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El Testigo Fiel
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Documentación: San Cipriano de Cartago: La oración del Señor (De dominica oratione)
Se le puede asignar a este tratado la fecha de fines del 251 o principios del 252. Cipriano se sirvió del De oratione de Tertuliano, pero con moderación, ya que su manera de tratar el tema es mucho más profunda y completa. La interpretación del Padrenuestro, que en Tertuliano ocupa solamente un cuarto de la obra, viene a ser el tema central y dominante en Cipriano (c.7.27). La introducción trata de la oración en general y señala el Padrenuestro como la más excelente. Es más eficaz que cualquier otra, porque Dios Padre se complace en oír las palabras mismas de su Hijo. Siempre que lo recitamos, Cristo se convierte en nuestro abogado ante el trono celestial. Siguen luego instrucciones sobre el orden, recogimiento y modestia que se requieren para dirigirse al Altísimo. Es interesante observar la importancia que tiene siempre en la mente del autor la idea de la unidad; el presente escrito es como un eco del precedente («La unidad de la Iglesia»). [...]

La exhortación a la unidad y concordia reaparece en varios lugares. Para Cipriano, lo mismo que para Tertuliano, la oración del Señor viene a ser un compendio de toda la fe cristiana, y la invocación inicial, Padre nuestro, es expresión de nuestra adopción de hijos, recibida en el bautismo: “El hombre nuevo, regenerado y vuelto a su Dios por la gracia divina, dice ante todo Padre, porque es ya hijo” (9). La petición Venga a nosotros tu reino se refiere, según el autor, al reino escatológico conquistado por la sangre y pasión de Cristo, en el cual “los que fueron antes siervos de Cristo en este mundo podrán reinar con Él en su reino” (13). El pan de cada día es Cristo en la Eucaristía, “porque Cristo es el pan de los que tocamos su cuerpo. Pedimos, pues, que nos sea dado diariamente, a fin de que quienes vivimos en Cristo y recibimos su Eucaristía diariamente para alimento de salud, no seamos separados de su cuerpo por algún delito grave que nos prohíba el celeste Pan y nos separe del cuerpo de Cristo” (18). Los últimos capítulos vuelven a los conceptos de la introducción, insistiendo en que se debe rezar con fervor y sin distracciones. Hay que olvidarse de todo pensamiento profano y carnal. “Por eso, el sacerdote, a manera de prefacio, antes de la oración prepara las almas de los hermanos diciendo: «Levantemos el corazón», para que al responder el pueblo: «Lo tenemos levantado hacia el Señor», comprenda que no debemos pensar sino en Dios” (31). Las oraciones que van acompañadas de ayunos y limosnas suben rápidamente a Dios, que acoge misericordioso las peticiones acompañadas de buenas obras (32-33). Cipriano habla luego de los momentos para la oración, comenta la costumbre de recogerse a las horas de tercia, sexta y nona en honor de la Trinidad, y nos exhorta a la práctica de la oración de la mañana, de la tarde y de media noche. Acaba con la idea de que el verdadero cristiano ora incesantemente, día y noche. (Quasten)



Introducción

1. Los preceptos evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas divinas, fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe, alimentos del corazón, gobernalle del camino, garantía para la obtención de la salvación; y mientras ellos instruyen en la tierra las mentes dóciles de los creyentes, las conducen a los reinos celestiales.

Muchas cosas quiso Dios que dijeran e hicieran oír los profetas, sus siervos: pero cuánto más importantes son las que habla su Hijo, las que atestigua con su propia voz la misma Palabra de Dios, que estuvo presente en los profetas; y ya no pide que se prepare el camino al que viene, sino que es él mismo quien viene abriéndonos y mostrándonos el camino, de modo que los que antes ciegos y abandonados errábamos en las tinieblas de la muerte, ahora nos viéramos iluminados por la luz de la gracia y alcanzáramos el camino de la vida bajo la guía y dirección del Señor.

Cristo nos ha enseñado a orar

2. El cual, entre todos los demás saludables consejos y divinos preceptos con los que orientó a su pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y a su vez él mismo le instruyó y aconsejó sobre lo que tenía que pedir. El que da la vida nos enseñó también a orar con la misma benignidad con la que da y otorga todo lo demás, para que fuésemos escuchados con más facilidad cuando nos dirigiésemos al Padre con la misma oración que el Hijo nos enseñó.

Había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores habrían de adorar al Padre en espíritu y verdad, y cumplió lo que antes había prometido, de tal manera que los que habíamos recibido el espíritu y la verdad como consecuencia de su santificación, adoráramos a Dios verdadera y espiritualmente, de acuerdo con sus normas.

