón, sino que convergieron varios elementos:

-Por un lado, este evangelio creció de una manera bastante aislada a los otros, y cuando la comunidad reunida en torno a él buscó su lugar dentro de lo que llamaríamos «la gran Iglesia», es decir, pasó a tratar de integrarse con las otras comunidades, a fines de siglo I, posiblemente ya se había perdido la memoria de quién había sido la persona concreta del «Discípulo amado», y dado que el evangelio era tan peculiar en su lenguaje, todos deseaban que la autoridad apostólica que había detrás, fuera lo más conocida posible...

-El nombre de «Juan» era muy familiar a la tradición del cuarto evangelio, pero no por Juan el apóstol, sino por Juan el presbítero, autor de la primera carta, por lo menos, y quizás de las otras dos. A la vez el nombre de Juan apóstol era prestigioso de por sí: lo nombraba Hechos de los Apóstoles como una de las «columnas de Jerusalén».

-También había otro Juan en la tradición del cuarto evangelio, aunque sólo remotamente vinculado: el autor del Apocalipsis dice llamarse Juan, y aunque en ningún momento dice que sea apóstol sino «testigo» (martys), para el fin del siglo I y principios del II ya ha surgido esa especie de estrechamiento de los discípulos en torno a los Doce, de modo que casi no cabe hablar de un «testigo» que no sea un apóstol, ni de un apóstol que no sea de los Doce (a pesar de que Pablo, por ejemplo, unas décadas antes, usaba el término en un sentido mucho más amplio); así que si ese Juan era testigo, seguramente tenía que ser apóstol y por tanto de los Doce. En realidad nadie sabe a ciencia cierta cuál es la relación de este Juan con el «Discípulo amado», pero junto a las grandes diferencias de mentalidad y lenguaje entre el cuarto evangelio y el Apocalipsis, hay algunas coincidencias que justifican suponer que en algún momento -muy inicialmente- esos dos libros formaron parte de la misma tradición.

-Visto a la distancia, parece que, a falta de una autoridad reconocible, simplemente escogieron del menú de apóstoles el que más les convenía... pero eso es sólo porque nosotros imaginamos todo ese proceso como algo consciente, propio de nuestra forma «documental» de establecer los hechos. No hay ninguna voluntad de engañar ni de engañarse respecto al pasado de la comunidad, es sólo que... la memoria de ese pasado se perdió pronto, y la memoria fundacional -no sólo de ésta, sino de cualquier comunidad- no tolera huecos ni ausencia de héroes. Y los héroes eran, al fin del siglo I, los Doce, así que por un proceso lógico de selección natural y asimilación a los nombres más conocidos, todos los juanes -casi anónimos- que habían convergido en la comunidad, pasaron a ser el apóstol Juan.

El «Discípulo amado»

Una cuestión muy distinta es la del «Discípulo amado». Aunque no sepamos quién fue, sí que podemos afirmar con certeza plena, que él fue el autor del cuarto evangelio... sólo que no es necesariamente quien lo compuso. La noción de autor tiene, en el mundo antiguo, una amplitud mucho mayor que en el actual. Autor puede ser quien escribe una obra, pero lo que lo hace autor no es escribirla, sino ser la autoridad que garantiza la veracidad (o el valor, o lo que haya que garantizar) de ese escrito. Dentro y fuera del mundo bíblico, los antiguos reconocían al autor como aquel nombre que permitía circunscribir una obra a determinado pensamiento, tradición, escuela, etc.

En ese sentido, por ejemplo, decían que Moisés era autor del Pentateuco, aunque no haya escrito ni una palabra de los cinco libros, y aunque en ellos esté narrada la propia muerte de Moisés. En ese mismo sentido decían que David era el autor de los salmos, a pesar de que muchos de ellos comienzan diciendo quién los compuso -y no es David-. En ese mismo sentido hablamos del teorema «de» Pitágoras, aunque posiblemente se haya compuesto cuando el gran matemático había ya muerto. Similarmente seguimos diciendo «La metafísica 'de' Aristóteles», cuando ya nadie sostiene que la compuso él, sino que es una colección heterogénea de apuntes, posiblemente de discípulos, basados en enseñanzas orales del maestro.

Para la comunidad del Cuarto evangelio afirmar que su obra era «de» el «Discípulo amado» significaba poner ese escrito en el exacto punto de significación de la comunidad: el amor, del que esa comunidad tenía una propia tradición interpretativa que provenía de manera directa de Jesús, a través de un intérprete calificado.

