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El Testigo Fiel
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formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
Beato Juan de Jesús y María, presbítero y mártir
fecha de inscripción en el santoral: 3 de abril
n.: 1895 - †: 1937 - país: España
otras formas del nombre: Juan Otazua y Madariaga
canonización: B: Benedicto XVI 28 oct 2007
hagiografía: «Entre palmas y olivos», de Pedro Aliaga Asensio
Elogio: En Mancha Real, Jaén, España, beato Juan de Jesús y María, en el siglo Juan Otazua y Madariaga, religioso de la Orden de la Stma. Trinidad, presbítero, y mártir en la cruel persecución que acompañó a la Guerra Civil española.
Ver más información en: Mártires del siglo XX en España

Juan de Otazua y Madariaga nació el 8 de febrero de 1895 en Rigoitia (Vizcaya), siendo bautizado el mismo día. El 30 de septiembre de 1913 entró en el noviciado trinitario del Santuario de la Bien Aparecida (Cantabria), donde emitió su profesión simple el 11 de octubre de 1914. El 17 de mayo de 1918 realizó su profesión solemne en el convento de Córdoba. Los estudios de filosofía y teología los realizó en la Bien Aparecida, Córdoba y La Rambla. Recibió la ordenación sacerdotal en la iglesia de San Ignacio de los Vascos, en Madrid, el 23 de octubre de 1921, de manos del obispo Remigio Gandasegui.

Tuvo fama de estudiante modélico, estimado y querido por su carácter, dócil y pronto para cualquier necesidad. Buena parte de su vida religiosa la pasó como conventual de la casa de la Orden en Madrid, calle Echegaray. Desempeñó con esmero y devoción la función de encargado del culto en la iglesia de San Ignacio, encomendada a la comunidad. Dirigía cada día desde el púlpito hasta tres y cuatro rosarios y trisagios; buen músico, gustaba de tocar el violoncelo, y con su buena voz de bajo cantaba en las funciones de la iglesia.

A las nueve de la noche del 13 de marzo de 1936, mientras la comunidad trinitaria madrileña estaba cenando, las turbas revolucionarias que merodeaban por la calle del Príncipe y la plaza de Santa Ana derribaron las puertas de la iglesia y amontonaron, dentro del templo, los confesonarios, bancos y reclinatorios, y les prendieron fuego. Todo el interior de la iglesia quedó reducido a cenizas, con excepción de la imagen del Santísimo Cristo de la Misericordia. Los religiosos salieron de la casa y pidieron y obtuvieron alojamiento en casas de familias amigas.

Es fácil imaginar el duro golpe que supuso para el P. Juan el incendio de "su iglesia". El P. Martín Olábarri, en su libro "Trinitarios en la prueba", comenta que oyó muchas anécdotas sobre la "timidez del P. Juan durante la persecución religiosa de aquel año" a los hijos de la señora que lo acogió en su casa. Así las cosas, el P. Domingo de la Asunción, Ministro provincial de España, envió al P. Juan como conventual al Santuario de la Virgen de la Cabeza.

Llevaba el Beato cuatro meses escasos en el Santuario cuando se produjo la disolución de la comunidad trinitaria. Al llegar a Andújar, el 28 de julio, fue alojado en casa del Conde de la Quintería. Dos días más tarde fueron a buscarlo unos quince milicianos, encerrándolo en la cárcel de la ciudad, junto con el superior de la comunidad y el Padre Fernando. Cuentan testigos presenciales que, camino de la cárcel, les fueron apuntando con las escopetas y gritando. Allí quedó durante tres meses. Su superior y compañero de prisión, P. José María de Jesús, relata que el P. Juan rezaba todos los días el oficio divino y el rosario, se confesaba, y junto con sus hermanos religiosos "hacía vida de convento". "Noté en él una gran transformación en el orden espiritual desde que supo que iba a morir". El espectáculo de los compañeros de prisión, sacados de la cárcel para llevarlos a matar debió herir constantemente su sensibilidad; depone el P. José María: «El P. Juan callaba, conforme con la voluntad de Dios. Ya en la prisión de Andújar continuó con la misma conformidad, sin quejarse de nada, y llevando todo con mucha paciencia. Se confesaba con mucha frecuencia. Cuando sacaban a fusilar a los presos de Andújar, se levantaba y se ponía tendido en cruz hasta el otro día, rogando a Dios que les concediera una santa muerte.»