¿Pues qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, por quien nos fue también enviado el Espíritu Santo?, ¿y qué plegaria más verdadera ante el Padre que la que brotó de labios del Hijo que es la verdad? De modo que orar de otra forma no es sólo ignorancia, sino culpa también, pues él mismo afirmó: Rechazáis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición.

3. Oremos, pues, hermanos queridos, como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le resulta amiga y familiar la oración que se le dirige con sus mismas palabras, la misma oración de Cristo que llega a sus oídos.

Cuando hacemos oración, que el Padre reconozca las palabras de su propio Hijo; el mismo que habita dentro del corazón sea el que resuena en la voz, y cuando le tengamos como abogado por nuestros pecados ante el Padre, al pedir por nuestros delitos, como pecadores que somos, empleemos las mismas palabras de nuestro defensor. Pues, si dice que hará lo que pidamos al Padre en su nombre, ¿cuánto más eficaz no será nuestra oración en el nombre de Cristo, si la hacemos, además, con sus propias palabras?

Cómo orar

4. Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque, así como es propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con un tono de voz moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está presente en todas partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito: ¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no Dios de lejos? Porque uno se esconda en su escondrijo, ¿no lo voy a ver yo? ¿No lleno yo el cielo y la tierra? Y también: En todo lugar los ojos de Dios están vigilando a malos y buenos.

Y, cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones, deshaciéndonos en un torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros pensamientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas: ¿Por qué pensáis mal? Y en otro lugar: Así sabrán todas las Iglesias que yo soy el que escruta corazones y mentes.

5. De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el corazón, porque sabía que así el Señor la escuchaba, y, de este modo, consiguió lo que pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba para sí, y no se oía su voz, aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en los salmos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mismo nos sugiere y enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que adorarte en lo interior, Señor.

6. El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba los pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina misericordia, mientras que el fariseo oraba satisfecho de sí mismo; y fue justificado el publicano, porque, al orar, no puso la esperanza de la salvación en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es inocente, sino que oró confesando humildemente sus pecados, y aquel que perdona a los humildes escuchó su oración.

El texto del Padre nuestro

7. Queridísimos hermanos, después que, instruidos por la lectura divina, hemos conocido cómo debemos acceder a la oración, conozcamos también por la enseñanza del Señor qué es lo que debemos pedir en la oración.

Así oraréis -dice-:
Padre nuestro, que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre,
venga tu reino,
hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra;
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores,
y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.

Nuestra oración es comunitaria

8. Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en los cielos», ni: «El pan mío dámelo hoy», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.

El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces - dice- los tres, al unísono, cantaban himnos y bendecían a Dios. Oraban los tres al unísono, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.

Por eso, fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos - dice la Escritura- se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas Maria, la madre de Jesús, y con sus hermanos. Se dedicaban a la oración en común, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.

Padre nuestro, que estás en los cielos

9. ¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vosotros - dice el Señor- rezad así: «Padre nuestro, que estás en los cielos».

El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa - dice el Evangelio- y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos.

10. Y no sólo debemos observar y darnos cuenta que llamamos Padre al que está en los cielos, sino que añadimos algo más y decimos Padre nuestro, es decir, de todos los que creen, de todos los que, santificados por El y regenerados por el nacimiento de la gracia espiritual, han comenzado a ser hijos de Dios.

Esta palabra, por otra parte, censura y hiere a los judíos, quienes no sólo rechazaron con su infidelidad a Cristo, que les había sido anunciado por los profetas y enviado a ellos en primer lugar, sino que además cruelmente lo mataron. Éstos ya no pueden llamar a Dios Padre, porque el Señor mismo los confunde y refuta, diciéndoles: Vosotros habéis nacido de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Pues éste fue homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Y por medio del profeta Isaías clama Dios lleno de indignación: Hijos crié y saqué adelante, y ellos, sin embargo, me despreciaron. Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo; Israel, sin embargo, no me conoció y el pueblo no me discernió. ¡Ay de la gente pecadora, del pueblo lleno de pecados, semilla de malvados, hijos del crimen! Abandonasteis al Señor y habéis enojado al Santo de Israel.

Como echándoselo en cara, los cristianos, cuando oramos, decimos Padre nuestro, porque nuestro ha empezado ya a ser, y de los judíos dejó de serlo por haberlo abandonado.