Cuando Jn 21,24 aclara que el «Discípulo amado» «es el que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito», pretende afirmar que cualquier desarrollo posterior está perfectamente identificado con esa doctrina inicial, es un desarrollo legítimo. ¿Pero no dice «lo ha escrito»? ¿no significa eso que con un estilete raspó una tablilla con sus propias manos? ¡No necesariamente! también Pilatos dice (en Juan 19,22) «Lo que he escrito....», e incluso en 19,19 se nos dice que él «redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz», lo que de ninguna manera quiere decir que él haya cumplido materialmente esas tareas, ni siquiera que las haya dictado palabra por palabra, sino que lo escrito allí es de plena autoridad «pilatina», y no se desvía de su pensamiento «ni a derecha ni a izquierda», como diría la Escritura.

Es más, la frase de Jn 21,24, después de decir que el «Discípulo amado» es quien «ha escrito» estas cosas, continúa sin problemas con: «y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero», mostrando a las claras que el sentido de la expresión «ha escrito» tiene que ver con la veracidad testimonial, no con el acto de escribir o dictar.

¿Y entonces por qué no se afirma sin más que el «Discípulo amado» es el autor del cuarto evangelio? Porque no lo es en nuestro sentido actual de la palabra autor. Nosotros entendemos que el autor de una obra es quien proyecta esa obra, quien despliega su arquitectura, incluso quien la realiza materialmente, en tanto le imprime un sello personal. En suma: nosotros entendemos que el autor de una obra es quien la «compone»; y en el caso del cuarto evangelio no tenemos la menor idea de quién lo hizo... o de quiénes, porque bien pudiera ser una obra de autoría colectiva, tal como en 21,24 habla un «nosotros» que representa a la vez la voz de la comunidad que recibe el testimonio del «Discípulo amado», y que testimonia su legitimidad.

 

Nos queda por ver por qué, a pesar de que no tenemos más remedio que dejar todo en manos anónimas, es preferible no tener ninguna hipótesis a tener una falsa certeza: Porque inevitablemente, de las certezas se sacan nuevas deducciones, que carecerán de fundamento si la certeza inicial estaba equivocada.

¿Quién no ha leído, por ejemplo, que la descripción de Lucas de la pasión del Señor se detiene en detalles físicos (como el sudor de sangre) porque él era médico? Ahora bien, la identificación de Lucas como el autor del tercer evangelio es de por sí un tanto gratuita, proviene de una precipitada interpretación de las secciones en primera persona (las secciones «nos») de Hechos de los Apóstoles... pero de allí encima suponer que porque es Lucas, es Lucas «el médico» que menciona Pablo, y que además porque es médico, eso explica un modo de narrar la pasión, parece no sólo precipitado, sino enteramente aventurero...

Me derivé con Lucas para que se vea que el problema no es solamente la tradición joánica, sino el hecho mismo de querer saber más que lo que los datos permiten afirmar. Tenemos una idea tan estrecha de lo que fue la primera época de la Iglesia, imaginamos tan pobremente lo que fueron los apóstoles, los Doce, los discípulos, y encima carecemos de tantos datos, que si aceptamos identificar al «compositor del cuarto evangelio» con el «Discípulo amado», y a éste con el apóstol Juan, terminamos -como de hecho ocurre- realizando deducciones aventuradas y sin ningún fundamento acerca de los textos.

Añadido posterior

Un lector de este escrito dejó un largo comentario, con algunas preguntas y objeciones. Considero que puede ser de interés incluir esas aclaraciones al final de mi escrito:

Buenos días, Estupendo artículo y en general toda la orientación de la web. Algunos comentarios: 1. Un errata: la referencia a Jn 21, 12 es en realidad 21, 2 (los discípulos juntos antes de ir a pescar).

Sí, se trató de una errata, desde luego, que quedó ya corregida.

Al principio del epígrafe sobre el Discípulo Amado se dice que tenemos plena certeza de que el autor del cuarto evangelio es el Discípulo Amado, aunque no sea el redactor o componedor. Pero si lo importante es la autoría (en el sentido profundo explicado en el artículo) y no la redacción, no veo dónde está la pega. 

Para mí no hay, claro está, ninguna pega en todo esto; me resulta completamente natural la idea de que los evangelios no sean escritos directos de ningún apóstol, al menos en el sentido restringido de "los Doce". Sin embargo, para mucha gente representa un auténtico problema abandonar la certeza (ficticia) que da la imagen de un apóstol Juan, pescador, discípulo amado, escritor del evangelio que lleva su nombre, amigo del Sumo Sacerdote, autor de otros cuatro escritos del NT, etc. Es como si tantos siglos de afirmación acrítica al respecto nos hubiera dado una familiaridad con el personaje que ahora unos malévolos estudiosos pretenden arrebatar a fuerza de empeñarse en ser desconfiados. Insisto en que dicha certeza es ficticia, y que sabemos en realidad mucho más sobre el autor del cuarte evangelio aceptando que es quien dice ser: "solo" el discípulo amado, y no sobrecargándolo con determinantes que él nunca asumió, como el ser apóstol o uno de los Doce, y menos con ser uno de los apóstoles conocidos por otros escritos.

