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El Testigo Fiel
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
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Documentación: San Cipriano de Cartago: A Donato (Ad Donatum)
El tratado A Donato fue escrito por Cipriano inmediatamente después del bautismo, y se puede establecer hacia el 246. Se nota en él un estilo rebuscado y elegante que refleja muy de cerca su previa formación retórica. No aparece todavía, en su discurso, ninguna cita bíblica, mientras que en lo sucesivo sólo hablará en el contexto de los párrafos de la Escritura. [...]

Pero aunque pueda parecer demasiado rebuscado, por ejemplo en los efectos de montaje, su experiencia de la gracia brota de forma luminosa y purísima. Este tratado es precisamente importante porque inaugura un nuevo género literario: el de las confesiones, que san Agustín volverá a emplear y que se encuentra con más o menos frecuencia en todos los intentos de comunicar el mensaje cristiano a través del relato de la propia experiencia. Por consiguiente, A Donato representa, un poco, «las confesiones» de Cipriano.
No se sabe casi nada del personaje de Donato, al cual se dirige Cipriano en el diálogo-monólogo. Puede haber sido un compañero de colegio o un colega de Cipriano; por las alusiones en este tratado (5.15), se deduce que se había convertido al cristianismo y había recibido el bautismo, pero necesitaba ser alentado a un mayor fervor. El lugar del encuentro que se menciona es casi con seguridad la villa de Cipriano en los suburbios de Cartago, de la cual se habla en varios documentos y donde Cipriano será arrestado el día antes de su martirio (cf. Vita Cypriani, 15). (Carmelo Failla)
La obra está clasificada dentro de las "Epístolas" de Cipriano, con el nº 1.



Ambientación

1. Haces bien en advertirme, queridísimo Donato, pues recuerdo que te lo prometí y ahora es el momento oportuno para cumplir la promesa, cuando la vendimia permite que el ánimo disponga de las habituales vacaciones para descansar de los trabajos del año.

También el lugar va acorde con el clima. La plácida hermosura de los huertos se une a las apacibles brisas del dulce otoño para cautivar y recrear nuestros sentidos. Es grato pasar aquí el día conversando y nutrir nuestro corazón con los preceptos divinos.

Sentémonos aquí para que nuestro coloquio no lo interrumpa ningún extraño o nos estorbe el molesto griterío de la ruidosa servidumbre. Los campos cercanos nos ofrecen soledad, aquí donde los sarmientos se enroscan trepando por las cañas, que les sirven de soporte, y forman un parral de frondoso techo a manera de pórtico.

El lugar es muy apropiado para una conversación: mientras la vista de los árboles y las vides recrean nuestra mirada con esta delicia, el alma se instruye con la conversación y se reconforta con el paisaje.

Aunque a ti no te atrae ahora más que el deseo de conversar. Desentendiéndote de la belleza del paisaje encantador, has puesto en mí tus ojos y, con tu porte y tu atención, eres todo oídos, por el cariño que me tienes.

2. Pues bien, es poco lo que puedo ofrecer a tu corazón, porque escaso es lo que de sí puede alumbrar mi limitado ingenio, nunca grávido de buen trigo. Te lo expondré, con todo, lo mejor que pueda, pues el tema de conversación me agrada.

Que la ampulosa elocuencia haga ostentación en los tribunales, en las asambleas y en el foro, llevada de su doble ambición, pero cuando hablamos de Dios nuestro Señor, la sencillez de las palabras, al dar razón de nuestra fe, no se ha de apoyar en la fuerza de la elocuencia, sino en la verdad.

Por todo ello, disponte a recibir, no palabras elocuentes, sino sólidas, no palabras teñidas de un lenguaje culto para deleitar los oídos del público, sino palabras sencillas para anunciar en su pura verdad la misericordia de Dios. Disponte a recibir algo que se siente antes que se aprende y que no se llega a adquirir con un prolongado estudio a lo largo del tiempo, sino que proviene de la ayuda de la gracia, que nos hace madurar.