Un pueblo pecador no puede ser hijo. Por contra, a quienes se les concede el perdón de los pecados, a éstos sí que se les confiere el nombre de hijos y se les promete la eternidad, como dice el Señor mismo: Todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre, mientras que el hijo se queda para siempre.

11. Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos ponemos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.

Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian. Asimismo el Apóstol dice en una de sus cartas: No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

Santificado sea tu nombre

12. A continuación, añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.

El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna concedernos, cuando dice: Los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido consagrados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Lo que pedimos, pues, es que permanezca en nosotros esta consagración o santificación y -acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó a aquel hombre que él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor- no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia.

Venga tu reino

13. Prosigue la oración que comentamos: Venga a nosotros tu reino. Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios, del mismo modo que suplicamos que su nombre sea santificado en nosotros. Porque no hay un solo momento en que Dios deje de reinar, ni puede empezar lo que siempre ha sido y nunca dejará de ser. Pedimos a Dios que venga a nosotros nuestro reino que tenemos prometido, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

También podemos entender, hermanos muy amados, este reino de Dios, cuya venida deseamos cada día, en el sentido de la misma persona de Cristo, cuyo próximo advenimiento es también objeto de nuestros deseos. Él es la resurrección, ya que en él resucitaremos, y por esto podemos identificar el reino de Dios con su persona, ya que en él hemos de reinar. Con razón, pues, pedimos el reino de Dios, esto es, el reino celestial, porque existe también un reino terrestre. Pero el que ya ha renunciado al mundo está por encima de los honores y del reino de este mundo.

Hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra

14. Pedimos a continuación: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y misericordia divinas. Además, el Señor, dando pruebas de la debilidad humana, que él había asumido, dice: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mi ese cáliz, y, para dar ejemplo a sus discípulos de que hay que anteponer la voluntad de Dios a la propia, añade: Pero, no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.

15. La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres; el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a su cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos, en los tormentos, la confianza con que luchamos y, en la muerte, la paciencia que nos obtiene la corona. Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre.

16. Y pedimos que se haga la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra, porque ambas cosas son necesarias para la consumación de nuestra justificación y de nuestra salvación. Pues teniendo un cuerpo que procede de la tierra, y un espíritu que procede del cielo, nosotros mismos somos tierra y cielo, y en ambos, es decir, en el cuerpo y en el espíritu, pedimos que se haga la voluntad de Dios.

Hay una lucha entre la carne y el espíritu, un combate continuo entre estos dos elementos discordantes entre sí. De modo que no hacemos lo que queremos, pues mientras el espíritu tiende a lo celestial y divino, la carne desea lo terreno y mundano. Y, por ello, pedimos que con el poder y el auxilio de Dios haya concordia entre ellos, a fin de que, cumpliéndose la voluntad de Dios en el espíritu y en la carne, se salve el alma, que ha renacido de Dios. Esto es lo que de manera clara y manifiesta expone el apóstol Pablo cuando dice: La carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne. Ellos son antagónicos entre sí, de modo que no hacéis lo que queréis. Manifiestas son, sin embargo, las obras de la carne, que son: adulterios, fornicaciones, impurezas, obscenidades, idolatrías, hechicerías, homicidios, enemistades, discordias, celos, rencillas, herejías, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes; quienes tales cosas hacen no poseerán el reino de Dios. Fruto, en cambio, del Espíritu es el amor, el gozo, la paz, la magnanimidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia, la castidad.

Y por ello cotidianamente, más aún, continuamente pedimos esto en nuestras oraciones: que se cumpla la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra en todo lo que a nosotros se refiere. Porque ésta es la voluntad de Dios: que las cosas terrenas cedan ante las celestiales y que prevalezca lo espiritual y divino.

17. Puede también entenderse de este otro modo, amadísimos hermanos: que ordenándonos y exhortándonos el Señor a amar incluso a nuestros enemigos y a orar por los que nos persiguen, oremos también por quienes aún son terrenos y no han empezado todavía a ser celestes. De este modo, pedimos que también con respecto a ellos se cumpla la voluntad de Dios, que llevó a cabo Cristo, salvando y restaurando al hombre.

En efecto, Cristo ya no llama a sus discípulos tierra, sino sal de la tierra, y el apóstol al primer hombre lo llama salido de la tierra y al segundo venido del cielo. Con razón, por tanto, nosotros, que debemos asemejarnos a Dios Padre, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos6 6 , oramos así. Y siguiendo la exhortación de Cristo, pedimos por la salvación de todos. De modo que, así como en el cielo, es decir, en nosotros, se ha cumplido la voluntad de Dios de que seamos del cielo por medio de la fe, así también en la tierra, esto es, en los no creyentes, se cumpla la voluntad de Dios de que los que aún son terrenos por el primer nacimiento, empiecen a ser celestes una vez nacidos del agua y del Espíritu.