Pasados tres meses en la cárcel de Andújar, el 29 de octubre de 1936 los tres religiosos trinitarios fueron trasladados a la Catedral de Jaén, habilitada como cárcel. A su llegada fueron destinados a "Villa Cisneros", nombre eufemístico para denominar la sección de los condenados a muerte.

A quien visita la bellísima Catedral de la Capital del Santo Reino le resultará difícil imaginarse sus naves abarrotadas por una multitud de prisioneros en aquellos días: hasta 1.200 se llegaron a contar en los momentos de mayor ocupación. Muchos de ellos (centenares) fueron asesinados de forma arbitraria. El director de la cárcel dispuso que los sacerdotes se aposentaran en la célebre "Villa Cisneros" para estar junto a los condenados a muerte. Del clero secular diocesano hubo muchos sacerdotes presos; del clero regular sabemos, al menos, de seis claretianos de la Merced, dos trinitarios de Villanueva del Arzobispo, tres trinitarios del Santuario de la Cabeza y un carmelita descalzo de Úbeda. Así mismo, en la sacristía tuvo su prisión el obispo de la diócesis, Siervo de Dios don Manuel Basulto Jiménez, quien fue incluido entre un grupo de 150 presos que fueron sacados de la Catedral la noche del 11 de agosto de 1936. Junto con otro centenar más de presos (algunos hacen llegar la cifra total hasta 300), fueron "prensados" en vagones de tren (expresión textual de un superviviente), que fueron añadidos a un tren que haría el trayecto Jaén-Madrid, con el objetivo "oficial" de trasladarlos a la cárcel de Alcalá de Henares. A las tres de la tarde del 12 de agosto, cuando el tren pasaba a la altura de la "Caseta del Tío Raimundo", junto a Vallecas, el tren fue detenido, y allí mismo un grupo de revolucionarios armados asesinó a unos 250 presos, entre ellos al obispo de Jaén, a su hermana (que no se había querido separar de él), al Vicario General de la diócesis, el Siervo de Dios don Félix Pérez Portela, y a varios otros sacerdotes.

Sobre la vida en "Villa Cisneros", nos quedan estremecedores datos. "Parroquia in articulo mortis", la llama don Antonio Montero en su insuperable obra "Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939", donde día y noche, durante meses, unos veinte sacerdotes ayudaron a los sentenciados a muerte a afrontar tan terrible momento. Los padres claretianos que sobrevivieron a la experiencia escribieron:

"Allí se rezaba en común, se leía, se cantaba, se hacía la recomendación del alma. Cuando se iban a ir [los condenados a muerte] nos solíamos levantar todos: los abrazábamos y nos despedíamos de ellos hasta la eternidad... Después rezábamos las letanías de los Santos, una parte del santísimo Rosario y el De profundis por sus almas".

El P. Juan de Jesús y María rezaba el oficio, cuando podía tomar uno de los pocos breviarios que había a disposición. Alternaba las oraciones con los coloquios con los condenados a muerte; rezaba mucho el rosario, y decía que era "la mejor forma para prepararse a morir". El P. José María de Jesús afirma que la transformación que había visto en el P. Juan, ya durante el tiempo de prisión en Andújar, se fue acrecentando en Jaén, siendo cada vez más piadoso, caritativo, servicial, mortificado y humilde; dice que se granjeó el aprecio de todos, hasta llegar a ser uno de los reclusos más queridos.

Hacia febrero de 1937 se acentuó en la cárcel un hambre extremada y una mayor libertad para celebrar el culto religioso. Se pudo introducir el Santísimo Sacramento (disimulado en cajas de medicinas) y celebrar misas, interrumpidas en algunas ocasiones por denuncias de algunos presos comunes. Hubo vez en que se repartieron hasta 140 comuniones. El 25 de marzo, Jueves Santo, los sacerdotes presos pudieron celebrar, en condiciones heroicas y emocionantes, los cultos propios de la festividad.