La conversión

3. Cuando yacía yo aún en las tinieblas de una noche oscura, cuando, vacilante, fluctuaba en medio del mar de este mundo agitado e, indeciso, seguía en la senda del error, desconocedor de mi vida y lejos de la verdad y de la luz, creía, ante mis costumbres de entonces, que era muy difícil y duro lo que la misericordia divina me prometía para mi salvación. Esto es: que pudiera renacer de nuevo y que, nacido a una nueva vida por el baño del agua salvadora, abandonara lo que había sido antes y, permaneciendo en unión con el mismo cuerpo, llegara a ser un hombre nuevo en el corazón y en la mente.

¿Cómo es posible, me decía, un cambio tan grande, hasta el punto de que de repente e instantáneamente se libere uno, tanto de lo que por nacimiento llevamos arraigado en nuestra naturaleza carnal, como de lo que creció en nosotros, adquirido por los malos hábitos a lo largo del tiempo? Porque tales cosas se hallan asentadas en nosotros con raíces fuertes y profundas. ¿Cómo aprenderá la frugalidad quien está habituado a grandes cenas y espléndidos banquetes? ¿Cómo se adaptará a un atuendo humilde y sencillo quien lució, llamando la atención, preciosos vestidos tejidos con oro y púrpura? Quien gozó de poder y dignidad no podrá convertirse sin más en un simple y oscuro ciudadano. Y quien va siempre acompañado de una legión de servidores y es honrado por un numeroso séquito de aduladores, considerará un castigo estar solo. Será siempre inevitable, como de costumbre, que el vino ejerza una fuerte atracción, que la soberbia hinche, que la ira inflame, que la codicia agite, que la crueldad estimule, que la ambición deleite y que la lujuria arrebate.

4. Estos pensamientos los tenía presentes muchas veces en mi interior. Yo mismo me tenía enredado en los muchos errores de mi vida anterior, de los que creía no poder liberarme.

Hasta el punto que era condescendiente con aquellos vicios arraigados en mí y, desesperado de cosas mejores, favorecía mis males como si de cosas propias y naturales se tratara.

Mas toda mancha de mi vida anterior fue lavada con el agua de la regeneración, y en mi corazón, limpio y puro, fue infundida la luz de lo alto. Con la infusión del Espíritu Santo, el segundo nacimiento me convirtió en un hombre nuevo, e inmediatamente, de modo maravilloso, se desvanecieron mis dudas. Se hizo patente lo misterioso, se hizo claro lo oscuro, se hizo fácil lo que antes parecía difícil, se pudo realizar lo que antes se creía imposible. Y pude comprender entonces que era terreno el que, nacido de la carne, vivía sujeto a los pecados, pero que empezaba a ser de Dios este mismo, a quien vivificaba ya el Espíritu Santo.

Tú sabes muy bien, y lo reconoces igual que yo, qué nos ha dado o quitado la muerte de los vicios y qué la vida de las virtudes. Lo sabes tú mismo, no necesitas que te lo diga yo.

Es odioso jactarse en alabanza propia, aunque no debe considerarse jactancia, sino gratitud, aquello que no se atribuye a las fuerzas del hombre, sino que se predica de la gracia de Dios. De este modo, el no pecar ya más es propio de la fe, así como el pecado de antes era propio del error humano.

De Dios es -de Dios, insisto- todo lo que nosotros podemos.

De Él recibimos la vida, de Él recibimos las fuerzas y, gracias al vigor recibido y concebido de Él mientras permanecemos todavía en este mundo, descubrimos ya los signos de las cosas futuras.

Sea el temor guardián de la inocencia, lo suficiente al menos para que el Señor, que por su clemencia penetró en nuestras mentes, al infundirnos su perdón, permanezca como huésped de nuestra alma. Y que ella le complazca con las obras de la justicia, no sea que la seguridad recibida traiga consigo un descuido y se introduzca nuevamente el vetusto enemigo.