Danos hoy nuestro pan de cada día

18. Continuamos la oración y decimos: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto, el pan de vida es Cristo, y este pan no es sólo de todos en general, sino también nuestro en particular. Porque, del mismo modo que decimos: Padre nuestro, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en él, de la misma manera decimos: El pan nuestro, ya que Cristo es el pan de los que entramos en contacto con su cuerpo.

Pedimos que se nos dé cada día este pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su eucaristía como alimento saludable no nos veamos privados, por alguna falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del cuerpo de Cristo, ya que él mismo nos enseña: Yo soy el pan que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Por lo tanto, si él afirma que los que coman de este pan vivirán para siempre, es evidente que los que entran en contacto con su cuerpo y participan rectamente de la eucaristía poseen la vida; por el contrario, es de temer, y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se privan de la unión con el cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmina con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Por eso, pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y permanecemos en Cristo no nos apartemos de su cuerpo que nos santifica.

19. Pero puede entenderse también en el sentido de que, quienes hemos renunciado al mundo y hemos rechazado todas sus riquezas y sus pompas por la fe en el don del Espíritu, pedimos sólo el alimento y el sustento, ya que el Señor así nos lo enseña cuando dice: Quien no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Por tanto, quien ha comenzado a ser discípulo de Cristo renunciando a todo de acuerdo con la enseñanza de su maestro, debe pedir el alimento de cada día y no extender más allá de esto los deseos de su petición, siendo así que el mismo Señor nos lo prescribe diciendo: No os preocupéis del mañana, pues el mañana se preocupará de sí mismo. Le basta a cada día su propio mal.

Con razón, pues, el discípulo de Cristo pide para sí sólo el sustento del día, teniendo prohibido pensar en el mañana. Sería, en efecto, algo incompatible y contradictorio que quisiéramos vivir largamente en este mundo los que pedimos que venga cuanto antes el reino de Dios.

En este mismo sentido nos exhorta también el bienaventurado apóstol, construyendo y consolidando la firmeza de nuestra fe y de nuestra esperanza: Nosotros no hemos traído nada a este mundo, ni tampoco nada podemos sacar. Así que, teniendo comida y vestido, estamos contentos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en la trampa y en muchos perniciosos deseos que hunden al hombre en la perdición y la muerte. Pues la raíz de todos los males es la codicia, dejándose llevar de la cual algunos se han extraviado de la fe y han acarreado sobre sí muchos dolores.

20. El apóstol nos enseña no sólo que debemos rechazar las riquezas, sino también que éstas son peligrosas, porque en ellas está la raíz de los males, que con halagos y disimulado engaño ofuscan la mente humana.

Por esto reprende Dios a aquel rico necio que pensaba sólo en las riquezas terrenas y se jactaba por la abundancia de sus cosechas. Le dice: Necio, esta noche te reclamarán el alma. Las cosas que has acumulado, ¿para quién serán? ¡Regocijábase el necio en sus cosechas, cuando aquella misma noche tenía que morir! ¡Pensaba en la abundancia de víveres el que ya no tenía vida!

El Señor nos enseña, por el contrario, que el hombre perfecto y acabado es el que, después de vender todos sus bienes y distribuirlos entre los pobres, se asegura un tesoro en el cielo. Este es, dice el Señor, el que puede ir en pos de Él e imitar su gloriosa pasión: el que, habiéndose desembarazado totalmente de su patrimonio, no se halla cogido por los lazos de éste, sino que libre y sin trabas acompaña a sus bienes, previamente enviados al Señor.

Para que cada uno de nosotros pueda disponerse a esto, aprendemos a orar así y a conocer por la misma norma de la oración cómo debemos ser.

21. Por otra parte, al justo no puede faltarle el pan de cada día, ya que está escrito: No hará morir de hambre el Señor al hombre justo; y también: Fui joven, ya soy viejo y nunca he visto al justo abandonado, ni a su linaje mendigando el pan. Lo mismo promete el Señor cuando dice: No os preocupéis, diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿qué beberemos? o ¿con qué nos vestiremos? Por todas esas cosas se afanan los gentiles. Bien sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

Promete el Señor dar todas las cosas por añadidura a los que buscan el reino de Dios y su justicia. En efecto, siendo todas las cosas de Dios, a quien tiene a Dios nada le faltará, con tal de que él no falte a Dios.