El P. Juan fue condenado a veinte años de prisión en el juicio al que fue sometido, todo él formulado sobre acusaciones falsas; su actitud fue la de no defenderse, como atestigua el P. José María de Jesús. El P. Jacinto Muñoz recuerda, a propósito:

«El Padre Trinitario Fray Juan Otazua Madariaga, compañero de prisión en la cárcel de Jaén, fue siempre de trato inocente y sencillo, tanto que generalmente se le tenía como a un niño, incapaz de molestar a nadie. Y aunque retraído, no dejaba de ser agradable para todos los que a él se acercaban. Por eso, cuando se supo que le habían condenado a veinte años de cárcel, y sobre todo cuando le sacaron para la ejecución, todos quedamos completamente admirados, diciendo: ¿Qué habrán podido encontrar en la conducta de este santo hombre? Aquí se ve bien a las claras su saña contra la Religión.»

En parecidos términos se expresa el P. Paz Porras, claretiano: «¿Causas? El odio a la Religión Católica exclusivamente. Jamás se destacó en la prisión como simpatizante de ninguno de los bandos, lo cual pudiera inducir a sus asesinos a quitarle la vida por motivos políticos. Estaba allí en la prisión en las mismas condiciones y por los mismos motivos que los restantes compañeros sacerdotes. Jamás le oí hablar ni una palabra de política. Si se me hiciera una pregunta y se me pidiera un juicio colectivo sobre los que en la prisión de Jaén fueron condenados a muerte o de allí salieron para dar su sangre por Jesucristo, siendo verdaderos mártires de la Religión católica y de España, creo poder asegurar que el primero en méritos para esta gloria tan grande es el buenísimo y candoroso Padre Juan Otazua Madariaga.»

En represalia por un bombardeo de la aviación del bando nacional sobre la ciudad de Jaén, se decidió ejecutar a una parte de los presos de la Catedral. La noche del 2 al 3 de abril de 1937, poco después de la medianoche, se presentaron los vigilantes en "Villa Cisneros", encendieron las luces y dijeron en alta voz: "Los que se lean, que se vistan y salgan a la galería". Fray Luciano Aguirre, que dormía junto al P. Juan, nos narra la escena:

«Eran poco más o menos alrededor de la una de la madrugada cuando entraron en nuestro departamento y empezaron a leer la lista; desde luego él no esperaba, ni yo tampoco creía que le pudieran llamar a él, pero por desgracia nos equivocamos los dos. Cuando le llamaron le dije: Padre Juan, a V. R. le han llamado, y cuando le miré, vi que estaba rezando el rosario y me dijo estas palabras: Fray Luciano, si alguna vez llega al convento, diga a los Padres cómo me han llamado y cómo estaba rezando el rosario, y se despidió de mí. Yo quedé allí quieto porque los que vinieron no nos dejaron movernos del lecho, pero luego me enteré cómo le dio la absolución D. Bartolomé Torres, párroco de Santa María Magdalena de Jaén.» 

El mismo don Bartolomé testificó en el Proceso, recordando cómo el P. Juan le dijo "me han leído en la lista, quiero confesarme"; lo hizo, y al despedirse le pidió que dijera a los frailes que lo perdonasen por las inobservancias que hubiera tenido, que esperaba morir como un buen religioso; "adiós, hasta la eternidad".

Llegados a la cercana villa de Mancha Real, los camiones tomaron rumbo al cementerio. Y allí mismo fueron asesinados, fusilados junto a las tapias, mientras cantaban la Salve, dirigidos por don Francisco Solís. Los testigos del proceso del P. Juan aportan pocos datos al respecto, ya que lo que sabían era de oídas. A las generalidades, uno de ellos dijo que "después de haberles dado la muerte, les destrozaron los cuerpos para que no se les pudiese conocer, y para eso mismo, antes de sacarles de la prisión les quitaron también todas las iniciales de sus ropas". 

Después de asesinados fueron enterrados en el mismo cementerio de Mancha Real.

Extracto de las pp. 58-70 de la obra. Imagen: fragm. del lienzo Mariano de San José y compañeros mártires. Convento de San Carlino alle Quattro Fontane. Religiosos Trinitarios. Roma, descargado de la entrada del beato en Wikipedia.

 

fuente: «Entre palmas y olivos», de Pedro Aliaga Asensio
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ingreso o última modificación relevante: 13-3-2023
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