El don de la gracia

5. Por lo demás, si te mantienes con paso seguro y firme en el camino de la inocencia y de la justicia; si, apoyado en Dios con todas tus fuerzas y todo tu corazón, eres sólo lo que has empezado a ser, se te dará tanta mayor capacidad cuanto mayor sea el crecimiento de la gracia espiritual. Pues no hay límite ni medida en la recepción del don de Dios, como ocurre en los dones terrenos. Al Espíritu, que se difunde copiosamente, no se le encierra dentro de unos límites, ni se le puede frenar con barreras infranqueables dentro de un espacio reducido. Fluye continuamente, rebosa abundantemente: basta que nuestro corazón tenga sed y se abra.

Él nos inundará con tanta gracia como capaces seamos de creer. De ahí que, mediante una perfecta castidad, una mente pura, una palabra honesta, podamos ya llevar alivio a los que sufren, apagar la virulencia de los venenos, curar las llagas de las almas descarriadas, una vez recobrada la salud, reconciliar a los enemistados, apaciguar a los violentos, ablandar a los furibundos, obligar a confesarla los espíritus inmundos y errantes que se hayan introducido en los hombres, para someterlos increpándoles con amenazas, forzarlos con duros azotes a que se retiren, aumentarles aún más la pena a los que se resisten, gritan de dolor y gimen, abatirlos a latigazos y abrasarlos con el fuego. Todo esto se realiza verdaderamente, aunque no se ve. La ejecución se oculta, pero la pena se manifiesta. En nuestras actuales circunstancias es el Espíritu que hemos recibido quien con su poder obra en el hombre nuevo lo que hemos empezado a ser, aunque, como nuestro cuerpo y todos nuestros miembros aún no han sido transformados, estos ojos carnales permanecen todavía cegados por la nube de este mundo. ¡Qué grande es el poder del alma! ¡Cuánta es su fuerza! No sólo se ha sustraído ella misma a los perniciosos contactos del mundo, de modo que, limpia y pura, evite toda caída ante los ataques del enemigo, sino que se ha crecido y se ha fortalecido poderosamente, hasta el punto de dominar con su ley imperiosa el ejército del enemigo que le viene en contra.

Panorama de la sociedad pagana

6. Y para que, poniendo de manifiesto la verdad, brillen más claramente los signos de la divina gracia, te daré luz para su conocimiento y, disipando la oscuridad de mis pecados, te mostraré las tinieblas que envuelven el mundo.

Suponte por un momento que eres llevado al punto más elevado de una alta montaña; que desde allí divisas el aspecto de todas las cosas situadas debajo de ti y que, dirigiendo tu mirada por doquier, observas bien los torbellinos de este mundo agitado. Entonces te compadecerás del mundo y, amonestándote a ti mismo y muy agradecido a Dios, te regocijarás con mayor alegría de haberte liberado de él.

Contempla los caminos plagados de ladrones, los mares asediados de piratas, las guerras entre ejércitos, horriblemente cruentas, esparcidas por todas partes. Toda la tierra está bañada en sangre de unos y otros. Al homicidio se lo considera un crimen cuando se comete privadamente, mas se lo llama virtud cuando se ejecuta en nombre del Estado.

No es la inocencia la que concede impunidad a los criminales, sino la magnitud del crimen.

El espectáculo de los gladiadores

7. Y, si dirigieras tus ojos y tu atención a las mismas ciudades, te encontrarás con una multitud de gente mucho más triste que cualquier clase de soledad. Organizan combates de gladiadores para saciar con sangre la pasión de crueles espectadores. Con vistas a su fortaleza se les atiborra con los más sustanciosos alimentos y la mole robusta de aquellos miembros engorda con tajadas de tocino. De este modo, estando bien cebado, será más valioso cuando ocurra su muerte, a la que está condenado. Se mata a un hombre para dar placer a otro hombre. Y el que alguien sepa matar es pericia, habilidad, arte. El crimen no sólo se realiza, sino que se enseña. ¿Puede haber algo más inhumano?, ¿puede haber algo más cruel? El saber matar es ciencia y el matar, motivo de gloria.