De este modo vemos que a Daniel, arrojado por orden del rey a la fosa de los leones, se le procura milagrosamente la comida y come el hombre de Dios en medio de aquellas fieras hambrientas pero respetuosas con él. De este modo también es alimentado Elias en su huida por el desierto, siendo servido por los cuervos y así, gracias a estas aves que le llevaban la comida, pudo sustentarse en la persecución.

¡Oh detestable crueldad de la malicia humana! Las fieras son respetuosas, las aves sirven la comida, mientras los hombres acechan y se comportan con violencia.

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores

22. Después de esto, pedimos también por nuestros pecados, diciendo: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados.

Esta petición nos es muy conveniente y provechosa, porque ella nos recuerda que somos pecadores, ya que, al exhortarnos el Señor a pedir el perdón de los pecados, despierta con ello nuestra conciencia. Al mandarnos que pidamos cada día el perdón de nuestros pecados, nos enseña que cada día pecamos, y así nadie puede vanagloriarse de su inocencia ni sucumbir al orgullo.

Es lo mismo que nos advierte Juan en su carta, cuando dice: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados. Dos cosas nos enseña en esta carta: que hemos de pedir el perdón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón. Por esto, dice que el Señor es fiel, porque él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdonadas nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón.

23. El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es, a la vez, un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello, dice también en otro lugar: La medida que uséis, la usarán con vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo.

Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía, cuando nos manda severamente: Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Pero, si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados. Ninguna excusa tendrás en el día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado conforme a lo que tú hayas hecho.

Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios y los que tenemos un solo espíritu tengamos también un solo pensar y sentir. Por esto, Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

24. Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, lo que miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y, por eso, le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde él mismo en sacrificio y así con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los que serán coronados por el Señor, los que serán reivindicados el día del juicio.

Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada Escritura, pues está escrito: El que odia a su hermano es un homicida, y el homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo.

Y no nos dejes caer en la tentación

25. El Señor nos enseña como algo necesario también que digamos en la oración: Y no nos dejes caer en la tentación. Con lo cual pone de manifiesto que nada puede contra nosotros el enemigo si Dios antes no se lo permite. Por eso, todo nuestro temor, nuestra devoción y nuestra obediencia deben dirigirse a Dios, ya que en las tentaciones nada puede el maligno si Dios no se lo concede.

Lo demuestra la Escritura cuando dice: Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén y la sitió, y el Señor la entregó en sus manos.

Al maligno se le da poder contra nosotros según nuestros pecados, como está escrito: ¿Quién entregó al pillaje a Jacob, y a Israel a los saqueadores? ¿Acaso no ha sido Dios, contra quien pecaron cuando rehusaron andar por sus caminos y escuchar su ley? Vertió sobre ellos el ardor de su ira. Y del mismo modo, cuando peca Salomón y se aparta de los preceptos y de los caminos del Señor, se dice: Y suscitó el Señor a Satanás contra Salomón.

26. Ahora bien, este poder contra nosotros se le da de dos maneras: como castigo, cuando pecamos, o como alabanza, cuando somos probados. Así vemos que ocurre en el caso de Job, según pone de manifiesto Dios mismo cuando dice: He aquí que pongo en tus manos todos sus bienes, pero cuida de no tocarlo a él. Y el Señor en el Evangelio, en el momento de su pasión, dice: No tendrías contra mí ningún poder si no te hubiera sido dado de lo alto.

Pues bien, cuando pedimos no caer en la tentación, nos sentimos advertidos con esta plegaria acerca de nuestra debilidad y de nuestra flaqueza, para que nadie se enaltezca con insolencia ni adopte actitud de soberbia y arrogancia, ni se gloríe de su confesión o de sus sufrimientos. Pues el Señor mismo, enseñándonos lo que es la humildad, dijo: Velad y orad para que no caigáis en tentación: el espíritu está pronto, pero la carne es débil.

Entonces, cuando va por delante una confesión humilde y sumisa y todo se atribuye a Dios, lo que se le pide humildemente con temor y respeto nos es concedido por su bondad.

Mas líbranos del mal

27. Después de esto, al término de la oración y como conclusión de la misma, viene una cláusula en la que están resumidas brevemente todas nuestras peticiones y súplicas. En efecto, decimos al final: Mas líbranos del mal. Aquí están comprendidas todas las adversidades que el enemigo mueve contra nosotros en este mundo. Frente a ellas sólo existe una firme y segura protección si Dios nos libra de ellas, es decir, si presta su ayuda a los que dirigimos a Él nuestras oraciones y súplicas.