Sustancialmente, el autor del cuarto Evangelio sigue siendo el Discípulo Amado. Pero esto contradice el primer párrafo del artículo: "no sabemos (...) quién fue el autor del cuarto evangelio". En todo caso habría que corregir este primer párrafo y decir redactor en lugar de autor: no sabemos quién fue el redactor, sí sabemos quién fue el autor.

Naturalmente, sería estupendo poder partir de la base de que los lectores distinguen perfectamente autor y redactor, pero precisamente no es así (si no no habría estas distonías en la cuestión de la autoría de los escritos bíblicos), así que no creo que se trate de ningún error, sino por el contrario de un legítimo recurso, comenzar hablando del autor en su acepción habitual, para ir introduciendo progresivamente un concepto de autor un poco más elevado.

Las dificultades para identificar a Juan con el Discípulo Amado son dos, según el artículo...

No, el artículo no dice eso; señalo en él dos ejemplos de objeción, entre muchas otras que también se dicen explícitamente o se sugieren en el texto.

-Continúa el lector analizando las dos objeciones (que él entiende como únicas, y yo -y creo que claramente el artículo- como dos entre otras): que es "raro" que un pescador sea conocido del sumo sacerdote, y que es raro que se refiera a sí mismo como "los de Zebedeo", conjuntamente con su hermano.»Respecto a la segunda pega, no conozco el texto lo suficiente para saber cómo se refiere al apóstol Juan todas las veces en su evangelio, si lo nombra alguna vez individualmente o colectivamente junto con su hermano, como para que se pueda afirmar con tanta rotundidad que es raro hacerlo así en esta ocasión. 

-Pues yo sí conozco bastante el evangelio, pero además los usos normales del idioma, como para poder afirmar que es raro que el apóstol Juan se mencione a sí mismo de esa manera...

Respecto a la primera pega, efectivamente sería raro que un simple pescador tuviera acceso a los niveles altos de la jerarquía, pero quedaría perfectamente explicado si fuera pariente. ¿Es improbable en la sociedad judía de entonces que los sumos sacerdotes tuvieran parientes "pobres"?»

Sí, no tanto por el nivel económico, cuanto porque fueran galileos. De hecho, de ninguna manera un pescador sería por ese solo hecho un pariente pobre, y mucho menos los hijos de Zebedeo, a quienes los evangelios no presentan como unos "pobres pescadores", pero sería raro que unos galileos tuvieran familiaridad con la sociedad del templo de Jerusalén: eran realmente dos estamentos muy distintos, el corte entre uno y otro grupo era total. Pero además, ¿para qué sostener tan alambicada hipótesis? ¿sólo para que el Discípulo amado, que no quiso identificar su nombre, siga siendo el apóstol Juan?

En definitiva -continúa el lector-, no veo que sean pegan tan sustanciales como para descartar la hipótesis tradicional, aunque quizás sí para debilitarla.

No, si primero se ha reducido las objeciones a estas dos.

-Pregunta ahora el lector: Conforme con que el desarrollo del cristianismo en los primeros siglos puede haber producido la identificación involuntaria del autor con el "héroe" apóstol Juan, y que por tanto la tradición no es argumento suficiente para sostener esta identificación. Ahora bien, ¿no hay ningún argumento interno, no se identifica en ningún momento al apóstol Juan con el Discípulo Amado, en éste o en los otros tres evangelios? 

No, ninguno. Los otros evangelios no hablan de ningún "discípulo amado", y el cuarto no lo identifica con ninguno de los apóstoles.

Por ejemplo, ¿podemos suponer que en la Última Cena sólo estaban los apóstoles en sentido estricto, y por tanto el Discípulo Amado tenía que ser uno de ellos?

No hay nada que obligue a esa suposición, como no sea el haber reducido el apostolado al especial colegio de Los Doce. Los evangelios usan la palabra "apóstol" en sentidos mucho más amplios, y no identifican a todos los que estaban en la última cena; en cuanto al propio escrito joánico, no utiliza nunca la palabra "apóstol", ni menciona nunca al apóstol Juan; una sola vez habla de "los de Zebedeo", en la cita referida en el escrito.

 
Claves de este artículo: Autoría biblica, El Discípulo amado
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