Y, ¿qué me dices de los que en la flor de la edad, con una figura corporal suficientemente hermosa y vestidos con distinción, se arrojan a las fieras sin que nadie les haya condenado? Se adornan en vida para su propio funeral, espontáneamente buscado, y los miserables se glorían de sus males. Combaten con las fieras no a causa de un crimen, sino por pura insensatez. Los padres, como espectadores, ven ante sí a sus propios hijos, y el hermano, que se halla situado en las gradas al igual que la hermana, así mismo presente allí. Y, aunque el fastuoso aparato escénico dé más grandiosidad al espectáculo, esto le cuesta a la madre, ¡ay dolor!, morir de pena. Y aún no creen los que asisten a tan impíos y crueles espectáculos, que son parricidas ellos mismos con sus ojos.

El teatro

8. Vuelve ahora tu mirada a los no menos abominables males de otro espectáculo: también en los teatros podrás contemplar lo que para ti no sólo es motivo de dolor, sino incluso de vergüenza. El género trágico sirve para evocar en verso crímenes antiguos. De manera plástica, como si fueran reales, se representan los horrores de parricidios e incestos del pasado, a fin de que con el transcurso de los siglos no caiga en el olvido aquello que una vez se cometió.

Cada generación queda advertida, escuchando estas cosas, de que se puede hacer esto mismo que se hizo entonces. No fenecen nunca los delitos con el decurso de los siglos, nunca queda soterrado el crimen con el tiempo, nunca la iniquidad se sepulta en el olvido. Tales cosas dejaron ya de ser fechorías para convertirse en ejemplos.

Deleita, además, en las comedias la enseñanza de cosas torpes, tanto al recordar lo que uno ha hecho en casa como al escuchar lo que podría hacer. Se aprende el adulterio viéndolo allí y, siendo una incitación al vicio este mal de influencia pública, quizás alguna matrona haya ido al espectáculo siendo púdica y regrese de él siendo impúdica.

Y, además, ¡cuánta corrupción de costumbres, qué fomento de lo obsceno, qué modo de alimentar los vicios! Uno se corrompe con aquellos gestos histriónicos y contempla una representación hecha de torpezas incestuosas contrarias a las leyes y al derecho de la naturaleza. Se castran los varones y todo el honor y el vigor del sexo se desvirtúan con la deshonra de un cuerpo afeminado. E incluso gusta más allí quien de varón en mujer mejor se haya transformado. Según el crimen crecen los aplausos y se considera mejor artista al que mayores torpezas realiza. Y a éste, ¡qué horror!, se le contempla con gusto. ¿A qué cosa no puede incitar un individuo así? Despierta los sentidos, enciende la pasión, vence hasta la más recta conciencia de un corazón bueno.

Y nunca le falta un ejemplo de esta halagadora desvergüenza, de modo que, al oírlo, lo pernicioso se introduzca en los hombres con mayor suavidad. Representan a la impúdica Venus, al adúltero Marte, a aquel Júpiter suyo superior a todos en poder no más que en vicios, que ardía con sus propios rayos en amores terrenos, bien emblaqueciéndose en las plumas de un cisne, bien deslizándose en lluvia de oro, bien lanzándose a raptar jóvenes adolescentes, sirviéndose de aves. Puedes preguntarte ya ahora si es posible que permanezcan siendo íntegros y puros los espectadores. Imitarán a los dioses que veneran, y los miserables convertirán en actos religiosos sus delitos.

La vida privada

9. ¡Oh, si desde esa alta atalaya pudieses clavar tus ojos en los lugares secretos, abrir las puertas cerradas de los aposentos y sacar a plena luz las recónditas intimidades! Verías a los impúdicos hacer aquello que una persona honrada no podría siquiera mirar, verías lo que es ya un crimen tan sólo ver, verías lo que quienes, fuera de sí por la locura de los vicios, niegan haber hecho y se apresuran a hacer. Varones que se echan encima de otros varones con deseos irrefrenables. Hacen cosas que ni siquiera pueden aprobar los mismos que las hacen. Miento si un individuo así no acusa a los otros de esto mismo; el deshonesto difama a los deshonestos y cree que, a pesar de ser consciente de su culpa, ha quedado así libre de ella, como si la conciencia no fuera ya suficiente para condenar.