Así pues, cuando decimos: líbranos del mal, no queda ya nada más que pedir, porque de una vez hemos pedido la protección de Dios contra el maligno. Contando con ella, podemos ya estar seguros y salvos frente a todas las asechanzas del mundo y del demonio. Pues, ¿qué miedo puede tener del mundo quien tiene a Dios como protector en el mundo?

Oración-compendio

28. No es de extrañar, queridos hermanos, que la oración que nos enseñó Dios con su magisterio resuma todas nuestras peticiones en tan breves y saludables palabras. Esto ya había sido predicho anticipadamente por el profeta Isaías, cuando, lleno de Espíritu Santo, habló de la piedad y la majestad de Dios, diciendo: Palabra que acaba y abrevia en justicia, porque Dios abreviará su palabra en todo el orbe de la tierra. En efecto, cuando vino aquel que es la Palabra de Dios en persona, nuestro Señor Jesucristo, para reunir a todos, sabios e ignorantes, y para enseñar a todos, sin distinción de sexo o edad, el camino de salvación, quiso resumir en un sublime compendio todas sus enseñanzas, para no sobrecargar la memoria de los que aprendían su doctrina celestial y para que aprendiesen con facilidad lo elemental de la fe cristiana.

Y así, al enseñar en qué consiste la vida eterna, nos resumió el misterio de esta vida en estas palabras tan breves y llenas de divina grandiosidad: Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Asimismo, al discernir los primeros y más importantes mandamientos de la ley y los profetas, dice: Escucha, Israel; el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; y: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Éste es el primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas. Y también: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la ley y los profetas.

El ejemplo de Cristo y su oración para que todos seamos uno

29. Además, Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con hechos, ya que él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál ha de ser nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado para orar; y también: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.

30. El Señor, cuando oraba, no pedía por sí mismo -¿qué podía pedir por sí mismo, si él era inocente?-, sino por nuestros pecados, como lo declara con aquellas palabras que dirige a Pedro: Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti; para que tu fe no se apague. Y luego ruega al Padre por todos, diciendo: No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mi por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros.

Gran benignidad y bondad la de Dios para nuestra salvación: no contento con redimirnos con su sangre, ruega también por nosotros. Pero atendamos cuál es el deseo de Cristo, expresado en su oración: que así como el Padre y el Hijo son una misma cosa, así también nosotros imitemos esta unidad.

Orad con todo el corazón

31. Así pues, hermanos queridísimos, cuando nos disponemos a orar, debemos estar atentos y darnos a la oración con todo el corazón. Todo pensamiento carnal y mundano sea apartado y no piense el alma entonces más que en la plegaria.

Por eso el sacerdote, antes de la oración, prepara el ánimo de los hermanos con un prefacio introductorio, diciendo: «Levantemos el corazón», para que, al responder el pueblo: «Lo tenemos levantado hacia el Señor», quede advertido de que no debe pensar en otra cosa más que en el Señor. Cerremos, por tanto, nuestro pecho al adversario y que esté abierto sólo para Dios. No se le permita entrar en él al enemigo de Dios durante el tiempo de la oración. Pues éste con frecuencia se arrastra y penetra y, engañándonos sutilmente, aparta de Dios nuestras plegarias, de modo que tengamos una cosa en nuestro corazón y otra en nuestra boca, cuando tanto la voz, como el alma, como el corazón, deben orar a Dios con toda atención.

¡Qué desidia distraerse y dejarse llevar de pensamientos frivolos y profanos cuando estás orando ante el Señor! ¿Hay, acaso, alguna cosa en la que debas pensar más que en lo que hablas con Dios? ¿Cómo pretendes que Dios te escuche, si tú mismo no te escuchas? ¿Quieres que el Señor se acuerde de ti en tu oración, cuanto tú mismo no te acuerdas? Eso es no tener sumo cuidado con el enemigo, cuando oras ante Dios; es ofender la majestad de Dios con esta negligencia en la oración; es velar con los ojos pero dormir con el corazón, siendo así que el cristiano debe velar con el corazón incluso cuando duerme con los ojos, como está escrito en el Cantar de los Cantares de aquella que personifica a la Iglesia: Yo duermo, pero mi corazón vela. Por ello mismo el apóstol nos avisa de modo solícito y prudente diciendo: Sed perseverantes en la oración, velando en ella. Así nos enseña y nos hace ver que obtienen de Dios lo que le piden, aquellos a los que Dios ve que velan en la oración.