Éstos, que son acusadores en público y reos en privado, vienen a ser jueces contra sí mismos al tiempo que culpables.

Condenan fuera lo que hacen dentro; cometen de buen gusto lo que incriminan, una vez que lo han cometido. Es una audacia muy propia de sus vicios y una desvergüenza, que concuerda plenamente con estos impúdicos. Y no te maravilles de lo que estos sujetos hablan. En ellos el mal, que se hace ya con las palabras, es lo de menos.

El foro

10. Mas, después de ver los caminos infestados de salteadores, las múltiples guerras diseminadas por el orbe entero, los espectáculos cruentos o torpes, las acciones vergonzosas de la lujuria cometidas en prostíbulos o que quedan en secreto dentro de las paredes de casa, en las que cuanto más en secreto queda la culpa mayor es el desenfreno, después de todo esto quizá te parezca que queda a salvo el foro, ya que, libre de estos provocativos desmanes, no debería mancharse con ningún contacto pernicioso.

Pues bien, dirige a este punto tu mirada: encontrarás tantas cosas detestables que no tendrás más remedio que apartar de allí tus ojos. Aunque las leyes estén grabadas en doce tablas y todo el derecho esté expuesto al público en planchas de cobre colgadas, se delinque delante de las leyes, se peca delante del derecho, la inocencia no se respeta ni siquiera allí donde se defiende. Entre los contendientes se desencadena la rabia de una parte contra la otra y, rota la paz, en medio de las togas muge el foro alborotado durante los procesos.

Allí están preparados la lanza, la espada, el verdugo, el garfio que desgarra, el potro que estira, el fuego que abrasa: más suplicios para el cuerpo humano que miembros tiene. Y ¿quién viene en auxilio en medio de estos suplicios? ¿El abogado? Prevarica y engaña. ¿El juez? Vende la sentencia. El que tiene la misión de castigar los crimenes, él mismo los comete y, con tal de condenar a un acusado que es inocente, el mismo juez se hace culpable.

Los delitos abundan por todas partes y por doquier actúa un virus dañino a través de mentes depravadas con toda clase y género de pecados. Uno altera un testamento, otro escribe una cosa falsa en un crimen capital; por un lado se les priva a los hijos de la herencia, por otro se dan sus bienes a extraños. Siempre hay un enemigo que acusa falsamente, un calumniador que embiste, un testigo que declara contra la verdad. Por cualquier parte se presenta gente atrevida que por dinero prostituye su palabra para inventar crímenes, de modo que, mientras perecen los inocentes, no les ocurre nada a los culpables.

No existe ningún miedo a las leyes, ningún temor al fiscal o al juez. No se teme, naturalmente, lo que puede comprarse. Ser inocente entre criminales es ya un delito, y quien no imita a los malos, los ofende. Las leyes van de acuerdo con los pecados y acaba por ser lícito lo que todo el mundo hace. ¿Qué respeto y qué honradez puede existir allí donde no hay quien condene a los malvados y donde te encuentras tan sólo con gente que deberían condenar?

Los bienes del mundo

11. Mas tal vez parezca que escogemos las peores cosas y que con intención destructiva dirigimos tus ojos hacia todo aquello cuyo horrible y repugnante aspecto hiere la sensibilidad de las mejores conciencias. Pues bien, te mostraré aquellas cosas que la ignorancia del mundo considera como buenas. También aquí verás que es algo de lo que hay que huir.

Lo que piensas que son honores, los altos cargos, la abundancia de riquezas, el mando militar, el brillo de la púrpura de los magistrados, la omnímoda potestad del príncipe: en todo ello se esconde un veneno de males que se presenta con halago, y la apariencia, agradable por cierto, de estas atrayentes vanidades es, en realidad, tan sólo un engaño seductor de una calamidad oculta. Es como un veneno en el que con astucia y engaño se les ha dado dulzor a los jugos mortales. Gracias a su sabor medicinal, parece una bebida aquel brebaje, mas, cuando ha sido apurado, se ha bebido la muerte.

Mira por ejemplo a aquel que, deslumbrante con su espléndido manto, parece resplandecer en la púrpura: ¡a precio de qué bajezas compró esto para poderlo lucir; cuánta altanería de gente arrogante tuvo que soportar antes; ante cuántas puertas de poderosos tuvo que esperar para el saludo matinal; cuántas veces anteriormente, apretujado entre el séquito de clientes, precedió los pasos humillantes de hombres altivos para poder él mismo después ser también saludado de este modo, precedido de pomposa comitiva, sumisa no al hombre, sino a su poder! Pues tampoco ha merecido éste ser honrado por sus costumbres, sino por sus insignias.

Fíjate, en definitiva, en cómo acaban de mal todos éstos. Cuando el adulador, que está al tanto de las circunstancias, se retira, cuando el séquito abandona su compañía y deja en triste soledad al que ya no es más que un simple ciudadano, entonces las desgracias que asolaron su casa hieren su conciencia; entonces conoce los daños que han dejado su patrimonio exhausto al comprar el favor de la plebe e intentar obtener el aura popular con vanas y fútiles esperanzas. Dispendio verdaderamente estúpido y vano, por haber querido alcanzar con el placer de un engañoso espectáculo, lo que el pueblo no habría aceptado ni la magistratura habría permitido.

12. Y los que consideras ricos, los que reúnen extensiones y más extensiones de terreno, los que, echando de sus confines a los pobres, ensanchan cada vez más sus ilimitadas e interminables posesiones; los que, sumamente cargados de oro y plata, tienen amontonadas o enterradas ingentes cantidades de dinero; también éstos, llenos de inquietud en medio de sus riquezas, se ven atormentados por la preocupación que les causa un pensamiento de incertidumbre: que no les despoje un ladrón, que no les caiga encima un asesinato, que la envidia de algún enemigo más poderoso no les turbe con pleitos provocados por calumnias. Ninguno de ellos come o duerme con tranquilidad.

Están ansiosos incluso en los banquetes, aunque beban en copas adornadas con piedras preciosas. Y aun cuando su cuerpo, enervado por los festines, se hunda en la profunda cavidad de un lecho blando, se mantienen en vela sobre el colchón de plumas y no comprenden los desgraciados que todas estas cosas son para ellos hermosos suplicios; que se hallan encadenados por el oro y que, más que poseer riquezas, son poseídos por ellas. Y -¡oh detestable ceguera de las almas y profunda oscuridad de una irracional concupiscencia!- cuando se podrían liberar y desembarazar de este peso, continúan aferrándose a los bienes de fortuna, que esclavizan, y adhiriéndose obstinadamente a los tesoros acumulados, que son causa de tormento. Por ello no tienen generosidad con los clientes, no comparten nada con los necesitados y dicen que es suyo aquel dinero que, como si fuera ajeno, guardan celosamente encerrado en su casa y del que no hacen partícipes en modo alguno ni a los amigos, ni a los hijos, ni siquiera a sí mismos. Lo poseen solamente con esta finalidad: que nadie más lo pueda poseer. Y -¡qué ironía de las palabras!- llaman bienes a aquello que utilizan sólo para el mal.

13. O, ¿crees tú acaso que están libres de temor y plenamente a salvo siquiera aquellos que, cargados de honores y con abundantes recursos a su disposición, viven en el esplendor de un palacio regio, rodeados de la protección de hombres armados que montan la guardia? Mayor es el miedo de ellos que el de los demás.

Uno se ve obligado a temer tanto cuanto es temido. La altura en que se encuentra el poderoso exige de él unas penas proporcionales, aunque esté protegido por la fuerza de una escolta y se vea seguro por todos lados en medio de tantos guardianes. En la medida en que no permite que estén seguros sus subditos, en esa misma medida se hace necesario que no esté seguro él mismo. El poder aterroriza antes a aquellos mismos a quienes, poseyéndolo, hace terribles para los demás: sonríe para mostrarse cruel, acaricia para engañar, ensalza para abatir. Cobrándose un interés en el daño, resulta que cuanto mayor ha sido la dignidad y los honores, mayor es el rédito de penas exigido.