Oración y buenas obras

32. Por otra parte, los que oran no pueden presentarse ante Dios con súplicas vacías, desprovistas de frutos. Una súplica estéril no tiene eficacia ante Dios. Así como todo árbol que no da fruto es cortado y arrojado al fuego, del mismo modo también la oración desprovista de fruto, es decir, no fecunda en obras buenas, no puede merecer ante Dios. Por ello la divina Escritura nos instruye diciendo: Buena es la oración con el ayuno y la limosna.

El mismo que en el día del juicio ha de dar el premio por las buenas obras y las limosnas, es el que ahora escucha benignamente a quien acude a la oración, acompañándola de buenas obras.

Por eso, finalmente, mereció ser escuchado el centurión Cornelio cuando oraba: daba muchas limosnas al pueblo, al mismo tiempo que oraba continuamente a Dios. Hacia la hora de nona, mientras estaba en oración, se le presentó un ángel que testificaba sus buenas obras diciendo: Cornelio, tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial ante la presencia de Dios.

33. En efecto, las oraciones acompañadas con los méritos de las buenas obras suben inmediatamente ante Dios. Así se lo testificó el ángel Rafael a Tobías, que oraba constantemente y constantemente realizaba obras buenas, diciéndole: Es bueno revelar y dar a conocer las obras de Dios. Cuando tú y Sara orabais, presentaba yo el memorial de vuestra oración ante la gloria de Dios; y lo mismo cuando enterrabas a los muertos. Y cuando no dudaste un momento en levantarte de la mesa y dejar tu comida para ir a enterrar a un muerto, entonces yo fui enviado para probarte; y de nuevo me envió Dios para curarte a ti y a Sara tu nuera. Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles justos, que estamos presentes y tenemos acceso ante la gloria de Dios.

También por medio de Isaías nos amonesta el Señor y nos enseña algo semejante diciendo: Desata todo nudo de injusticia, deshace las coyundas de los negocios abusivos; deja en libertad a los oprimidos para que descansen y destruye todo recibo injusto; parte tu pan con el hambriento y recibe en tu casa a los pobres sin techo; si ves a un desnudo, vístelo, y no desprecies a tus semejantes. Entonces brotará tu luz como la aurora y se distinguirán en seguida tus vestidos, te precederá la justicia y te rodeará la gloria de Dios. Entonces clamarás y Dios te escuchará, todavía estarás hablando cuanto te dirá: heme aquí.</p>

Dios promete estar presente y dice que escuchará y protegerá a quienes desatan de su corazón los nudos de la injusticia y reparten limosnas a los siervos de Dios, de acuerdo con sus preceptos. Así, escuchando lo que Dios quiere que se haga, se hacen merecedores ellos mismos de ser escuchados por Dios.

El bienaventurado apóstol Pablo, al ser ayudado en la angustia de su tribulación por los hermanos, dijo que aquellas obras eran sacrificios ofrecidos a Dios: Estoy provisto de todo, después de recibir de Epafrodito lo que me habéis enviado, suave aroma, sacrificio que Dios acepta con agrado.

En efecto, quien se apiada del pobre, presta a Dios, y quien da a los pequeños, da a Dios, es decir, ofrece a Dios espiritualmente un sacrificio de suave olor.

Las horas de la oración

34. En cuanto a la celebración de la oración nos encontramos con que Daniel y aquellos tres jóvenes, fuertes en la fe y victoriosos en la cautividad, observaron la hora de tercia, de sexta y de nona como signo de la Trinidad, que había de manifestarse en los últimos tiempos. Pues, en efecto, la hora prima, al llegar a la hora tercia nos muestra que se ha completado el número de la Trinidad, y así mismo la cuarta cuando llega a la sexta, y la séptima, al llegar a la nona. Por medio de ternas horarias se enumera la Trinidad perfecta.

Los adoradores de Dios, habiendo establecido ya desde antiguo simbólicamente esta distribución horaria, se dedicaban a la oración en esos precisos y determinados momentos.

Y se nos reveló después que había sido un signo este hecho de que los justos orasen entonces de este modo. En efecto, a la hora tercia descendió sobre los discípulos el Espíritu Santo, cumpliéndose de este modo, con el don del Espíritu, la promesa del Señor. Y a la hora sexta, por medio de un signo y de la misma voz de Dios que le hablaba, se le hizo saber a Pedro, subido a la terraza, que admitiera a todos a la gracia de la salvación, pues antes había dudado acerca de si conceder o no el bautismo a los gentiles. Y el Señor, crucificado a la hora sexta, lavó con su sangre nuestros pecados a la hora nona y consumó entonces su victoria en la pasión, para podernos redimir y vivificar.