El puerto de la salvación

14. Así pues, la única tranquilidad serena y duradera, la única seguridad sólida y estable la encuentra sólo quien, habiéndose apartado de todas estas turbulencias del mundo, que llena de inquietud, se sienta allí donde está el puerto de la salvación; es decir, quien en la tierra levanta los ojos al cielo y, admitido a la gracia del Señor y próximo ya en su mente a Dios, se gloría de que dentro de su conciencia ande por los suelos aquello que a los demás, en las cosas humanas, les parece sublime y grande. Nada puede apetecer ya, nada puede desear del mundo el que está por encima del mundo.

¡Qué firme, qué inconmovible protección, qué celestial defensa se descubre en los bienes eternos al soltarse de los lazos de este mundo, que esclaviza, y purificarse de las heces terrenas en orden a la luz de la eterna inmortalidad! Se llega a ver entonces cuánta traidora maldad del devastador enemigo nos había venido en contra hasta el momento.

Y nos sentimos empujados a amar más lo que hemos de ser, cuando se nos concede conocer y detestar lo que hemos sido. Y para esto no hay necesidad de dinero, ni de intrigas, ni de poder, como cuando con gran esfuerzo humano se consigue una fortuna o una dignidad o una potestad: el don de Dios es gratuito y fácil de conseguir. Así como espontáneamente el sol alumbra, el día ilumina, la lluvia humedece, así mismo el Espíritu celestial se infunde en nosotros. Cuando un alma, dirigiendo su mirada al cielo, ha conocido a su Creador, más alta que el sol y por encima de toda potestad terrena, comienza a ser lo que cree que es.

Exhortación final

15. Tú, por tu parte, a quien la milicia celeste ha enrolado ya en las filas espirituales, manten incorrupta la instrucción recibida, mantenla pura con las virtudes religiosas.

Sé asiduo tanto en la oración como en la lectura. En el primer caso hablas tú con Dios, en el segundo Dios habla contigo. Que Él te instruya en sus preceptos, que Él te eduque. A quien Él enriquece, nadie empobrece. Ninguna indigencia podrá ya existir una vez que el alimento celeste ha saturado el corazón.

A ti ahora te parecerán ya despreciables los artesonados adornados de oro y las mansiones revestidas con incrustaciones de mármol precioso, pues sabes que eres tú más bien el que debe ser pulido, el que debe ser adornado antes que nada; sabes que para ti ésta es la mejor casa, en la que se asienta el Señor como en su templo y en la que empezó a habitar el Espíritu Santo.

Pintemos esta casa con los colores de la inocencia, iluminémosla con la luz de la justicia. No llegará a derrumbarse nunca por el deterioro de los años ni se desfigurará por estropearse la pintura o el oro de las paredes. Las cosas que han sido adulteradas son caducas y no ofrecen segura garantía a quienes las poseen, porque no tienen autenticidad. Esta casa, sin embargo, se mantiene con una hermosura siempre viva, con un honor íntegro, con un esplendor eterno. No puede desaparecer ni extinguirse; puede solamente transformarse en mejor cuando resucite el cuerpo.

16. Esto es todo, de momento, en breves palabras, queridísimo Donato. Pues, aunque esta noticia salvífica constituya un deleite para tu paciencia propia de tu bondad, para tu mente fija en Dios, para tu firme fe, aunque no haya nada tan grato a tus oídos como lo que es grato a Dios, debemos, no obstante, moderarnos en la conversación, ya que estaremos juntos en muchas ocasiones y tendremos posibilidad de hablar. Y ya que estamos ahora en días de fiesta y en tiempo de descanso, llevemos con alegría lo que resta del día, cuando declina ya el sol hacia el atardecer. Que incluso la hora de la cena no se vea privada de la gracia celeste. Suene el salmo cuando vamos a tomar nuestro sobrio sustento. Y ya que tú tienes una feliz memoria y una voz sonora, inicia esta tarea como de costumbre. Mayor bien nos haces a los amigos si escuchamos un cántico espiritual. Deleite, pues, nuestros oídos la religiosa suavidad.

 

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