35. Pero nosotros, amadísimos hermanos, a estas horas de oración, observadas desde antiguo, hemos añadido otras en relación también con los misterios salvíficos. Por ejemplo, hay que orar también por la mañana para celebrar la resurrección del Señor con una plegaria matutina, cosa que ya señalaba en otro tiempo el Espíritu Santo en los Salmos, diciendo: Oh Señor, Rey mío y Dios mío, a ti dirigiré mi oración por la mañana y escucharás mi voz; por la mañana me presentaré ante ti y te miraré atentamente. Y en otra ocasión dice el Señor por medio del profeta: Al amanecer estarán despiertos, mirando hacia mí y diciendo: venid, volvamos al Señor, nuestro Dios.

También a la puesta del sol, cuando el día acaba, es necesario orar de nuevo. Pues, siendo Cristo el verdadero sol y el verdadero día, cuando se pone este sol y el día natural acaba, oramos y pedimos que venga sobre nosotros de nuevo la luz, es decir, pedimos la venida de Cristo, que ha de traernos la gracia de la luz eterna.

Que Cristo es el día lo pone de manifiesto el Espíritu Santo en los Salmos cuando dice: La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular. Ha sido obra del Señor y es admirable a nuestros ojos. Este es el día que ha hecho el Señor: exultemos y gocemos en él. Y que Cristo también es llamado sol lo testifica el profeta Malaquías cuando dice: Pero para vosotros, que teméis el nombre del Señor, nacerá el sol de justicia, en cuyos rayos está la salud.

Por tanto, si en las divinas Escrituras el verdadero sol y el verdadero día es Cristo, no queda fuera para los cristianos ninguna hora del día en la que Dios no deba ser adorado sin cesar. De modo que los que estamos en Cristo, esto es, en el sol y el día verdaderos, durante toda la jornada debemos dedicarnos a la oración y a la plegaria. Y cuando, alternándose entre sí según ley de la naturaleza, la noche suceda al día, ningún daño deberán temer de las tinieblas los que oran, porque para los hijos de la luz también la noche es día. ¿Cuándo estará sin luz quien tiene la luz en el corazón? O, ¿cuándo le faltará el sol y el día a aquel cuyo sol y día es Cristo?

Exhortación final

36. Así pues, los que estamos siempre en Cristo, esto es, en la luz, no cesemos de orar, ni siquiera durante la noche. De este modo, orando y velando siempre sin cesar, perseveraba en el servicio de Dios la viuda Ana, como está escrito en el Evangelio: No se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.

Dejemos aparte a los gentiles, que todavía no han sido iluminados, y a los judíos, que habiendo desertado de la luz, permanecen en las tinieblas. Nosotros, hermanos amadísimos, que estamos siempre en la luz del Señor, que recordamos y guardamos lo que hemos empezado a ser por la gracia recibida, consideremos la noche como el día. Tengamos fe en que caminamos siempre en la luz, no nos veamos dificultados por las tinieblas de las que nos hemos liberado; no haya ningún obstáculo para la oración en las horas nocturnas y ningún abandono de la misma a causa de la pereza y de la indolencia.

Ya que hemos sido transformados en nueva criatura y hemos renacido espiritualmente por la misericordia de Dios, imitemos lo que hemos de ser: en el reino sólo existirá el día, sin asomo de la noche; por ello, velemos en la noche como en el día; allí nos dedicaremos siempre a la oración y a la acción de gracias; por ello, oremos también aquí en todo momento y demos gracias a Dios sin cesar.

Fuentes: se indica los que provienen del Oficio de Lecturas, los demás de la traducción de Joaquín Pascual Torró, ed. Ciudad Nueva
1-3: Martes de la I semana de Cuaresma
4-6: Domingo de la XI semana del Tiempo Ordinario
8-9: Lunes de la XI semana del T.O.: Nuestra oración es pública y común
11-12: Martes de la XI semana del T.O.: Santificado sea tu nombre
13-15: Miércoles de la XI semana del T.O.: Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad
18.22: Jueves de la XI semana del T.O.: Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados
23-24: viernes de la XI semana del T.O.: Que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios
28-30: sábado de la XI semana del T.O.: Hay que orar no sólo con palabras, sino también con hechos

 

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